Septiembre Musical: un ritual de sacrificio que muta en “Las Primaveras”

La primera camada de egresadas de la Escuela Taller de Danza del Ente Cultural presenta su propia creación, dirigida por Marcos Acevedo.

EN ESCENA. El elenco de “Las Primaveras” está integrado por 18 bailarinas que egresan de la Escuela Taller de Danza del Ente Cultural de Tucumán.
EN ESCENA. El elenco de “Las Primaveras” está integrado por 18 bailarinas que egresan de la Escuela Taller de Danza del Ente Cultural de Tucumán.
Fabio Ladetto
Por Fabio Ladetto Hace 6 Hs

La Escuela Taller de Danza (ETaD) del Ente Cultural de la Provincia está dando un paso decisivo: anoche estrenó y hoy repondrá -dentro del Septiembre Musical- “Las Primaveras”, a las 21 en la sala Orestes Caviglia (San Martín 251), en lo que es la primera producción de egreso de la trayectoria formativa que conduce José Pintos.

Las jóvenes intérpretes participaron de un proceso de creación que tomó como punto de partida “La Consagración de la Primavera”, la obra de Igor Stravinsky y Vaslav Nijinsky, para construir un planteo propio dirigido por Marcos Acevedo.

“Desde el año pasado veníamos conversando con José sobre la posibilidad de que pudiera dirigir el egreso de las alumnas de tercer año -recuerda Acevedo-. Habíamos barajado algunas posibilidades que podían ser interesantes, pero cuando la propuesta comenzó a concretarse me apareció con mucha fuerza la necesidad, y también el deseo, de trabajar sobre un material que pudiera conectarse con la actualidad y, especialmente, con estas 18 bailarinas tan jóvenes”.

Desde esa mirada, señala el director para LA GACETA, “lejos de reproducir o actualizar literalmente el argumento original, nos propusimos desandar su lógica ritual”. Por ello, “allí donde ‘La Consagración...’ presenta a una comunidad que conduce a una elegida hacia el sacrificio, ‘Las Primaveras’ se pregunta qué sucede si se la desarma”, precisa.

- ¿En qué consistió el trabajo creativo?

- La propuesta escénica surgió de un proceso de creación colectiva junto a las intérpretes y al equipo artístico, que puso en diálogo la tradición de la danza con los cuerpos, las preguntas y las sensibilidades de una nueva generación de artistas. El cuerpo colectivo ocupa un lugar central en la puesta. La ronda, el sostén, la caída, la dependencia, el señalamiento y la palabra se convierten en materiales de una dramaturgia física que pone en tensión las relaciones entre el individuo y la comunidad. Así, el sacrificio deja de plantearse como el destino inevitable de una única figura para abrir interrogantes sobre aquellas formas sociales, culturales y simbólicas que históricamente han convertido determinados cuerpos en entes sacrificables.

- ¿Por qué eligieron “La Consagración...”?

- Porque tiene un lugar enorme en la historia de la danza occidental; nos permitía entrar en un territorio muy conocido y, al mismo tiempo, preguntarnos qué podíamos hacer hoy con ese material. No me interesaba hacer una nueva versión de esa obra, ni contar nuevamente su historia, que gira sobre una comunidad que construye un ritual que conduce al sacrificio de una elegida. Nosotros nos preguntamos qué pasaría si, en algún momento de ese recorrido, la comunidad pudiera detenerse, mirar lo que está haciendo y decidir que el sacrificio no es necesario. De alguna manera, la pregunta era cómo pasar de una lógica de bailar hasta morir a una lógica de bailar hasta vivir.

- Hay un desafío conceptual que va más allá de la anécdota.

- Desandar el ritual no significa simplemente hacer la obra al revés. Es más bien una hipótesis poética. Pensar que aquello que parece inevitable puede dejar de serlo. Otra pregunta que estuvo muy presente durante el proceso fue: ¿cómo bailamos sabiendo que tantas han muerto? Y ahí la figura de la elegida deja de ser solamente la de una mujer concreta. Aparece una idea más amplia sobre todos aquellos cuerpos que, de distintas maneras, han sido colocados en un lugar ritual para que algo pueda sostenerse. Me interesa que eso pudiera aparecer a través de los cuerpos, de las relaciones entre ellas, de cómo se sostienen, cómo se necesitan, cómo a veces ese sostén también puede convertirse en una forma de control, cómo se separan y vuelven a necesitarse.

