Un Tesla en el Congreso

La polémica del “dipuTesla” expuso mucho más que una excentricidad libertaria. Detrás del Cybertruck aparecen los contrastes de una Argentina que combina inversiones multimillonarias, promesas de prosperidad y tensiones institucionales. Entre los ecos de los 90, la revolución tecnológica y la batalla cultural, el presente se acelera.

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Daniel Dessein
Por Daniel Dessein 17 Mayo 2026

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El miércoles pasado, el diputado jujeño de La Libertad Avanza Manuel Quintar hizo algo que sus colegas suelen hacer diariamente. Dejó estacionado su auto en el estacionamiento del Congreso de la Nación. Era la crónica de un escándalo anunciado, aunque él lo advirtió demasiado tarde. Su Tesla Cybertruck es un vehículo futurista del cual hay solo cuatro ejemplares en nuestro país y, por lo tanto, garantiza que resulte imposible pasar desapercibido. A esto se agregó una inevitable discusión en torno a su costo – más de U$S200.000 incluyendo traslado e impuestos locales-, un debate poco recomendable en medio de la saga de las peripecias contables del jefe de Gabinete.

“A mi nombre, con la mía”, posteó el legislador en sus redes, desatando una polémica que concentró un porcentaje significativo de la atención pública en los últimos días. Muchos recordaron las excentricidades de Ricardo Fort y lo leyeron como una provocación para dar una puntada sensible dentro de la batalla cultural libertaria. Un intento de impugnación al histórico recato de las clases altas tradicionales. Otros, como una maniobra de distracción. No pocos, fuera y dentro del Gobierno, como un nuevo tiro en el pie.

El Presidente Milei salió a respaldarlo señalando que podía hacer con su dinero lo que le diera la gana. Comentó, incluso, que le había pedido uno de esos autos a Elon Musk, su fabricante, quien no habría entendido bien la indirecta de su amigo sudamericano.

Los “felices 90”

Hay en el ambiente del presente cierto deja vu noventista. La estabilidad y el crecimiento económicos sustentados en la convertibilidad marcaron la década del 90. También crecían la desocupación y la corrupción. Pero en la balanza electoral lo segundo pesó menos que lo primero y se abrieron ampliamente las puertas de la reelección. Con la macro ordenada, tres años consecutivos de crecimiento, inflación a la baja y reducción de errores no forzados, Milei reelige, coinciden muchos analistas.

En los comportamientos sociales hubo cambios significativos en el transcurso de los 90. Enrique Valiente Noailles radiografió la época con agudeza en su libro La metamorfosis argentina. Pasamos de la hipocresía al cinismo, reflexionaba. Frases como “solo hay que dejar de robar por dos años” ilustraban ese diagnóstico. Fue la década de los “barrios nuevos”, de la pizza con champagne como marca de un consumo ostentoso y desinhibido.

Hay algo de eso entre algunos de los beneficiarios del actual modelo. El respeto irrestricto del proyecto de vida de los que la quieren gastar toda. ¿Cuál es el problema?, repite Milei. También hay contrastes estéticos. El auto simbólico de los años de la convertibilidad era el convertible, un vehículo abierto a los rayos del sol con curvas aerodinámicas para evitar la fricción. El Tesla de la era Trump tiene una carrocería blindada, con una geometría disruptiva, amenazante y protectora de los peligros de tiempos agresivos y escenarios distópicos.

Los locos años 20

El diputado jujeño tuvo que remolcar su auto hasta su Jujuy natal, la provincia pobre que sostiene una esperanza de transformación en sus minas de litio, el insumo principal de las baterías del Tesla que no soporta un viaje entre el Congreso y la Puna por la ausencia de estaciones de recarga. La peregrinación del Tesla hacia el Norte se inició el mismo día en que el ministro de Economía concedía los beneficios del RIGI a Ganfeng Lithium, la empresa china que quiere invertir U$S1.240 millones en su mina en Jujuy.

El país que todavía no está preparado para los productos del hombre con sueños marcianos se está reconfigurando aceleradamente. Pero lo hace con velocidades y territorialidades diversas y en muchos casos en direcciones inversas. La riqueza subterránea, y hasta hace poco ignorada e inexplorada, se complementa con la histórica fertilidad pampeana, anunciando un futuro en el que las exportaciones y el acceso a divisas pueden multiplicarse, si el país sostiene su proceso de atracción de inversiones, atadas en gran medida a la confianza en el respeto de los contratos y la preservación de ciertas reglas.

El comercio y la construcción atraviesan el frío de una economía de ingresos apretados, que muchas veces no alcanzan para cubrir gastos habituales. A eso se suma un sector industrial golpeado por el atraso cambiario, la apertura importadora y problemas estructurales de competitividad, antes compensados por medidas proteccionistas.

Muchos comparten, alrededor del mundo, una sensación de remake de los locos años 20 del siglo pasado. Un clima de posguerra, después de la pandemia, en el que se busca recuperar el tiempo perdido de la mano de la incorporación de innovaciones, el cuestionamiento de viejas costumbres y normas –“formas”- y un consumo desigual y en ciertos sectores postergado y desenfrenado, como si intuyeran una posible interrupción abrupta de la prosperidad o la incubación de una crisis.

