Javier Milei, presidente de la Nación.

La Argentina transita hoy un tramo de la curva donde, a falta de baranda de contención, la pendiente se hace visible y los votantes empiezan a ver que entre la motosierra inicial y la sintonía fina prometida se abrió un divorcio. La ortodoxia y la luna de miel electoral ordenaron la macro, pero la microeconomía sigue sin encontrar su cauce: la producción no crece, las empresas cierran, los empleos se achican, los ingresos permanecen planchados y la mora bancaria se expande. Tampoco hay certeza de que las inversiones puedan operar con cierta velocidad para que la torta crezca.
Así, asoma el fantasma de la estanflación, alimentado por una suba de los precios que reverdece empujada por el precio internacional del petróleo, valor que encarece los combustibles y hasta le sirve al gobierno nacional de argumento para justificar un rebrote inflacionario, mientras los indicadores de la economía real siguen siendo magros. A la mitad y un poco más de mandato, la pregunta que surge es: “¿tendrá uña de guitarrero Javier Milei para torcer la historia también en lo micro?”
A la vez, el desgaste político se le acumula al Presidente entre ruidos internos y sospechas de corrupción y hasta la férrea defensa que hace a diario de su Jefe de Gabinete lo deja mal parado. Las encuestas reflejan cierto desencanto y el tema electoral ya se instaló en la conversación pública. Del otro lado de la balanza, el Gobierno intenta capitalizar con toda lógica la sentencia favorable en la causa YPF y lo ha presentado como un triunfo capaz de insuflar optimismo en votantes e inversores.
La gran incógnita es si esa novedad, que cayó como una bomba a favor del país, alcanza para contrarrestar la seguidilla de pálidas y abrir un horizonte de expectativas renovadas. El cierre de la semana deja planteado un dilema: ¿prevalecerá el desgaste político y el de la microeconomía o la épica del fallo? Entre esas dos fuerzas se mueve hoy el tablero político y económico y allí, se juega la narrativa que marcará el pulso de los próximos meses.
Ayer, se supo que la Cámara de Apelaciones del Segundo Circuito de Nueva York revocó la sentencia de primera instancia del juicio por la expropiación de YPF y de esa forma, la Argentina se evita pagar U$$ 16.100 millones más sus intereses, dinero que dijo el Gobierno en un rapto de lucidez comunicacional que hoy equivale al pago “de 70 millones de jubilaciones mínimas”. O, dicho de otra forma, que de esta manera se esquiva un endeudamiento por el mismo monto, por lo cual el riesgo-país naturalmente debería ser menor.
Desde el barro de la política, todos buscaron llevarse las palmas del logro y hubo críticas cruzadas –y algunas fueron furibundas- sobre la estatización, el proceso de defensa y el rol que cumplió cada uno, sobre todo Axel Kicillof como ministro de Economía, cuando en 2012 se decidió la estatización de 51% de la petrolera, proceso que no contempló la parte que tenía la familia Eskenazi (casi 25%) lograda de una manera muy particular, ya que consiguió sus acciones pagando con utilidades de la propia compañía debido a un arreglo que hizo Repsol con los Kirchner para irse del país. Ese litigio le fue vendido luego por los Eskenazi a Eton Park y a Burford Capital, los dos fondos que fueron los grandes perdedores de ayer.
El fallo no resultó unánime (dos jueces a uno) y es verdad también que los demandantes tienen una última posibilidad de recurrir a la Corte Suprema, pero esa instancia es poco probable que se logre debido a que el Alto Tribunal de los EEUU se ocupa generalmente de derecho federal y constitucional. El argumento de los magistrados fue similar al que esgrimió la Argentina desde Mauricio Macri para acá, a través de los diferentes encargados de la Procuración del Tesoro, quienes siguieron una misma línea: el Estatuto societario de una compañía no puede estar por encima de las leyes de la República. El fallo confirmó que explícitamente YPF fue exculpada de responsabilidad durante el proceso de estatización.
Ante tamaño logro, no sonó para nada disonante el discurso político de ocho minutos que hizo anoche el presidente de la Nación, salvo que políticamente le atribuyó a su gobierno todos los méritos del caso. Milei necesitaba algo así para ver si podía encapsular sobre todo la crisis que le ha generado su Jefe de Gabinete, Manuel Adorni, tema que hoy convive en el debe del Gobierno con su propio pasado de difusor rentado de criptomonedas y las sospechas que dan vuelta sobre el caso $LIBRA.
