IA y educación: ¿cuánto falta para que nuestros hijos dejen de razonar?

Mientras que los chicos ya integraron la inteligencia artificial a su rutina cotidiana, la incapacidad de los adultos para dimensionar el cambio expone a las nuevas generaciones a un sistema educativo desfasado y a la pérdida del pensamiento crítico. Inquietantes ejemplos en Tucumán.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL EN EL AULA. Los alumnos la usan, pero en la escuela aún no se sabe qué hacer con ella.
INTELIGENCIA ARTIFICIAL EN EL AULA. Los alumnos la usan, pero en la escuela aún no se sabe qué hacer con ella. ARCHIVO
José Názaro
Por José Názaro 11 Septiembre 2026

Escuchar nota

Tu navegador no soporta HTML5 audio

Si hacemos una clasificación muy general sobre los adultos según su vínculo con la inteligencia artificial nos podemos encontrar con tres grandes grupos: a) los que aseguran a quien quiera escucharlos que recurren a la IApara todo y que señalan con dedo amonestador a quienes no lo hacen -aunque en realidad parecen estar diciendo “tengo miedo; todavía no estoy obsoleto, no prescindan de mí”-; b) aquellos que realmente saben usarla, pero que no necesitan contárselo a nadie, sino que lo demuestran con hechos, y c) los que no la entienden porque no les interesa o porque se sienten abrumados frente a una era de cambios permanentes. En el caso de los chicos y de los adolescentes, la realidad es la opuesta: la mayoría ya la internalizó y la aplica en las cuestiones más cotidianas. No hay poses ni apariencias: la tecnología parece estar en sus ADN. El problema es que esa brecha generacional y la incapacidad de buena parte de los adultos (especialmente de muchos tomadores de decisiones) por dimensionar las transformaciones que está generando -y, sobre todo, la velocidad con la que lo está haciendo- expone a nuestros hijos a un futuro inquietante. Veamos por qué.

Existe un debate muy interesante que todavía está en desarrollo: ¿cuánto falta para que los chicos dejen de razonar? Acá el principal interpelado es el sistema educativo, que baja contenidos cerrados a las aulas con los que es muy difícil dialogar. Porque son planificados y diseñados por burócratas consumados que parecen estar empeñados en anular la diversidad y la creatividad de los chicos para obtener una masa homogénea de pequeños memorizadores seriales. La cuestión es que hoy la inteligencia artificial resuelve las tareas que hasta hace dos o tres años implicaban tiempo y esfuerzo intelectual. Ojo: no buscamos justificar a quienes le piden a la IA que les haga la monografía o el trabajo práctico que les encargó la profesora, pero tampoco culparlos: siempre hubo atajos (los incunables machetes no han perdido vigencia), pero la tecnología hoy está disponible y, en muchos casos, hace las cosas mejor que nosotros mismos. El problema es otro: en numerosos aspectos, la escuela parece ir a contramano del mundo que nos atraviesa. Por ejemplo: hay establecimientos privados y públicos de Tucumán en los que todavía se ocupan las horas de la asignatura “Tecnología” en dictar los rudimentos de Word y de Excel ¡En tiempos de Chat GPT! Suena inverosímil, pero es real.

De las pruebas PISA a la curiosidad

Nos enfrentamos al desafío de revisar profundamente qué les enseñamos a los chicos y, sobre todo, cómo lo hacemos (principalmente después de los calamitosos resultados de las pruebas PISA, pero ese es tema para otra columna). ¿Es necesario seguir exigiendoles a los alumnos que memoricen datos históricos o que repitan sin errores las tablas de multiplicar? Posiblemente, sí. Pero asumamos que la IA ya está entre nosotros, que se encuentra al alcance del teléfono y que ha llegado para transformar mucho de lo que conocemos con una velocidad pasmosa. Entonces, además de lograr que hagan cálculos mentales con agilidad o que enumeren sin errores los nombres de todos los presidentes argentinos del siglo XX, deberíamos ayudarlos a desarrollar habilidades exclusivamente humanas que -todavía- las máquinas no pueden replicar: 1) elaborar criterios para detectar sesgos o datos erróneos en la información -principalmente en la que les brinda la IA-, 2) generar pensamientos críticos, 3) estimular la curiosidad y 4) alimentar la capacidad intelectual para no volverse completamente dependientes de la tecnología.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL ¿SI O NO?. Parece haber llegado la hora en la que las autoridades educativas tendrán que repensar el uso de la IA en el aula. INTELIGENCIA ARTIFICIAL ¿SI O NO?. Parece haber llegado la hora en la que las autoridades educativas tendrán que repensar el uso de la IA en el aula. ARCHIVO

Lo planteó con mucha claridad la semana pasada Maria Eugenia Polack, docente y periodista del diario La Nación: la pérdida del pensamiento crítico es un proceso que arrastramos desde hace años y que costará muchísimo recuperar. Los ejemplos sobran: nos sorprendemos porque los chicos no razonan, pero los adultos somos los primeros en consumir noticias falsas sin dudar ni un ápice en lo que escuchamos o leemos, en no chequear los datos que nos brinda el Chat GPT y en no desconfiar de lo que vemos en las redes sociales.

Más allá de los argumentos de los eufóricos promotores de la IA o de los de sus críticos más acérrimos -continúa Polack- es necesario trazar caminos para que los docentes y los alumnos encuentren en la herramienta oportunidades para potenciar el aprendizaje. Por ejemplo: en vez dedicar las horas de la asignatura “Tecnología” para conocer los rudimentos de Word o de Power Point (para lo cual alcanza con un tutorial básico de YouTube), se las podría aprovechar para aprender a promptear, es decir, a preguntarle correctamente a la IA. Por algún lado hay que empezar.

Comentarios