Resumen para apurados
- El tecnólogo Santiago Bilinkis reabrió en Argentina el debate sobre el impacto negativo del uso excesivo de pantallas en el aprendizaje y la concentración de los jóvenes.
- Este debate surge ante la creciente preocupación social por la pérdida de concentración y paciencia en las nuevas generaciones, expuestas a un entorno digital inmediato.
- Expertos advierten que regular el uso de dispositivos en la educación será clave para preservar el desarrollo cognitivo y redefinir las estrategias de enseñanza del futuro.
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“Somos conejillos de Indias, del experimento psicológico más grande de la historia. Nadie nos preguntó si queríamos ser parte, nadie se preocupó por los posibles daños y las reglas las estamos descubriendo sobre la marcha”.
La frase pertenece al tecnólogo y divulgador Santiago Bilinkis y forma parte de “Salva a tus hijos (estás a tiempo)”, un video que volvió a poner sobre la mesa una preocupación creciente: el impacto de las pantallas en la salud mental, la atención y el desarrollo de las nuevas generaciones.
Bilinkis menciona cifras que llaman la atención: “uno de cada cinco adolescentes en el mundo se autolesionó alguna vez”; “uno de cada tres chicos fue víctima de bullying en las redes” y “uno de cada cuatro recibió alguna forma de solicitud sexual online antes de los 18 años”. También advierte sobre otro fenómeno inquietante: se registra “la primera caída del coeficiente intelectual en toda la historia, en todos los países al mismo tiempo”.
Para Tomás Balmaceda, doctor en Filosofía, profesor de la Universidad de San Andrés y coautor junto a Silvia Bacher del libro “Saber o no Saber” (Paidós, 2026), el fenómeno excede la mera distracción. “Las tecnologías digitales están modificando nuestra manera de pensar y a su vez están transformando nuestros hábitos de atención, pero creo que el cambio más profundo es cognitivo. No estamos solamente frente a nuevas distracciones o hábitos de consumo: estamos viviendo una reorganización de las condiciones mismas bajo las cuales pensamos”, sostiene.
El diagnóstico encuentra puntos de contacto con lo que observa Esteban Mulki, docente universitario en la UNT y consultor en gestión de tecnología y diseño. “El impacto es grande y tiene que ver con la dificultad que tenemos para sostener la atención en cosas que requieren un mayor esfuerzo o un tiempo prolongado. Y eso lo vemos no solo en los más chicos, sino también en los adultos”, afirma.
Estímulos y pausas
Ambos especialistas coinciden en que el problema no es la tecnología en sí misma, sino el modo en que está diseñada para captar y retener la atención.
“Hoy externalizamos funciones cognitivas fundamentales. La memoria se delega en buscadores y plataformas; la argumentación se reemplaza muchas veces por consignas emocionales, respuestas rápidas o frases listas para compartir; y la concentración se fragmenta por la lógica de la multitarea permanente”, sostiene Balmaceda.
Mulki lo observa diariamente en las aulas universitarias. “Muchos planteamos esta situación como que es un problema de los más chicos cuando en realidad es un problema de todos”, señala. Y agrega: “La capacidad de concentración está destrozada. TikTok es el gran padre, y después Instagram para la gente que no usa TikTok. Todo es video de 15 segundos, todo es video acotado, breve, resumido. Después se hace muy difícil reconstruir esas capacidades”.
El valor de la atención
Para Balmaceda, el riesgo aparece cuando la velocidad se convierte en la regla dominante. “Pensar requiere tiempo, pausa y cierta tolerancia a la complejidad. Y las plataformas están diseñadas, justamente, para reducir esos tiempos de espera y mantenernos en circulación constante”, explica.
En la misma línea, Mulki advierte sobre la creciente dificultad para sostener actividades que demandan esfuerzo intelectual. “Hay dificultad de sentarte a estudiar, de dedicarte a leer un texto que no es fácil de digerir, que tenés que parar y volver a leer para terminar de entender. Todo lo queremos masticado”, afirma.
Aunque no existe consenso absoluto sobre si las pantallas están reduciendo la inteligencia, ambos coinciden en que las condiciones en las que niños y adolescentes aprenden, se informan y construyen conocimiento cambiaron radicalmente. El desafío, sostienen, pasa por preservar capacidades como la concentración, la lectura profunda, la reflexión y el pensamiento crítico en un entorno diseñado para que nada permanezca quieto demasiado tiempo.







