Tres vidas truncadas: el impacto de las inundaciones en Tucumán y la ausencia crónica de soluciones

Los casos de Mariano Robles, de Solana Albornoz y de Lisandro Vega exponen una de las caras más crueles de una provincia sin obras hídricas de envergadura desde hace medio siglo. Mientras tanto, parte de la dirigencia política reaparece para prometer soluciones que rara vez llegan o para señalar responsables

CONMOVEDOR. La imagen que recrea a las tres víctimas del último temporal se viralizó en WhatsApp y en las redes sociales. CONMOVEDOR. La imagen que recrea a las tres víctimas del último temporal se viralizó en WhatsApp y en las redes sociales. LA GACETA/DIEGO ARAOZ
José Názaro
Por José Názaro Hace 22 Hs

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La naturaleza puede ser implacable. Es cierto. Pero también es cierto que el ser humano ha desarrollado a lo largo de los siglos herramientas para dominarla o para reducir su impacto. Sin embargo, en pleno siglo XXI -mientras la Inteligencia Artificial invade cada vez más resquicios de nuestras vidas y, al mismo tiempo, somos capaces de sobrevolar el lado oscuro de la Luna- en Tucumán, cuando llueve, muere gente.

Lo fácil, claro, es echarle la culpa a los elementos. De hecho, es lo que vienen haciendo algunos políticos tucumanos desde hace décadas. Parecen cultores del “Todo pasa” que llevaba impreso en un anillo el antiguo mandamás de la AFA, Julio Grondona (cuyas presuntas fechorías lucen infantiles al lado de las que se les imputan a sus sucesores). Es que en estas tierras ocurre siempre lo mismo: luego del impacto que causan las inundaciones, el sol vuelve a aparecer, el agua baja y la abulia se adueña nuevamente de la vida cotidiana. De a poco, otras preocupaciones empiezan a ocupar las mentes de los ciudadanos y los dirigentes que hicieron poco o nada por evitar las catástrofes se terminan levantando indemnes del barro. Aunque hayan repartido cabezazos y otras miserias a metros de quienes lo perdieron todo.

Lo de Mariano Robles y Solana Albornoz es una de esas cachetadas que cada tanto nos propina el destino para recordarnos que no hay nada definitivo, que todo es aún más efímero de lo que pensamos: una pareja con dos hijas y la vida por delante, una tarde de sol, amigos, una fiesta y, de golpe, la muerte.

Inesperada. Irrevocable. Indiscutiblemente evitable.

En una provincia en la que hace por lo menos 50 años que no se realiza ninguna obra hídrica de gran envergadura para atajar y canalizar el agua de las tormentas (la última fue el Canal Sur y no hay mucho más para agregar a la lista) ¿hubiese ayudado aunque sea un cartel que advirtiera sobre el peligro que se presenta en ese camino vecinal de Tafí Viejo cada vez que llueve fuerte? Es tarde para saberlo. Lo cierto es que sólo los miserables pueden responsabilizar al GPS por esta calamidad.

ESTREMECEDOR. Así encontraron el auto en el que viajaban Mariano Robles y Solana Albornoz. ESTREMECEDOR. Así encontraron el auto en el que viajaban Mariano Robles y Solana Albornoz. ARCHIVO

Lo de Lisandro, el chico que murió electrocutado en Jujuy al 2.900, en cambio, era algo previsible. No su muerte en particular, claro, sino la inminencia de alguna desgracia. Le podía ocurrir a él o a cualquier otra persona. Hay quienes dicen, incluso, que era cuestión de tiempo. Porque estamos hablando de una zona que se inunda con cualquier chaparrón; de una feria americana que funciona como la manifestación cabal de una comunidad signada por ingresos que no alcanzan -si es que los hay- y por la informalidad omnipresente; de conexiones eléctricas clandestinas, y de una sumatoria de factores (como la ausencia de controles) que sólo demuestran que existen sectores que se hunden cada vez más. Y no es una metáfora.

El letargo del olvido

Con los hechos consumados, se desempolvan -una vez más- proyectos e ideas para terminar con este tipo de dramas. Tal como reveló el periodista Martín Soto en LA GACETA, existen al menos tres propuestas que aguardan tratamiento para que se retomen las tareas de ejecución del Plan Hídrico Estratégico Integral de Tucumán que entre 2017 y 2019 se desarrolló a instancias de la Legislatura como respuesta a una gravísima inundación en La Madrid. Esos proyectos fueron firmados por los parlamentarios de diversos espacios y, entre otras cuestiones, persiguen la idea de constituir comisiones para que se encarguen de la planificación hídrica en la provincia. No faltan los maliciosos que les auguran un pronto pasaje al letargo de los archivos.

En este contexto aparece un dato fundamental: ha transcurrido casi una década desde la presentación de aquel Plan Hídrico que establece una detallada hoja de ruta con obras y prioridades para evitar que se repitan calamidades de este tipo. Sin embargo, mientras el mundo ha cambiado radicalmente en estos años (pandemia, guerras e IA mediante) en Tucumán parece no haber transcurrido el tiempo: La Madrid volvió a inundarse hace un mes. Igual o peor que en 2017 ¿Y el plan hídrico? Bien, gracias.

El camino de las vergüenzas

Por estos días advertimos un fenómeno recurrente y vergonzante: como suele ocurrir después de cada tragedia, se multiplican los dirigentes de toda jerarquía y color partidista que prometen soluciones que rara vez llegan -si es que son oficialistas- o que señalan responsabilidades desde la comodidad de la oposición. Salen a buscar un rédito político en medio del barro de los cataclismos. Son como los caranchos, que se especializan en rastrear oportunidades entre las desgracias (ajenas, claro).

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Hay una novela que describe un escenario distópico. Se llama “La Carretera” y es una obra maestra del escritor estadounidense Cormac McCarthy. Narra el viaje que emprenden un padre y un hijo a través de un territorio arrasado por una catástrofe que ha hecho desaparecer la civilización tal como la conocemos. Es un relato profundamente inquietante, pero que exalta la esperanza como impulso vital para subsistir en medio de un contexto desolador y amenazante. No es difícil encontrar similitudes entre aquella carretera (¿posnuclear?) de McCarthy y las banquinas de La Madrid o los caminos de Tafí Viejo que se tragan autos y vidas cuando llueve fuerte. La diferencia es que en Tucumán no hay espacio para la ficción.

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