En Colalao del Valle, la mayoría de los proyectos vitivinícolas nacen de una tradición familiar. El de Cáscara Negra, en cambio, tuvo un origen distinto: comenzó como un vino para compartir entre amigos, pero fue el amor de un capataz lo que le dio nombre y alma. "Estaban cosechando la fruta y uno de los capataces dice casi llorando: 'Hay que sacar la uva porque ya queda la cáscara negra nomás'", relata a LA GACETA Matías Sánchez, gerente comercial del proyecto. Esa frase, dicha con la emoción de quien ve cómo las abejas se llevan el fruto, terminó bautizando a una bodega que hoy produce 12.000 botellas. Así, lo que comenzó como un hobby entre amigos se transformó en un proyecto concreto que ya busca su lugar en el mapa de los Valles Calchaquíes.
El origen de Cáscara Negra tiene la impronta de Nicolás del Blanco, un oftalmólogo tucumano que se considera apasionado de Colalao, a tal punto de elegirlo como su lugar en el mundo. Al principio, la idea era compartir con algunos amigos unas 2.000 botellas que nacían de la uva que trajo desde Mendoza y que cultivó con mucha paciencia en tres hectáreas de su finca. Sin embargo, la gente empezó a decirle que tenía un producto excelente. Y así, lo que era un hobby se transformó en un proyecto comercial: bodega Del Blanco.
Cáscara Negra es un Malbec 100%, joven y ligero. "No tiene paso por barrica", explica Emilio Benites, gerente operativo y responsable técnico de la bodega que tiene menos de un año de vida. "Procuramos que el vino se añeje en botella por lo menos seis meses para que logre su punto óptimo de madurez sin tener paso por madera".
Para lograr el perfil deseado, cuidaron cada detalle del proceso. El macerado se controló minuciosamente para evitar que las semillas explotaran y transmitieran amargor; el alcohol se mantuvo en 13,6°, una graduación pensada para no cansar al paladar; y el filtrado se hizo de la manera más natural posible, conservando los colores y una opacidad propia. El resultado es un Malbec joven y ligero, sin paso por barrica, que busca ser el compañero ideal de la mesa. "Queríamos un producto para compartir y brindar con amigos. No buscamos un vino Parker", resume Benites, desmarcándose de la carrera por las altas calificaciones en la prestigiosa guía Robert Parker Wine Advocate que suelen perseguir las grandes bodegas y reafirmando su apuesta por un estilo más accesible y genuino.
La expresión de este varietal, según sus creadores, está "totalmente alejada de ser una patada al paladar", como suelen ser algunos de los vinos que se hacen en los Valles Calchaquíes. Es suave, invita a seguir tomando y, aseguran, en una mesa de cuatro personas pueden compartirse tres botellas sin saturar. Además, el filtrado se hizo de la manera más natural posible, conservando sus colores y una opacidad propia que lo identifica.
"Cáscara Negra es la síntesis viva de la perseverancia, la dedicación y el amor puesto en mi tierra. Nacida en el corazón del Valle, su piel firme y oscura resguarda sueños ceñidos por el viento y teñidos por el sol". La frase, escrita por el propio Nicolás de Blanco en la contraetiqueta, acompaña a este 100% Malbec que ya se comercializa en San Miguel de Tucumán, Tafí Viejo, Yerba Buena y Tafí del Valle.
El futuro de la bodega
Las tres hectáreas de viñedos, ubicadas a metros de la plaza de Colalao, ya albergan Malbec, Cabernet Franc, Tannat, Torrontés y el mencionado Sauvignon Blanc. "No buscamos una gran producción, sino excelente calidad", aclara Benites. Y adelanta que la próxima cosecha tendrá un 85% de Malbec con cortes de Cabernet Sauvignon y Tannat, una combinación que aportará mayor cuerpo y complejidad sin perder la esencia ligera que distingue al vino. El objetivo, dice, es seguir explorando sin traicionar el perfil que ya los identifica.
El proyecto no se detiene en Cáscara Negra. A futuro, planean abrir un restaurante sobre la ruta para que los visitantes puedan vivir "toda la experiencia Cáscara Negra". Por ahora, la bodega se está instalando en el mismo predio donde crecen los viñedos. Sánchez detalla que el tinglado que albergará la parte tecnológica ya está construido; solo falta equiparlo. El sueño, en definitiva, va tomando forma: un lugar donde el vino, la gastronomía y el paisaje se encuentren. "La idea es que la gente no pase de largo. Queremos que se quede y disfrute de las bondades de Colalao del Valle", señalan.
Del Blanco no empezó con un plan de negocios, sino con un vino para amigos y la certeza de que Colalao era su lugar, algo que muestra en su etiqueta como pocos vinos de la provincia. Un capataz le dio el nombre y la gente le dijo que el producto era bueno. Así, casi sin querer, nació una bodega. No fue mucho más que eso, pero suficiente para tener un inicio prometedor. Porque el vino que producen no está pensado para acumular puntajes ni competir en rankings, sino para ocupar un lugar en la mesa. Y en esa decisión, quizás, reside su principal diferencia: hacer de la botella una invitación.










