Hizo un esfuerzo enorme. Cuando llegó, se refugió en brazos de sus familiares. Se la veía quebrada por el dolor. Luego esperó durante casi tres horas para pasar a declarar. Y finalmente, cuando ingresó a la sala, se contuvo para no mirar de frente al hombre que había matado a su hija. Pero no pudo. Durante un segundo, porque no fue más que eso, sus miradas se cruzaron. De un lado, sentado, Lucas González la escrutaba seriamente. Del otro, Mary Ahumada caminaba hacia la silla de los testigos para relatar el infierno que vive desde hace casi tres años.
Cuando los jueces le preguntaron si conocía a González, Ahumada no dudó: “jamás lo vi en mi vida”. González, entonces, resopló y levantó las cejas. El mismo había dicho que, al menos durante 20 días había estado viviendo con María Fernanda Chaila en la casa de Ahumada. La mujer dijo que se enteró de la relación entre ambos meses después de que se inició. “Cuando me dijeron que salía con este, con este, no sé como llamarle, se me vino el mundo abajo. Yo no había criado a mi hija para que cayera tan bajo”, afirmó. Durante casi media hora, Ahumada relató la pesadilla que había vivido. “Mi hija llegaba a la casa moreteada, con hematomas en la cara, en la pierna. Esta basura llamaba a toda hora para amenazarnos, yo ya sabía que era él. Yo le pedía que se alejara, y ella me decía ‘mamá, ya va a pasar todo’, pero al final lo que pasó fue lo peor”, explicó. La madre de la víctima reafirmó que conocía a la familia de la víctima (“somos todos vecinos”), pero que a González no lo había visto nunca.
“Yo veía que mi Fer se estaba consumiendo. Hicimos denuncias, ella me contaba que él le había puesto un revólver en la cabeza, que le había pegado, que la amenazaba con matarla a ella y a toda su familia. Todos le teníamos mucho miedo”, dijo, mientras el público la escuchaba respetuosamente.
Mientras respondió preguntas de los jueces, o de la fiscala Marta Jerez de Rivadeneira o del representante de la querella, Alejandro Diéguez, Ahumada los miró a los ojos. Pero cuando los que inquirieron fueron los representantes de la defensa, Horacio Guerineau o Roberto Flores, la mujer no giró la cabeza hacia ellos. Ese movimiento la habría obligado a encontrarse cara a cara con González y no parecía tener fuerzas suficientes como para sobrellevar ese momento. También recordó que, luego del trágico 29 de mayo de 2006, ella afirmó: “prefiero ver a mi hija muerta que al lado de esa basura”.
Cuando se acabaron las preguntas, Ahumada se decidió y después de pedir permiso al Tribunal, aunque sin decir qué quería hacer, miró fijamente a González y suplicó: “decime, ¿por qué la mataste?”. Se hizo un silencio y Diéguez se paró rápidamente para sacarla de la sala. Ahumada, vencida, seguía repitiendo: “¿por qué la mataste?, ¿por qué?”.











