El "Club del Progreso"

El Club del Progreso funcionaba en la casa de dos plantas de Manuel Paz, que muestra esta foto de 1894. Posteriormente, esa vivienda se demolió para edificar la de Luis F. Nougués, hoy Turismo.

24 DE SETIEMBRE AL 400.
24 DE SETIEMBRE AL 400.
22 Mayo 2002
Por Carlos Páez de la Torre (h)

En 1883, se fundó en Tucumán el Club del Progreso. Informa Vicente C. Gallo en sus "Recuerdos de Juventud", que en 1887 esa entidad funcionaba en la calle 24 de Setiembre frente a plaza Independencia, en la casa de don Manuel Paz (que luego fue demolida para edificar la residencia del ingeniero Luis F. Nougués, hoy Secretaría de Turismo).
El Club del Progreso era frecuentado por los "federales". Allí se reunían, expresa la misma evocación, en los finales de la década del ochocientos ochenta, "a tomar el café por la mañana, y a entretenerse por la tarde jugando al dominó o al chaquete, por el vermouth, la copita de ginebra o el cocktail, de reciente introducción". Entretanto, los "liberales" preferían la tertulia del Club Social, que existía desde 1875.
Con el paso de los años se inició la lenta pero irreversible decadencia del Club del Progreso. A mediados de noviembre de 1899, los socios se reunieron en asamblea y se impuso, por mayoría, el criterio de liquidarlo. El diario "El Orden" lamentó que así terminara una institución que tanto tiempo reunió "a distinguidísimos elementos sociales" y que fue un "importante centro de sociabilidad y de cultura".
Luego de algunos días de incertidumbre, se publicó un aviso del martillero Emidio Rodríguez. Informaba que, "por orden de la comisión liquidadora", remataría, el 13 de diciembre de 1899, "sin base y al mejor postor", el mobiliario "y demás útiles y enseres" del Club del Progreso.
Ese día, con el seudónimo de Lupercio, uno de los ex socios publicó en "El Orden" un artículo de evocación y despedida. "Ya ese saloncito de la calle no contendrá el ?petit comité? que a diario se reunía, como en familia, para tratar los asuntos de crónica menuda y discutir el estado de los cañaverales, ?alma mater? de nuestras conversaciones obligadas", lamentaba. No habría más viejos ni jóvenes "repantigados muellemente en los cómodos y amplios sillones de marroquí".
Decía adiós a esos asientos donde tantas veces se departía "en íntima ?causerie? o dulce expansión con la interesante amiga", y a la mesita de mármol "en que sorbo a sorbo paladeábamos aquel famoso Oporto del Duque". El piano había sonado "por última vez, con un vals arrobador, al impulso de la nerviosa mano de Vasconcelos", y sus notas fueron "como la despedida de una vida que se va y de un recuerdo que se muere".
En su opinión, el Club del Progreso caía "víctima del mal del siglo: el olvido, la negación de lo que se ha querido, de lo que se ha respetado".

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