30 Diciembre 2007 Seguir en 
Mientras me estiraba en tu panza, temía por los sueños que tejías para mí. Sabía que yo no los realizaría. Empero, si al mirarme logras ver más allá de una enfermedad, descubrirás que puedo ser el milagro de cada día. Mi carita es diferente a la tuya pero está llena de amor. Deberás tener paciencia para aguardar mis tiempos más lentos y sabiduría para guiarme sin querer transformarme. Te necesito a mi lado...
Tal vez esa fue la carta que Juampi le garabateó hace 18 años a su mamá, porque desde que salió del vientre ella lo acompañó cada vez que sus manitas torpes se equivocaron. Por eso, el hijo no empeñó el valor del esfuerzo ni en los instantes más difíciles. En vez, sorteó con tesón los obstáculos externos y los límites internos.
Juan Pablo Mena toma clases de tenis. Cursó el primer año del Polimodal del colegio Pucará. De noche sale a bailar y su mejor amigo, Federico Méndez, de 15 años, no tiene ninguna discapacidad. “Me gusta hacer las mismas actividades que todos los chicos”, resumió en setiembre pasado durante una entrevista con LA GACETA.
Y mientras él hablaba, a su mamá se le ensanchaba el pecho de orgullo de sólo escucharlo. “Obtiene cada cosa que se propone. Es una persona que se esfuerza y que permanentemente se plantea metas”, contó en ese entonces Marta “Baby” Martínez Zavalía de Mena.
Juampi escuchó a la madre y luego corrió en busca de su mejor amigo. “El es igual a los otros. Yo no lo veo diferente. Al fin y al cabo, es más bueno y mejor que muchos. Me quiere, confía en mí y tiene un corazón muy grande”, reflexionó Federico.
Aunque el chico con hipotonía no es el único que sorteó las trabas que lo alejaban de su independencia. A varias cuadras de ahí, en otra cancha, Facundo Palacio se desplazaba por el polvo de ladrillo en silla de ruedas. Con apenas 10 años, este niño también disfrutó de su pasión jugando al tenis adaptado.
Nació con un problema congénito en la médula que le provocó dificultades para mover los miembros inferiores. No obstante, se entrenó para superar las zancadillas que le puso la vida.
En definitiva, basta con conocer a Juampi o a Facu para comprender que el alma despierta del letargo cuando miramos lo invisible. Y que podemos encontrar en los otros toda la belleza y la inteligencia que nuestros ojos les quieren dar.
Tal vez esa fue la carta que Juampi le garabateó hace 18 años a su mamá, porque desde que salió del vientre ella lo acompañó cada vez que sus manitas torpes se equivocaron. Por eso, el hijo no empeñó el valor del esfuerzo ni en los instantes más difíciles. En vez, sorteó con tesón los obstáculos externos y los límites internos.
Juan Pablo Mena toma clases de tenis. Cursó el primer año del Polimodal del colegio Pucará. De noche sale a bailar y su mejor amigo, Federico Méndez, de 15 años, no tiene ninguna discapacidad. “Me gusta hacer las mismas actividades que todos los chicos”, resumió en setiembre pasado durante una entrevista con LA GACETA.
Y mientras él hablaba, a su mamá se le ensanchaba el pecho de orgullo de sólo escucharlo. “Obtiene cada cosa que se propone. Es una persona que se esfuerza y que permanentemente se plantea metas”, contó en ese entonces Marta “Baby” Martínez Zavalía de Mena.
Juampi escuchó a la madre y luego corrió en busca de su mejor amigo. “El es igual a los otros. Yo no lo veo diferente. Al fin y al cabo, es más bueno y mejor que muchos. Me quiere, confía en mí y tiene un corazón muy grande”, reflexionó Federico.
Aunque el chico con hipotonía no es el único que sorteó las trabas que lo alejaban de su independencia. A varias cuadras de ahí, en otra cancha, Facundo Palacio se desplazaba por el polvo de ladrillo en silla de ruedas. Con apenas 10 años, este niño también disfrutó de su pasión jugando al tenis adaptado.
Nació con un problema congénito en la médula que le provocó dificultades para mover los miembros inferiores. No obstante, se entrenó para superar las zancadillas que le puso la vida.
En definitiva, basta con conocer a Juampi o a Facu para comprender que el alma despierta del letargo cuando miramos lo invisible. Y que podemos encontrar en los otros toda la belleza y la inteligencia que nuestros ojos les quieren dar.









