Dos historias de grandeza que nacieron del dolor

Una joven formó una asociación tras un choque y una mujer creó una fundación después de la muerte de su hijo.

TRAGEDIA. Así quedó el auto de María Silvia Jantzon. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO
TRAGEDIA. Así quedó el auto de María Silvia Jantzon. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO
30 Diciembre 2007
Pocos sentimientos son tan difíciles de entender como la solidaridad que nace del dolor. Eso es lo que sintió Ana María de Cruz Prats cuando erigió una fundación para cumplir el último deseo de su hijo. Sentada en un sillón del living, hace un mes, la mujer recordó junto a LA GACETA el tormento de los primeros tiempos...
“Después de dos tratamientos sin éxito, el equipo médico de Buenos Aires consiguió que la leucemia que acuciaba a Federico perdiera intensidad”, contó de Cruz Prats. Entusiasmado por el logro y envuelto en la euforia, el muchacho de 32 años comenzó a  bosquejar un proyecto.
“Si Dios me da una nueva oportunidad y ustedes me curan -les dijo a los médicos- voy a trabajar para que en Tucumán exista una fundación como esta”, anheló, mirando a su madre, quien lo animaba desde el otro lado de la cama.
Pero el joven no obtuvo la chance que deseó esa mañana de marzo de 2006. Empero, su ambición nunca fue olvidada por la mujer, que la atesoró durante meses como un mandato. Y cuando el dolor le dio tregua, emprendió el proyecto trunco.
Cuando “Fede” murió, nació Fedeh (Fundación para el Estudio y la lucha de Enfermedades Hemato-oncológicas). “O me dejaba destruir por el dolor o lo canalizaba en algo que le diera razón a la vida. Por eso, todo mi tiempo libre está dedicado a la organización”, explicó por aquel entonces.
“Desde que Federico no está, siento que mi alma está dinamitada. La fundación me vuelve a la realidad. Elegí trasladar el dolor en vez de morir con él”, añadió.

“La próxima podía ser yo”
Lo cierto es que cuando el sufrimiento se convierte en una acción solidaria, la vida se dignifica. Eso es lo que experimentó también Florencia Marchese, quien perdió a su madre María Silvia Jantzon de Marchese y a su hermano Domingo en un accidente automovilístico ocurrido el año pasado, en un ocaso de diciembre en Yerba Buena.
“Desde ese día nos sentimos encerrados en un paréntesis. No teníamos noción de la realidad ni del tiempo. Después de todo, uno no está preparado para que un ser querido muera por manejar unas pocas cuadras”, reflexionó.
Pero el inciso comenzó a cerrarse cuando cayó en la cuenta de que los percances de tránsito son parejos para todos y decidió armar una asociación popular de vecinos por la seguridad vial.
Y las ganas de erradicar aquello que tanto la hizo sufrir surgieron naturalmente a partir de la angustia. “Hay una necesidad de transformar el dolor en algo... de darle sentido. De hecho, no realicé un proyecto así antes de la tragedia porque nunca imaginé que esto podría pasarme a mí”, concluyó.

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