A 60 años de un disco clave: la trampa de Spotify y el reflejo de una Argentina que ya no existe
Las plataformas imponen canciones cortas, repetitivas y dominadas por el algoritmo, según el análisis de Santiago Bilinkis. El recuerdo de Los Chalchaleros invita a pensar cómo la música refleja los cambios sociales y la pérdida de la clase media en Argentina
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Hace algunos días, el divulgador y tecnólogo Santiago Bilinkis publicó un video muy interesante. Hace referencia, entre otras cosas, a una canción que fue lanzada en 2017 y que se llama “Gucci Gang”. Dura apenas dos minutos y en ella el cantante Lil Pump repite la frase “Gucci Gang” 53 veces. A pesar de que pueda parecer ridícula o de una simpleza pasmosa, alcanzó el puesto número tres en Billboard (la publicación global más importante de la industria musical) y superó los 1.000 millones de vistas en YouTube.
Si antes la música funcionaba como un espacio de reflexión o de protesta, entre otras cosas, hoy parece -en palabras de Bilinkis- un muestrario de aduana en el que las referencias a marcas de lujo (en este caso, Gucci), la ostentación y una sencillez lírica en algunos casos desopilante se han vuelto la clave del éxito, al menos entre las canciones más reproducidas en las plataformas de streaming. Es cierto que existen excepciones, pero “Gucci Gang” reitera (valga la redundancia) una serie de patrones que vamos a analizar más adelante. Ellos nos darán el pie para reflexionar sobre algo que ocurrió hace exactamente 60 años en la Argentina y que, aunque no seamos totalmente conscientes de ello, atraviesa a muchos de nosotros.
En la actualidad, la música está regida por las plataformas de streaming, que son las que establecen las reglas de la reproducción. Antes del nacimiento de Spotify, el sistema operaba de otras maneras: los artistas solían grabar de un modo muy casero algunas canciones y buscaban la forma de que esos registros llegaran a manos de productores musicales. Al mismo tiempo hacían lo imposible por aparecer en la radio, en la televisión o en festivales con la esperanza de que algún cazatalentos los descubriese y los hiciera firmar el tan ansiado contrato con una discográfica. No sólo había que demostrar talento (más allá del estilo al que se dedicase) sino, además, contar con mucha suerte. La irrupción de YouTube, Spotify y Apple Music cambió el panorama.
El monopolio de los sonidos
En el video, Bilinkis explica que el hecho de que una canción se convierta en un "hit" o que quede en el olvido depende de varios factores. Uno de ellos es que sea descubierta por los oyentes antes que otros temas. Esas primeras reproducciones en las plataformas digitales generan un efecto cascada: las personas imitan las elecciones de los que los precedieron en la escucha. A nivel planetario, esto se traduce en una concentración extrema: el 1% de los artistas más populares se queda con el 90% de las reproducciones de todo el mundo. Pero atención, para que esto ocurra, es necesario entender el algoritmo de la plataforma. Y, si se cumplen determinadas condiciones, hay más probabilidades de éxito. Veamos por qué.
Para que las plataformas de streaming registren una reproducción y paguen regalías al artista, el oyente debe escuchar al menos 30 segundos de la canción. Como consecuencia, los músicos y los productores eliminan las introducciones instrumentales largas e introducen el estribillo y el gancho en el arranque para evitar que el usuario salte el tema. De este modo, las canciones se han acortado drásticamente, porque los temas breves permiten acumular más reproducciones y generar mayores ingresos (triste destino le esperaría hoy, por ejemplo, a temas como “Estranged”, de Guns n’ Roses, que dura casi 10 minutos). Además, las letras se han vuelto más elementales y repetitivas, porque las estructuras sencillas captan más fácilmente la atención en un entorno saturado.
Como si todo lo anterior fuera poco, se está produciendo, en palabras de Bilinkis, una homogeneización del gusto musical: aunque el 75% de las personas cree que sus listas de reproducción reflejan exactamente sus gustos individuales, la realidad es que el algoritmo decide lo que escuchamos a través de playlists automáticas y de sugerencias.
