DUDAS. Más allá de los operativos, las familias tienen la inquietud de entender qué les pasa a los chicos y cómo acompañarlos. La Gaceta / Foto de Analía Jaramillo
A la salida del colegio, la escena ya no es la misma. Algunos chicos cargan hojas sueltas, otros aprietan cuadernos contra el pecho. Las mochilas, en varias instituciones, quedaron afuera. Adentro, los controles son más estrictos. Afuera, los padres miran distinto.
La transformación fue rápida. En cuestión de días, lo que era excepcional se volvió parte de la rutina. Con eso llegó algo más difícil de ordenar como lo es la sensación de estar frente a algo que todavía no termina de entenderse.
“Vi que en algunos colegios revisaron a los niños y me parece algo demasiado invasivo y, aunque no soy abogado, dudo que esto respete convenios y derechos de niños”, dice Cristian Andrada, padre de un nene de 11 años, que está a punto de terminar la primaria. No lo plantea sólo como una crítica a la medida, sino como una inquietud más amplia: “Estas situaciones también desbordan a las familias”.
En su casa, cuenta, la conversación cambió. “Nos obligó a replantearnos cuánto tiempo compartimos con nuestros hijos y cuánto sabemos de su vida diaria”, dice.
Y ahí aparece algo que no se controla en la puerta de la escuela. “Nosotros decidimos hablar más, escuchar más y estar atentos a los cambios de conducta puede ser tan importante como cualquier medida de seguridad”, comenta.
Pero no todos lo viven igual. Para María del Valle Villagra, mamá de una adolescente de 13 años, hay una doble sensación que convive todo el tiempo. “Me tranquiliza saber que las escuelas están reforzando protocolos, que hay más policías y que los directivos saben cómo actuar”, reconoce.
Pero enseguida marca el límite: “No estoy de acuerdo con que revisen a los chicos o con que no puedan llevar mochila”.
Y vuelve a lo que pasa puertas adentro de cada hogar: “Muchas veces detrás de estas amenazas hay chicos que se sienten solos, enojados o que no encuentran otra forma de expresarse”.
En paralelo a los cambios en la rutina, la dimensión del problema empezó a tomar forma en números. En menos de una semana, la Justicia recibió más de 80 denuncias por amenazas en escuelas tucumanas, la mayoría de ellas con un patrón similar. Mensajes escritos en baños o en bancos que anunciaban un supuesto ataque para un día determinado.
Sentimiento incómodo
La incertidumbre aparece en casi todos los relatos, aunque se diga de distintas formas. A veces es una notificación en el celular. A veces, un mensaje que circula entre padres. A veces, simplemente, la espera.
“Uno manda a sus hijos al colegio pensando que van a estudiar y de repente recibe un aviso de evacuación, o un mail en el que cuentan amenazas en el baño. Es desesperante”, dice Estela Menéndez, madre de un adolescente de 16 años. En esa reacción inmediata, cuenta, lo primero no es pensar en protocolos ni medidas, sino en algo más básico: “si está bien, si tiene miedo, cómo vamos a conversarlo”.
Para ella, estas situaciones corren el eje. “No es una travesura”, advierte. Y apunta a algo que se repite en otras voces: “Hay chicos atravesando problemas emocionales o influencias muy peligrosas de redes sociales”.
Es por eso que en ese punto, algunos padres eligen aceptar las medidas aunque reconozcan que generan incomodidad. “Si hay controles o restricciones, hay que aceptarlo”, manifiesta Celeste Robledo, mamá de una estudiante de 17 años y de otro niño de 10. Y sentencia: “Prefiero que revisen una mochila antes de lamentar algo grave”.
En su casa, cuenta, también hubo cambios. “No vamos a mirar para otro lado, hoy nuestros hijos pasan horas en TikTok, Instagram o grupos de WhatsApp donde se comparten cosas violentas. Como padres tenemos que involucrarnos más”, sostiene.
Es que parte de lo que preocupa a las familias, a las autoridades escolares y a los investigadores, no se ve en las aulas, sino en las pantallas. La posibilidad de que las amenazas respondan a un desafío que circula en redes -una especie de juego que se replica entre adolescentes- aparece como una de las líneas de trabajo.
La lógica es simple tan simple como el hecho de que alguien escribe, otro imita, y en pocos días el mensaje se multiplica. La hipótesis se ve reforzada ya que lejos de ser un fenómeno aislado, las amenazas se replicaron en distintas provincias durante abril.
En Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, Corrientes, Chubut, Neuquén y Mendoza se registraron episodios similares en cuestión de días, con mensajes casi calcados que anunciaban supuestos ataques.
No saber
Daniel Bustamante, padre de un adolescente de 16 años, lo resume en una frase corta: “Lo que más miedo da es no saber”. Aunque muchas de las amenazas resultaron falsas, dice, eso no alcanza para relajarse. “No sabemos quién está detrás ni qué intención tiene”, sostiene e indica que en esa duda es donde se instala la inquietud que cuesta bajar incluso cuando el día escolar termina sin sobresaltos.
En su familia, como en tantas otras, la rutina incorporó nuevos hábitos como mirar el celular con más frecuencia durante la mañana, seguir de cerca los grupos de WhatsApp de padres, esperar algún mensaje que confirme que todo está en orden. No se trata sólo de lo que ocurre dentro de la escuela, sino de lo que circula por fuera
Las medidas pueden cambiar de una escuela a otra con más controles, menos objetos permitidos, más presencia policial, pero el impacto termina siendo similar. Hay una incomodidad que se acepta, en parte, como necesaria, y una preocupación que no encuentra una respuesta única. Entre ambas cosas, las familias buscan un equilibrio que todavía está en construcción.
Porque si algo se modificó en estos días no es sólo la forma de ingresar a la escuela. También cambió lo que pasa antes, durante, y después de las clases.












