Milei reflota Malvinas con una zanahoria para Trump: su apoyo para frenar presencia de China

Por Hugo E. Grimaldi para LA GACETA.

MILEI Y TRUMP / ARCHIVO
MILEI Y TRUMP / ARCHIVO
Hace 1 Hs

Resumen para apurados

  • Javier Milei relanzó hoy en Argentina el reclamo por Malvinas para lograr el apoyo de Donald Trump ante Londres, a cambio de frenar el avance chino en el Atlántico Sur.
  • El plan incluye reactivar la Base Naval de Ushuaia y sancionar a petroleras que operen en las islas, tras meses de gestiones diplomáticas frente a proyectos británicos.
  • La estrategia busca insertar la soberanía en la disputa global entre Washington y Pekín por la Antártida, dependiendo del respaldo efectivo que brinde la Casa Blanca.
Resumen generado con IA

“América para los americanos”. La vieja fórmula de la Doctrina Monroe reaparece resignificada en tiempos de Donald Trump y Javier Milei: Washington no quiere a China en el continente ni mucho menos cerca de la Antártida. Al mismo tiempo, la Argentina recuerda que el Reino Unido mantiene una base colonial en unas islas que están “muy lejos”, tal como señaló el presidente de Estados Unidos, dejando margen para interpretaciones sobre un eventual giro hacia la neutralidad.

El discurso del presidente argentino sobre la “sagrada causa” de Malvinas se inscribe en esa lógica y funciona como un buen anzuelo para atraer al magnate. No le resulta difícil, considerando las cuentas que le pasa seguido a Londres —poca ayuda en Irán y mayor cuota en la OTAN—: si ustedes nos apoyan para desplazar la presencia británica, nosotros contribuiremos a frenar la expansión china en el Atlántico Sur, podría haber sido la propuesta de Milei. Una mano lava la otra.

La hipótesis cierra en términos geopolíticos y abre un tablero donde la reivindicación argentina se cruza con la estrategia global de los EEUU para contener a China en el Hemisferio Occidental. “Proteger el Atlántico Sur también es una cuestión de seguridad nacional. El mundo se está reconfigurando a velocidades cada vez mayores. Las grandes naciones saben que en el futuro deberán competir por los recursos necesarios para sostener el crecimiento que traerá la era de la Inteligencia Artificial. En esa disputa, la Antártida será uno de los principales focos de interés y competencia”, fue uno de los pasajes menos destacados del discurso presidencial, aunque resulta clave para comprender el asunto.

“Quien tenga mayor proyección sobre el Atlántico Sur, estará en una mejor posición para defender sus intereses. Por eso, asegurar nuestra preeminencia en este territorio no es un capricho político, es una cuestión de supervivencia y por ese motivo, cualquier avance adicional sobre las islas Malvinas será considerado como una violación a nuestra seguridad nacional”, argumentó también Milei.

Mientras las apariciones públicas mostraban al Presidente caminando al filo de la cornisa en lo económico y siempre en el papel del “malo de la película” que tanto valora la ortodoxia, parecía evidente que algo se estaba cocinando en el Gobierno en materia de política exterior. Una movida que va más allá de la llamada “galtierización” del Presidente para capear la caída de imagen y las eventuales implicancias electorales del año próximo. El propio Milei dio ayer en Puerto Iguazú alguna pista sobre las motivaciones del caso Malvinas, al explicar que el momento “nos permite ser un jugador importante en materia geopolítica para avanzar en el reclamo de nuestra soberanía”.

En este esquema, Malvinas aparece no sólo como causa nacional, sino como parte de un tablero global. El antecedente de 2022 —cuando Washington presionó para frenar el proyecto de un puerto de aguas profundas en Tierra del Fuego financiado por Beijing— demuestra que la disputa excede la soberanía argentina. Hoy, el acercamiento ideológico de Trump hacia la Argentina se inscribe en esa misma estrategia: garantizar que el extremo sur del “Hemisferio Occidental” permanezca bajo la órbita de influencia de la Casa Blanca.

Para avanzar, lo que hizo Milei fue desempolvar dos medidas ya vigentes, con algunos ajustes para darles mayor densidad. Primero, la Ley de sanciones a empresas que operen ilegalmente en las islas, aquella que Pino Solanas consiguió aprobar con mayoría kirchnerista en el año 2011, ahora reforzada. En ese terreno se planteó un endurecimiento de penalidades —incluida la prohibición de operar en Vaca Muerta— contra las compañías que actúen en las islas.

