El trend de fotos de los años 80: la nostalgia por una época que tenía menos derechos para las mujeres

El furor por los retratos ochentosos recupera una estética atractiva, pero también invita a pensar qué dejamos fuera cuando miramos el pasado.

Perfiles de los famosos que hicieron el trend de los 80.
Perfiles de los famosos que hicieron el trend de los 80.
Ale Casas Cau
Por Ale Casas Cau 10 Septiembre 2026

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Durante los últimos días, las redes se llenaron de retratos que parecen rescatados de un álbum familiar de los años 80. Peinados con volumen, hombreras, maquillaje intenso, fondos de estudio y colores algo desvaídos. La inteligencia artificial consiguió que personas que ni siquiera habían nacido en esos años pudieran contemplarse posando para una fotografía en 1986. Yo también lo hice. El resultado tiene algo familiar y extraño: somos nosotros, pero pertenecemos a otro tiempo.

La década se presta especialmente para el juego porque dejó una identidad visual inconfundible. En esas imágenes, la vida cotidiana parece más alegre, despreocupada y hasta más auténtica que la actual. No hay notificaciones ni exposición permanente. Tampoco ansiedad por producir la foto perfecta: la supuesta imperfección analógica ya viene incorporada en el filtro.

Pero ¿a qué lugar viajaría realmente una mujer si pudiera atravesar esa imagen?

En la Argentina de comienzos de los años 80 no existía el divorcio vincular ni la patria potestad compartida. La ley que equiparó los derechos y las obligaciones de madres y padres sobre sus hijos llegó en 1985; la posibilidad de divorciarse y volver a casarse, en 1987. La desigualdad no se expresaba solamente en las normas: también organizaba la vida familiar, el trabajo, la sexualidad y la participación política. Muchas mujeres dependían económicamente de sus parejas, realizaban sin reconocimiento la mayor parte de las tareas de cuidado y encontraban enormes dificultades para denunciar aquello que ocurría dentro de sus casas. La violencia conyugal todavía era tratada como un asunto privado y la violación dentro del matrimonio permanecía, en buena medida, fuera de la conversación pública.

También faltaban derechos y herramientas que hoy forman parte de nuestro lenguaje cotidiano. La ley de cupo femenino se sancionó en 1991; la primera norma nacional sobre violencia familiar, en 1994; los delitos sexuales dejaron de ser considerados ataques contra la “honestidad” para pasar a ser delitos contra la integridad sexual en 1999; y la educación sexual integral fue reconocida en 2006. Mucho después llegarían el matrimonio igualitario, la identidad de género, la incorporación del femicidio al Código Penal y la interrupción voluntaria del embarazo. Recién en 2020 las mujeres y otras personas gestantes obtuvieron el derecho a decidir sobre la continuidad de un embarazo hasta la semana 14 dentro del sistema de salud. Aquellos años podían tener una estética luminosa, pero para muchas mujeres el cuerpo, la familia, la sexualidad y el propio proyecto de vida estaban sometidos a límites que hoy resultan más visibles, aunque no hayan desaparecido por completo.

Enumerar esas ausencias no convierte automáticamente el presente en un tiempo justo. Las leyes no eliminan por sí solas las desigualdades y muchos derechos siguen siendo discutidos, obstaculizados o directamente inaccesibles. Tampoco significa que las mujeres de los 80 hayan vivido únicamente sometidas o infelices. Trabajaron, amaron, criaron, se organizaron, disputaron espacios y empujaron buena parte de las transformaciones que vendrían después.

Lo que cambia al mirar aquella década desde hoy es el sentido que le damos. Lacan sostenía que el significado no está cerrado desde el comienzo, sino que puede construirse de manera retroactiva. Con el pasado puede ocurrir algo parecido. Los años 80 no cambian, pero sí cambia la manera en que los leemos desde el presente. Aquello que hoy sentimos que nos falta -menos exposición, una vida sin notificaciones, vínculos aparentemente más simples- organiza nuestra mirada y deja en segundo plano otros aspectos de aquella época. El presente funciona como ese punto que reúne imágenes dispersas y les concede un significado: “antes vivíamos mejor”.  

La nostalgia, entonces, no necesariamente miente, pero recorta. Fuera de cuadro quedan la dependencia económica, los mandatos familiares, las oportunidades más estrechas y tantas experiencias femeninas para las que todavía no había palabras, leyes ni espacios de escucha.

El trend permite realizar una operación fascinante: quedarnos con la apariencia de aquel tiempo mientras conservamos los derechos del nuestro. Podemos usar hombreras sin necesitar la autorización de un marido para tomar ciertas decisiones, posar como en 1986 y regresar, segundos después, a una sociedad en la que las mujeres cuentan con herramientas que entonces no existían. Aunque ninguna de esas herramientas esté asegurada para siempre.

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