El hallazgo de una conexión insospechada y nunca antes revelada entre dos historias mil veces contadas disparó infinidad de abordajes, repercusiones y sensibilidades. Se cruzan el deporte, la psicología, la sociología, el periodismo, la crónica policial, la política, los dilemas éticos. Nos preguntamos, en estas semanas, cuánto de Canessa y cuánto de Puccio hay en nuestras sociedades. Y cuánto, en situaciones extremas, puede haber dentro nuestro.
La inteligente lectura de Eduardo Rothe abre más preguntas y aporta reflexiones agudas. Nos plantea, por ejemplo, cuáles fueron las condiciones de posibilidad para que los crímenes del clan ocurrieran.
Lo que nos llamó la atención, desde el principio, es que ambos personajes habitaban una escena socioambiental similar. Carrasco -el lugar en el que vivía Canessa- y San Isidro –el barrio de los Puccio- se parecían mucho. Sus mundos estaban conectados. Usualmente el crimen tiene su hábitat natural lejos de la vida armónica de la sociedad. Alejandro Puccio, en cambio, ya era un “héroe deportivo” antes de convertirse en criminal. Como en el cuento de Borges, “Tema del traidor y del héroe”, su comunidad descubrió –y tuvo que procesar- que su “ídolo” era un canalla.
En el final del artículo que dio origen a la historia sugiero que Puccio tuvo una oportunidad de escapar del infierno paterno –e incluso de asumir su destino edípico y combatirlo- porque en ese partido, Canessa ya era el héroe de los Andes y Alejandro todavía no había sucumbido a la psicopatía de Arquímides. Rothe sugiere que el encuentro fugaz que puede haberse dado en un partido no parece ser suficiente para conmover a quien todavía está a tiempo de tomar una decisión ética fundamental. Por el contrario, creo que es difícil no conmoverse profundamente –me pasó a mí y a muchísimas personas- ante la presencia de esa figura legendaria que enalteció, como muy pocos, al género humano.
MADRID