El abrazo generacional
Para entender el presente siempre es útil mirar el pasado. Y quizás esta sea una buena oportunidad, porque hace 60 años, cuando todo lo anterior ni siquiera era imaginado, ocurrió un hecho clave: Los Chalchaleros lanzaron el disco “En esta zamba ausente”. El registro, en sí mismo, no representa nada especial: no fue el primero ni el último de un conjunto que duró 54 años, nada menos. Simplemente, este aniversario redondo nos brinda la posibilidad de poner en perspectiva lo que venimos analizando con Bilinkis. Pero ojo: la intención no es decir que lo de antes era mejor que lo actual o viceversa. Al contrario. Sólo buscamos comprender dónde estamos parados.
Además de contener algunos de sus temas más representativos (“La guitarra perdida”, “La guachipeña”, “Argentina que canta” y “Coplas a la luna”, de los tucumanos José Moreno y “Chivo” Valladares, por ejemplo) este registro funcionó como un puente entre las primeras etapas de los “Chalcha” y la consolidación de aquel estilo que se volvió tan familiar para los que tenemos más de 40 años. Vamos por partes.
En 1966, el grupo estaba integrado por el inoxidable Juan Carlos Saravia (su fundador), por Ernesto Cabeza (la mente musical del cuarteto), por “Polo” Román (que se había sumado poco antes en reemplazo del histórico “Cocho” Zambrano) y por Ricardo “Dicky” Dávalos. “En esta zamba ausente” fue el último registro de Dávalos como integrante del conjunto. Con la partida de este salteño, pariente lejano de Saravia y dueño de una voz de bagualero inconfundible, se cerraba un ciclo de casi 20 años de mucho éxito. Tras su partida, nunca volvieron a sonar igual.
En sus orígenes, Los Chalchaleros se habían caracterizado por interpretar un folclore muy tradicional en el que los cuatro integrantes cantaban al unísono, es decir, no se distinguían voces principales y secundarias, salvo en contadas excepciones. Pero en los años previos a la salida de Dávalos, aquello había comenzado a cambiar. El grupo venía ganando musicalidad con los arreglos de Cabeza, con los silencios y con la voz singular de Saravia. Todo ese proceso se aceleró y se consolidó con la llegada de Francisco “Pancho” Figueroa, quien ingresó en el lugar de “Dicky”. Este nuevo período los instaló como el conjunto folclórico definitivo (con una gran proyección internacional) y duró hasta la muerte de Cabeza, en 1980. Luego llegó Facundo Saravia, hijo de Juan Carlos, quien permaneció en el grupo hasta su disolución, en 2002.
No hay casualidades
Es innegable que la influencia de Los Chalchaleros ha atravesado a muchas generaciones de argentinos (les haya gustado el folclore o no). Lo escuchaban nuestros abuelos y nuestros padres. Varios músicos referentes de otros estilos (desde el colombiano Juanes hasta los ex integrantes de la banda de heavy metal A.N.I.M.A.L, por citar dos ejemplos) contaron alguna vez que aprendieron a tocar la guitarra rasgueando zambas y chacareras que interpretaban los “Chalcha”. Además, influyeron en el estilo de innumerables conjuntos folclóricos a lo largo de todo el país. Y lo siguen haciendo: hoy, en Tucumán, hay adolescentes y jóvenes que reproducen en las peñas el estilo chalchalero, que es inconfundible. Pero más allá de eso, da la sensación de que estos artistas han penetrado de un modo tan profundo en los hogares argentinos por una característica particular: fueron cabales representantes de una argentinidad que se ha diluído. Sobrios, educados, sin estridencias, austeros, simpáticos y ajenos a cualquier escándalo, compartían muchos de los valores de la enorme clase media que hizo de este país un fenómeno único en la región. Esa misma clase media que se achicó de manera dramática tras la crisis del 2001, cuando la pobreza estructural adquirió un protagonismo inédito hasta entonces en nuestra pirámide social. Casi al mismo tiempo en que ellos se retiraban de los escenarios. Visto en perspectiva, no parece casualidad.







