Todos, como Pinocho, un poco narigones

Todos, como Pinocho, un poco narigones

Por Estela Scuderi - Médico psiquiatra.

01 Agosto 2010
La mentira se puede analizar desde varias aristas. Conceptualmente se la puede definir como la falsificación voluntaria de la verdad. Para que sea mentira es necesario el conocimiento de la verdad, y eso puede suceder sólo después de los tres años de edad (antes es sólo fantasía).

Se puede mentir por diversos motivos: temor, compasión, juego, engaño. Y esto provoca daños, patologías y ocultamiento de información.

La importancia de la mentira depende de las circunstancias, del contexto y de las relaciones donde se produce. Por ejemplo: no es lo mismo la mentira de un médico, cuando minimiza una enfermedad porque así disminuye el sufrimiento o la angustia del enfermo, que la de un psicópata consuetudinario, no confiable y deshonesto. O la de los estafadores, que falsean su identidad usando alias: así buscan un beneficio personal o que les dé placer.

Lo fabulatorio
Están también los casos de patologías, como la parafrenia, donde en los delirios predomina lo imaginativo y lo fabulatorio.

Todos en algún momento podemos haber dicho alguna mentira sin importancia (o con alguna importancia) y sobre todo sin consecuencias.

El problema surge en aquellas personas que, por inseguridad, tienen tendencia a mentir sobre cosas de su vida que supuestamente las ponen en una posición más importante y valorizada (comúnmente se les dice mitómanos). Cuando lo hacen con frecuencia terminan creyéndolo y así ponen en evidencia su actitud. Por eso se dice que la mentira tiene patas cortas.

La pregunta que cabe es: ¿si ante cada mentira nos creciera la nariz como a Pinocho, no seríamos todos un poco narigones?

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