Vuelos narco: el día que los cielos del NOA perdieron la inocencia

En septiembre de 1987, con la caída en Salta de una avioneta que transportaba unos 200 kilos de cocaína, se detectó el primer caso en el NOA.

RECUERDO. Los diarios de Brasil le dieron amplia cobertura al caso.
RECUERDO. Los diarios de Brasil le dieron amplia cobertura al caso.
Hace 2 Hs

Para comprender la alarmante complejidad del narcotráfico que hoy acecha al norte argentino, con campos bombardeados desde el aire y organizaciones transnacionales operando en las sombras, es indispensable hacer memoria y viajar en el tiempo a mediados de los años ochenta. Fue precisamente en esa bisagra histórica cuando el cielo de Salta perdió su inocencia y el Estado ignoró las primeras alertas de un fenómeno que pasaría de los mitos rurales a la cruda realidad judicial.

El silencio de la Puna salteña suele ser sepulcral, casi místico. Pero una tarde del 19 de septiembre de 1987, se rompió con el rugido metálico de un motor en falla y el posterior estallido de una aeronave contra el suelo pedregoso del cerro El Morro, en San Antonio de los Cobres. No era un vuelo oficial, ni una emergencia civil comunitaria. Cuando las primeras patrullas lograron llegar a los restos humeantes de la avioneta, el paisaje andino quedó impregnado de un olor ajeno a la pureza del cerro: más de 200 kilos de cocaína andaban desparramados entre el fuselaje retorcido.

El 24 de septiembre, la noticia llegó a las páginas de los diarios: el Piper Azteca, matrícula brasileña PT-CHK, yacía destrozado contra el suelo pedregoso de San Antonio de los Cobres. Había intentado cruzar la cordillera de Los Andes, pero el peso excesivo -en una geografía donde el aire falta y los motores se ahogan- precipitó su caída.

Ninguno de los cuatro tripulantes sobrevivió. Sin embargo, entre los hierros retorcidos de las alas y el fuselaje, lo que emergió no fue solo una tragedia aérea, sino la confirmación de que Salta se había transformado en el corredor estratégico de un negocio global.

Aquel siniestro no fue un accidente más. Fue, para la historia judicial y política de Salta, el bautismo de fuego de los “vuelos narco” en la provincia. El momento exacto en que la sospecha popular se convirtió en un expediente incómodo.

Rumores y evidencias

Hasta mediados de los años ochenta, el tráfico de estupefacientes en el norte argentino se hamacaba entre el contrabando hormiga por los pasos fronterizos de Orán o Pocitos y las historias de apariciones nocturnas en campos privados que la vox pópuli alimentaba en las tertulias de café. La infraestructura de control aéreo en el país era primitiva, y el cielo salteño, una llanura invisible y sin fronteras para los pilotos audaces que cruzaban desde Bolivia.

Sin embargo, el impacto de la aeronave en San Antonio de los Cobres forzó un giro de 180 grados. Ya no se trataba de “bagalleros” cruzando el río Bermejo con mochilas; era una logística empresarial, con aeronaves capaces de violar la soberanía aérea y enlazar las cocinas del altiplano con los centros de acopio locales o los puertos de salida internacional.

El cargamento -monstruoso para los estándares de la época- encendió alarmas que cruzaron rápidamente los límites provinciales. La cantidad de droga incautada evidenciaba que Salta ya no era una simple zona de tránsito esporádico, sino un engranaje estratégico en la nueva ruta del Cono Sur.

Los detalles

Al mando de los controles del Piper Azteca estaba Roberto Magalhães Gallucci. Fuera de los flashes y las pistas del Stock Car Brasil, donde ostentaba un perfil de dandy de la alta sociedad paulista, su vida era bastante menos glamorosa. Gallucci arrastraba una causa abierta en San Pablo por un homicidio cometido durante un episodio de contrabando en ese mismo 1985.

No era un novato. Su historial acumulaba secretos de peso: una condena a cinco años de prisión en los Estados Unidos, pena que logró reducir tras aceptar convertirse en delator. Colaboró con información precisa para desarticular a Auguste Josep Ricord, el poderoso capo francés de la legendaria Conexión Corsa que había utilizado la heroína en los sesenta y que terminó asentándose en el Paraguay bajo el ala protectora de la dictadura de Alfredo Stroessner.

Al recuperar su libertad, Gallucci volvió al único oficio que conocía. El antiguo transportista de heroína se reconvirtió al producto estrella de la época: la cocaína. Su ruta unía Paraguay con Miami, utilizando el norte argentino como una escala técnica tan invisible como necesaria. Su último vuelo demostró que el mecanismo funcionaba aceitadamente.

Otros datos

Una vieja ficha de Gendarmería Nacional, redactada con el traqueteo de una máquina de escribir, le puso nombre a los cuerpos congelados en la altura. Junto a Gallucci yacía su esposa, Aparecida Cristina Do Rego. En las plazas traseras viajaba una pareja amiga de nacionalidad paraguaya: Aurecmar Rodrígues Colman y Martha Irene Fragaud de Rodrígues, una mujer cuyos lazos familiares se hundían de forma directa en los despachos del gobierno de facto paraguayo.

Hasta ese caluroso septiembre de 1985, secuestrar 10 kilos de droga en la Argentina era considerado un hito histórico. Por eso, el escenario que encontraron los uniformados en la Puna salteña los dejó estupefactos: el Piper de Gallucci trasladaba 202,730 kilos de cocaína, un cargamento valuado en la exorbitante cifra de 12 millones de australes de la época.

Como describe el actual juez federal Julio Leonardo Bavio en su libro “Tráfico de Estupefacientes”, la caída de esta aeronave “expuso una ruta no tan conocida que unía Paraguay y el norte de Chile a través de Salta”. Su obra desmenuza las enormes falencias de control de aquellos años y las tempranas complicidades que facilitaban la tarea criminal.

El caso no tardó en salpicar a las instituciones. El mismo expediente detalla que dos efectivos de Gendarmería Nacional intentaron quedarse con dos kilos del cargamento de Gallucci. Fueron descubiertos por sus propios compañeros, detenidos y condenados a prisión, en un prematuro síntoma de cómo el dinero del narcotráfico podía corroer los uniformes de control.

El accidente de Gallucci y su comitiva no fue un hecho aislado ni una anomalía de la Puna; fue el acta de nacimiento y el prólogo perfecto del modus operandi moderno. El ensayo general de una metodología que, décadas más tarde, mutaría en las pistas clandestinas del departamento San Martín y en el actual bombardeo sistemático de campos con cocaína en el sur provincial. Salta había sido advertida en 1985, pero el poder prefirió mirar hacia otro lado mientras el cielo perdía, para siempre, su inocencia

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