30 Diciembre 2007 Seguir en 
El sol se desperezó temprano en la montaña. El viento empezó a silbar y los guardapolvos blancos salieron a desafiar a las alturas. En junio pasado, LA GACETA compartió un día de clases con los chicos de la escuela número 215 “Nuestra Señora de La Merced”, en el Alto de Anfama.
El humilde establecimiento está literalmente encajado en las cumbres. Allí, el cronista encontró a más de 120 niños que estudiaban rodeados de la majestuosidad del Aconquija, pero sin calefacción ni albergue adecuado.
En esas cúspides donde el camino se niega a toda horizontalidad y las casas se hallan distantes entre sí, no existe el transporte escolar. Por eso, los muchachitos caminan hasta cuatro horas para llegar a clases. Empero, tienen asistencia perfecta. Quienes sortean el arduo viaje -a veces pese a la lluvia, a la nieve o a la creciente del río- entran a las aulas sin notar que sus zapatillas están mojadas.
Adentro el calor se siente de otra manera. “Llevo 10 años aquí y a la hora de decidir no puedo abandonar la escuela”, confesaba Pablo Morales, un maestro que se esforzaba para que sus pupilos se olvidaran de los pies húmedos.
En la cocina, amplia y calentita, se ajetreaba Delicia Aguilera de Chocobar. La cocinera hervía agua sobre una parrilla negra de grasa. “Para preparar el almuerzo tenemos que hacer magia, los alumnos vienen de muy lejos y debemos cuidar de ellos como sea”, decía la mujer que elaboraba guisos, locro y polenta. Todo con un presupuesto de 65 centavos por persona.
También a los educadores les resultaba dificultoso llegar a la escuela. El único modo de subir es a caballo, en un viaje desde El Siambón que dura seis horas y cuesta $ 25 por día. Luego, se debe continuar a pie por una senda que, por las piedras, las pendientes, los precipicios y los siete cruces de río, es por demás peligrosa.
Todo lo que el colegio necesitaba (hasta la escasa comida para maestros y niños) debía trasladarse a lomo de mulas. La misma situación sufrían las familias que vivían en las distintas localidades que conforman Anfama, constató el diario por aquel entonces.
Después de que la nota se publicara en estas páginas, algunas instituciones y comerciantes se conmovieron y decidieron agasajarlos. Así, en octubre, los pequeños de rostros curtidos por el sol abandonaron por primera vez el paisaje solitario del cerro para conocer el bullicio de la ciudad.
Para llegar usaron caballos, un tractor y finalmente un colectivo. Se alojaron en el Complejo Ledesma y visitaron la Casa Histórica, el parque 9 de Julio, varias peñas, el shopping Portal Tucumán, el club Central Córdoba y la Reserva de Horco Molle.
Daniel Chocobar, un joven de 16 años no vidente, se sorprendió por el ruido que provocaban los autos. Cuando se le preguntó cómo hacía para estudiar en la escuela, respondió que “de pensamiento”. El chico sabe leer en sistema Braille, pero no tenía libros. Y soñaba con comprarse un violín. De hecho, en las cumbres aprendió en forma autodidacta a tocar la guitarra.
Finalmente, también las autoridades educativas de la provincia se conmovieron con el relato de los chicos que siempre dicen presente, pese a las dificultades para estudiar en la inhóspita montaña. La directora de EGB, Elsa Roggero, les prometió realizar obras de infraestructura en las aulas, y comprar un monogancho para poder transportar materiales y alimentos en helicóptero.
El humilde establecimiento está literalmente encajado en las cumbres. Allí, el cronista encontró a más de 120 niños que estudiaban rodeados de la majestuosidad del Aconquija, pero sin calefacción ni albergue adecuado.
En esas cúspides donde el camino se niega a toda horizontalidad y las casas se hallan distantes entre sí, no existe el transporte escolar. Por eso, los muchachitos caminan hasta cuatro horas para llegar a clases. Empero, tienen asistencia perfecta. Quienes sortean el arduo viaje -a veces pese a la lluvia, a la nieve o a la creciente del río- entran a las aulas sin notar que sus zapatillas están mojadas.
Adentro el calor se siente de otra manera. “Llevo 10 años aquí y a la hora de decidir no puedo abandonar la escuela”, confesaba Pablo Morales, un maestro que se esforzaba para que sus pupilos se olvidaran de los pies húmedos.
En la cocina, amplia y calentita, se ajetreaba Delicia Aguilera de Chocobar. La cocinera hervía agua sobre una parrilla negra de grasa. “Para preparar el almuerzo tenemos que hacer magia, los alumnos vienen de muy lejos y debemos cuidar de ellos como sea”, decía la mujer que elaboraba guisos, locro y polenta. Todo con un presupuesto de 65 centavos por persona.
También a los educadores les resultaba dificultoso llegar a la escuela. El único modo de subir es a caballo, en un viaje desde El Siambón que dura seis horas y cuesta $ 25 por día. Luego, se debe continuar a pie por una senda que, por las piedras, las pendientes, los precipicios y los siete cruces de río, es por demás peligrosa.
Todo lo que el colegio necesitaba (hasta la escasa comida para maestros y niños) debía trasladarse a lomo de mulas. La misma situación sufrían las familias que vivían en las distintas localidades que conforman Anfama, constató el diario por aquel entonces.
Después de que la nota se publicara en estas páginas, algunas instituciones y comerciantes se conmovieron y decidieron agasajarlos. Así, en octubre, los pequeños de rostros curtidos por el sol abandonaron por primera vez el paisaje solitario del cerro para conocer el bullicio de la ciudad.
Para llegar usaron caballos, un tractor y finalmente un colectivo. Se alojaron en el Complejo Ledesma y visitaron la Casa Histórica, el parque 9 de Julio, varias peñas, el shopping Portal Tucumán, el club Central Córdoba y la Reserva de Horco Molle.
Daniel Chocobar, un joven de 16 años no vidente, se sorprendió por el ruido que provocaban los autos. Cuando se le preguntó cómo hacía para estudiar en la escuela, respondió que “de pensamiento”. El chico sabe leer en sistema Braille, pero no tenía libros. Y soñaba con comprarse un violín. De hecho, en las cumbres aprendió en forma autodidacta a tocar la guitarra.
Finalmente, también las autoridades educativas de la provincia se conmovieron con el relato de los chicos que siempre dicen presente, pese a las dificultades para estudiar en la inhóspita montaña. La directora de EGB, Elsa Roggero, les prometió realizar obras de infraestructura en las aulas, y comprar un monogancho para poder transportar materiales y alimentos en helicóptero.









