Los demonios ocultos del progreso

Miguel A. Cabrera - Laboratorio de Telecomunicaciones Facet-UNT

Un dispositivo que consume menos energía puede ser una excelente noticia, pero si terminamos fabricando diez veces más dispositivos, el resultado global puede ser muy diferente.
Un dispositivo que consume menos energía puede ser una excelente noticia, pero si terminamos fabricando diez veces más dispositivos, el resultado global puede ser muy diferente.
15 Septiembre 2026

Como un moderno Prometeo cada nuevo dispositivo tecnológico parece traer consigo una solución para alguno de los grandes problemas de nuestro tiempo: mejor calidad de vida, menor consumo de energía, menos emisiones, mayor eficiencia, movilidad limpia y ciudades inteligentes. La palabra sustentable se ha convertido, quizás, en uno de los términos más utilizados, y políticamente correctos del lenguaje contemporáneo. Automóviles eléctricos, lámparas LED, paneles solares, teléfonos inteligentes y una creciente cantidad de sistemas electrónicos se presentan como parte de un futuro inevitablemente mejor. Pero detrás de esa imagen de modernidad y cuidado ambiental aparece una pregunta incómoda: ¿estamos realmente reduciendo nuestro impacto sobre el planeta o simplemente estamos aprendiendo a ocultarlo mejor?

No se trata de rechazar el desarrollo tecnológico. Sería absurdo pretender detenerlo. La tecnología ha mejorado la vida de millones de personas y continuará transformando nuestra sociedad. El problema aparece cuando confundimos automáticamente innovación con progreso ambiental. Una tecnología puede ser más eficiente y, al mismo tiempo, formar parte de un sistema de consumo cada vez menos sostenible.

No mirar sólo el consumo

Existe una tendencia a evaluar un producto únicamente por la energía que consume durante su funcionamiento. Una lámpara LED, por ejemplo, consume considerablemente menos electricidad que una incandescente y ofrece, en teoría, una vida útil mayor. Desde el punto de vista energético representa un avance indiscutible. Pero esta no es solamente una fuente de luz: es también un pequeño sistema electrónico que contiene semiconductores, circuitos y materiales, cuya fabricación requiere materias primas, procesos industriales y energía. Por eso, para evaluar su impacto ambiental es necesario analizar todo su ciclo de vida: desde la extracción de materias primas hasta el tratamiento final de sus residuos, pasando por la fabricación, el transporte y la utilización. La magnitud del problema comienza a percibirse al observar los residuos tecnológicos. Según el Global E-waste Monitor 2024, en 2022 el mundo generó 62 millones de toneladas de residuos electrónicos, de los cuales apenas el 22,3 % fue documentado como formalmente recolectado y reciclado. Si las tendencias actuales continúan, la cifra podría alcanzar los 82 millones de toneladas en 2030. Mientras la tecnología promete hacernos más eficientes, los residuos electrónicos crecen mucho más rápido que nuestra capacidad para recuperarlos.

El costo oculto

La electromovilidad y las energías renovables son los grandes símbolos de la nueva estética ambiental: el automóvil eléctrico no emite gases de efecto invernadero durante su circulación y su motor puede superar el 90 % de eficiencia, mientras que un panel solar reduce nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Pero ninguno de los dos comienza ni termina en su funcionamiento.

Su impacto real depende de todo el sistema: Nos deberíamos preguntar de dónde proviene la electricidad que consumen, qué recursos, litio, cobre, níquel, cobalto y grafito, entre otros; fueron necesarios para fabricar el vehículo, la batería o el panel, y qué ocurre con ellos al final de su vida útil, cuando se convierten en residuos tecnológicos.

La pregunta de fondo no es si debemos usar autos eléctricos o energía solar, sino si podemos resolver un problema ambiental manteniendo intacto un modelo basado en el crecimiento ilimitado del consumo. Según la Agencia Internacional de la Energía (Global Critical Minerals Outlook 2024), la demanda de estos minerales para tecnologías de energía limpia podría duplicarse hacia 2030: la transición energética no elimina nuestra dependencia de los recursos naturales, sino que la transforma.

Por eso la sustentabilidad de un sistema de transporte o de generación de energía no depende de la eficiencia de una sola de sus partes, sino de cómo se produce la electricidad, cómo se fabrican sus componentes y cómo se gestionan al final de su vida útil.

La sociedad del reemplazo

Existe una paradoja que merece ser observada con atención: a medida que la tecnología se vuelve más sofisticada, también se vuelve más accesible y más extendida. Un dispositivo que consume menos energía puede ser una excelente noticia, pero si terminamos fabricando diez veces más dispositivos, el resultado global puede ser muy diferente. Esta paradoja tiene una raíz cultural, no sólo tecnológica; vivimos en la era del reemplazo permanente, donde teléfonos, computadoras y electrodomésticos son sustituidos con frecuencia creciente, muchas veces porque resultan más caros de reparar que de reemplazar, o porque dejaron de recibir actualizaciones, aunque sigan siendo funcionales.

Así, la vida útil de un objeto termina decidiéndola el mercado, a través de la obsolescencia programada, tecnológica y comercial, y no su desgaste real. Hemos aprendido a fabricar objetos cada vez más eficientes; todavía no hemos aprendido a construir una sociedad que necesite consumir menos. Esa rueda permanente de producción y reemplazo multiplica los residuos, muchos de ellos hechos de materiales que exigieron complejos procesos de extracción, fabricación y transporte, y convierte a la tecnología, cada vez más, en un producto de consumo acelerado antes que en una herramienta duradera.

Los demonios ocultos

El mundo se ha vuelto, al menos estéticamente, más conservacionista. Las empresas hablan de sustentabilidad, los productos utilizan etiquetas verdes, los automóviles se promocionan como limpios y los dispositivos prometen consumir menos energía. Así, una estética ambiental no garantiza necesariamente una conducta en tal sentido. El verdadero desafío consiste en mirar detrás de la fachada. Detrás de cada teléfono, automóvil, panel solar y objeto tecnológico existe una compleja cadena de extracción, producción, energía y transporte. Y, tarde o temprano, también existe un residuo.

Tal vez los demonios no estén en la tecnología misma, sino en nuestra incapacidad para preguntarnos qué hacemos con ella. El futuro no debería consistir simplemente en fabricar más objetos que consuman menos. Quizás debamos pensar en objetos que puedan repararse, reutilizarse y reciclarse. La verdadera sustentabilidad quizás no sea tener un mundo lleno de productos verdes, sino aprender a producir menos residuos, a consumir con mayor responsabilidad y a prolongar la vida útil de las cosas.

Porque ningún avance tecnológico nos libera de las consecuencias de nuestra manera de vivir. El desarrollo vertiginoso de la tecnología puede ser una herramienta extraordinaria. Pero cuando dejamos de preguntarnos por sus consecuencias, también puede convertirse en una forma elegante y sofisticada de seguir destruyendo aquello que declamamos proteger.

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