- El título elegido habla del ciclo de renacer de la naturaleza.

- La metáfora del mundo vegetal se enraizó en la propuesta. Las plantas empezaron a aparecer como una fuente poética muy fuerte. Hay aspectos del mundo vegetal que me interesan muchísimo: la manera en que buscan la luz, cómo se adaptan, cómo se enreda con otros organismos, cómo puede ser sostén de otros seres vivos. Y algo que particularmente me conmueve: según estudios científicos sobre el comportamiento vegetal, las decisiones de una planta no son parciales: cuando florece o pierde sus hojas, es la planta en su totalidad la que responde. También me interesa la percepción del tiempo en el mundo vegetal. Una planta tiene otra relación con el crecimiento, con la floración, con la pérdida de las hojas. Me interesaba que esas características fueran también motores para construir movimiento, relaciones entre los cuerpos y con el entorno. Esos elementos fueron entrando en la obra, pero no como ilustración de la naturaleza, sino como una manera de pensar los vínculos. Y en Tucumán aparece además algo muy particular: tenemos las Yungas muy cerca de lo urbano. Esa convivencia entre naturaleza y ciudad también estaba presente en nuestro imaginario. Además fue también un juego de palabras y de sentidos: las bailarinas atravesando su propia primavera, y está el hecho de consagrarse y egresar.

- ¿Qué implica recibirse con una puesta en escena?

- En este caso, que la experiencia del egreso no se limite al cierre de una etapa de formación, sino que enfrente a las jóvenes intérpretes al desafío de crear, decidir, habitar el escenario y construir colectivamente una obra propia. Es importante que esta obra no sea simplemente el cierre de una formación. La ETaD tiene una dimensión de profesionalización muy importante, y quería que el proceso también pudiera fortalecerlas como intérpretes y como creadoras. Entonces no aparece solamente como llegar a una meta, sino como la posibilidad de preguntarse qué hacen con todo lo que aprendieron, qué conservan, qué abandonan, qué transforman y qué pueden construir juntas a partir de la identidad grupal.

- ¿Había un conocimiento previo con el elenco?

- Con ellas ya tengo una historia escénica, porque compartimos escenario en “Pedro y el lobo”, donde yo interpretaba a la abuela y al relator. Esta vez nos encontramos desde otro lugar. Yo quería que el proceso las fortaleciera, las desafiara, las involucrara y las empoderara. Que no fueran simplemente intérpretes de algo que otra persona había decidido, sino que pudieran reconocerse en el material que estábamos construyendo. Trabajamos mucho desde lo expresivo, lo teatral, la interpretación y el mundo sensible que queríamos compartir con el público. En cada ensayo terminábamos cantando juntas. Al principio eran canciones que yo llevaba y después comenzaron a aparecer canciones que proponían ellas. Y en esos espacios fueron apareciendo materiales que después pasaron a formar parte de distintos momentos de la obra. Es muy importante porque el proceso de profesionalización también tiene que ver con aprender a crear con otras y otros, no solamente con aprender una técnica.

Responsables: elenco y colaboradores

El cuerpo de baile de “Las Primaveras” está integrado por Milagros Álvarez, Luna Arévalo, Martina Asis, Alma Brito Diosquez, Pía Nieto Aguirre, Ruth Carabajal, Leonela Contreras, Candela Gómez Morfil, Zaira Graiff, Lourdes Herrera, Sofía Jiménez, Brisa Jiménez, Luciana Nieva, Lourdes Rosatto Guzmán, Ana Tapia, Luna Vaca, Lastenia Vega y Valentina Vildoza Farías. La supervisión pedagógica y artística está a cargo de Beatriz Lábatte, con Adrián Albano, Melisa Bellagamba, Rita Di Vece, Zulema Asís y Ricardo Contreras como asistentes coreográficos. Aída Navajas diseñó el espacio, con música de Javier Nadal Testa.

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