En la semana, el jefe de los ministros no tuvo mejor idea que encarar una conferencia de prensa para explicar cosas que lo pusieron en la cresta de la ola de las críticas y el resultado fue que sólo consiguió hacerlas más profundas, quizás porque su espíritu no está preparado para explicar las cosas sin bajar un poco el copete. Aquel viejo refrán de las abuelas, “quien siembra vientos recoge tempestades” es una clave de lectura de la coyuntura, ya que la arrogancia y el maltrato de los funcionarios públicos, cuando se acumulan, generan un clima que amplifica cualquier traspié.
En su rol de vocero primero y de Jefe de Gabinete después, Adorni ha construido una relación áspera con la prensa y con sectores de la opinión pública y esa actitud, que en tiempos de fortaleza podía pasar como el estilo homogéneo de un gobierno que se sentía ganador, se vuelve un verdadero lastre cuando emergen eventuales irregularidades. Los tres episodios recientes -uso de un vuelo presidencial para su esposa, el viaje a Punta del Este que definitivamente no pagó él y el aumento patrimonial (aún) no declarado- pueden parecer hechos aislados, pero juntos dibujan la silueta de un privilegio impropio. Adorni se escuda en que la Justicia está investigando y que por eso no puede hablar, pero en términos políticos y lamentablemente para él, la vulnerabilidad de un funcionario tan cercano al poder se convierte en un espejo del Presidente que lo respalda.
El caso del Jefe de Gabinete es un clásico, sobre todo porque aquí y en el mundo hay muchos antecedentes de presidentes que sostuvieron a funcionarios cuestionados hasta que la presión política, mediática o judicial les obligó a soltarles la mano: Fernando de la Rúa, tratando de mantener a “Chacho” Álvarez tras la denuncia de sobornos en el Senado que no lo implicaba, pero que lo debilitaba; el inaudito sostén de Cristina a Guillermo Moreno, pese a lo grosero de sus índices; la banca de Macri al actual ministro de Economía que cedió ante la presión de los mercados y de la oposición. Todos esos casos tuvieron una resolución en común: los fusibles, afuera.
En general, el respaldo inicial que hacen los presidentes en estos casos busca mostrar fortaleza, pero cuando el costo reputacional supera el beneficio no hay más remedio que bajarle el pulgar a quien fuere, aunque se trate del más fiel de los escuderos. Por otra parte, embocar a un funcionario suele ser también un tiro por elevación para erosionar al número uno, por lo cual si Milei llega a internalizar que una parte de lo que hoy le venía sucediendo es por culpa de su Jefe de Gabinete, deberá proceder tal como indican los manuales.
Aquí aparece hay un dilema clásico en política, porque si por mantener a alguien el número uno muestra firmeza, por otro lado, le acumula desgaste. Y si bien soltarlo lo preserva, también eso lo muestra débil si es porque accede a la presión. Lo cierto es que la historia enseña que el sostén presidencial es siempre transitorio y que, en ese juego, dejar libre el casillero puede ser inevitable ya que, si la agenda mediática y judicial no se disipa, la pregunta no es si “todo pasa”, sino cuánto daño ha quedado en el camino. En ese sentido, pese a la conferencia de prensa en la que oscureció más aún la cosa, Adorni sigue en la cornisa, ya que lo que se está discutiendo hoy no es solamente su conducta, sino la capacidad del presidente de la Nación de administrar tamaña tormenta.
El fallo neoyorkino le acaba de ofrecer al Gobierno un triunfo que busca ser capitalizado no sólo como símbolo de soberanía y de reparación histórica, sino de práctica eficiente de la cosa pública, un modo de decir: “no somos improvisados”. Habrá que ver también cuánto hubo de presión de la administración Trump. Así, la encrucijada se vuelve evidente: mientras se intenta exhibir un logro estratégico hacia afuera, hacia adentro se multiplican los ruidos que erosionan la credibilidad. Entre la épica de YPF, la poca sintonía fina en la microeconomía y los desaguisados de Adorni, la narrativa oficial oscila entre la promesa de grandeza y la trampa de lo cotidiano y se sabe que tanto la política como la economía no toleran contradicciones prolongadas.