Además, el discurso presidencial sumó un segundo elemento clave: la construcción de una Base Naval Integrada también en Ushuaia. El proyecto no es nuevo —ya había sido anunciado en gestiones anteriores— pero el Presidente lo presentó ahora como una respuesta urgente al avance británico en la explotación petrolera offshore. Según explicó, la Base “nos convertirá en el polo logístico más importante del Atlántico Sur”, reforzando la proyección geopolítica y militar del país en la región y, en sus palabras, elevando la cuestión a un plano de “seguridad nacional”, un término muy propio de la política estadounidense que ayuda a percibir que la disputa excede lo local y que tiene que ver con la lógica global de Washington.

El problema es que esa obra nunca pasó del papel. La falta de financiamiento y la ausencia de consensos políticos la dejaron en suspenso durante años. Milei la rescata ahora y la asigna fondos presupuestarios como símbolo de un país que busca mostrarse “militarmente respetable” y capaz de imponer costos a quienes vulneren su soberanía. La pregunta, sin embargo, persiste: ¿será esta vez una iniciativa concreta o volverá a diluirse en la coyuntura? La respuesta posible es que ahora el proyecto tiene más chances de avanzar porque se inserta en un tablero geopolítico mayor.

La confirmación del canciller Pablo Quirno sobre el trabajo silencioso que la Cancillería viene realizando desde hace varios meses refuerza la idea de que no se trata de un anuncio improvisado. Más allá del uso político de la causa Malvinas —que siempre galvaniza apoyos en momentos de desgaste o de tensión económica como el actual—, las gestiones muestran una línea de acción sostenida. En su intervención, el Presidente precisó que la diplomacia argentina ya envió “cerca de 180 notas de desaliento a empresas y 29 países involucrados en proyectos en las islas”.

Tal nivel de actividad diplomática sugiere que el Gobierno no sólo busca marcar agenda interna, sino también encajar su reclamo en un contexto internacional que hoy le resulta favorable para elevar el tono frente a Londres. Difícilmente pueda sostenerse un despliegue tan amplio sin un respaldo poderoso, y ahí aparece la clave: la estrategia argentina se apoya en la idea de que la disputa por Malvinas ya no es sólo bilateral, sino parte de un tablero mayor donde Washington y Beijing también juegan sus fichas, más allá de Chile que acaba de autorizar una ruta marítima entre  Stanley y Punta Arenas.

La hipótesis de fondo es clara: si Trump revalúa su presencia regional y exige un mayor alineamiento de sus aliados, el movimiento diplomático argentino adquiere otra dimensión. La Argentina avanza con la Base y endurece su ofensiva legal y económica, mientras encuentra en la narrativa geopolítica de la Casa Blanca una ventana de oportunidad para Malvinas. El cruce de señales permite leer que estas decisiones no son meros gestos de consumo interno, sino movimientos calculados dentro de un tablero de mayor escala. Es lo que Milei definió como “nueva relevancia geopolítica de nuestro país” y “vientos de cambio favorables a nuestro reclamo”.

Un punto poco resaltado del discurso presidencial fue la admisión de Milei de que hay quienes discuten sus “formas”, algo que por primera vez no invalidó y que seguramente lo hizo en nombre de una causa superior como quiso mostrar que es Malvinas. En general, el Presidente suele insultar a quienes se atreven a confrontarlo, pero en esta ocasión se allanó, quizás como una manera de exhibir un temperamento similar al de la preelección del año pasado, cuando se mostró más contenido.

En lo que no transa Milei es en su ortodoxia: va al frente contra viento y marea, ya sea frente a la oposición, los empresarios, el periodismo o incluso su propia interna, donde algunos intentan frenar tal compulsión dogmática. El Presidente está convencido de que su gran activo es el modo de gestionar la recuperación económica de estos mil días de mandato. Venía repitiendo esa modalidad cerrada una y otra vez, mostrando también la cara oscura de sus modos agraviantes contra quienes no comparten el diagnóstico del todo o nada, dentro y fuera del gobierno. Pero el caso Malvinas —por lo que fuere— pareció hacerlo poner los pies sobre la tierra. Ya se verá si le dura.

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