El misterioso señor Thiel

Un ex socio de Elon Musk está muy interesado en la Argentina. Peter Thiel es cofundador de Paypal, el primer gran inversor de Facebook, amigo de Donald Trump y propietario de Palantir, corporación que trabaja estrechamente con el gobierno norteamericano en el procesamiento de grandes volúmenes de datos para vigilancia masiva y análisis predictivos. Se instaló en Buenos Aires el mes pasado –se compró una casa valuada en varios millones de dólares- y tuvo reuniones con funcionarios destacados. Viejas declaraciones suyas hicieron ruido. “Ya no creo que libertad y democracia sean compatibles”, dijo hace tiempo.

Mientras en Brasil, en estos días, avanza un proceso administrativo por posición dominante contra empresas tecnológicas, la Argentina se configura como un escenario fértil para el avance irrestricto de los proyectos de IA. “Queremos ser uno de los cuatro mayores polos de IA en el mundo”, dijo Demian Reidel, hasta hace poco jefe del “Plan Nuclear Argentino”, ahora envuelto en un escándalo por gastos turísticos de sus ex subordinados. En el último Foro de Davos el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, resaltó que su principal objetivo es que no exista una regulación de la IA en la Argentina. Luego el CEO de Open AI anunció inversiones futuras por U$S25.000 millones en nuestro país, concebido como un naciente tecno-paraíso. También desde Davos, el macrohistoriador Yuval Harari advirtió que la regulación de la IA es el principal desafío que tienen los países en estos tiempos.

Oportunidades y riesgos combinados y a gran escala.

De óperas y operetas

El Presidente siente que la prensa agiganta lo accesorio y pierde de vista lo esencial. Su mirada matemática, concentrada más en la claridad de los números que en la complejidad de ciertos fenómenos, lo lleva a postular conspiraciones.

Las “cascadas” y los Tesla, en efecto, tapan en buena medida Vaca Muerta, los logros fiscales y las inversiones del RIGI en la discusión pública. Pero más por una combinación de errores –en el mejor de los casos- de funcionarios, desaciertos en la estrategia gubernamental y una desorientada política de comunicación oficial. También por lógicas de rating e intereses de las audiencias. El público percibe rápidamente el contraste entre un discurso de austeridad y de “moral como política de estado” con un cambio de vida abrupto en algunos de sus funcionarios o el de un auto diseñado para atraer atención con la solemnidad arquitectónica del Congreso de la Nación.

Los anuncios de inversión de la Argentina Week, el fallo de YPF, la caída del riesgo país debajo de los 500 puntos, la desaceleración de la inflación en abril, el ingreso de YPF al RIGI por U$S25.000 millones. Estos son algunos de los temas que podrían haber tenido una presencia más intensa en el debate ciudadano de los últimos dos meses si no hubieran estado opacados por ruidos estridentes de la esfera política. La trama de la ópera nacional fue nutrida por funcionarios y allegados: inconsistencias, un viaje irregular en un avión presidencial, declaraciones con sustancia de meme, jets privados, personajes inverosímiles, interna política, justificaciones procrastinadas, insultos y un show en el informe del jefe de Gabinete en el Congreso, en cuyo estacionamiento dejaron un Tesla. Netflix tiene nuevos guionistas.

La Argentina tiene un futuro próspero posible que puede concretar si avanza hacia él con orden macroeconómico, regeneración de la confianza históricamente dañada y señales claras de respeto a la ley. “Pero se puede chocar la calesita”, advierte periódicamente el economista Ricardo Arriazu. Sintonizar la velocidad de creación de los sectores estratégicos con la de destrucción de los poco competitivos es un arte en el que se definirá la viabilidad política y social del tránsito hacia ese porvenir. También será fundamental la combinación de la estabilización económica con el resguardo de las instituciones.

¿Qué son unos cuántos viajes y remodelaciones de un funcionario en relación a los latrocinios del pasado o la prosperidad del futuro?, dicen en off referentes del oficialismo. Las magnitudes importan como también las esencias. El fondo y las formas. La Constitución y las leyes, finalmente, son letras plasmadas en papeles con un valor económico residual. Son ficciones que valen nada. Y valen todo.

Nixon versus Frost

El sainete del “dipuTesla” tiene varias reminiscencias noventistas. El 3 de enero de 1991, el presidente Carlos Menem se subió a una Ferrari que le había regalado un empresario italiano que quería quedarse con una concesión de una autopista, llevó el velocímetro arriba de los 200 kilómetros por hora y recorrió, sin parar en los puestos de peaje, la ruta que une a Buenos Aires con Pinamar. Cuando un periodista le preguntó cómo había hecho eso, respondió sonriendo: “soy el presidente”.

Hay una frase parecida a la de Menem al bajar de su Ferrari que sale de la boca del actor que interpreta a Richard Nixon en la película “Frost/Nixon”. El film narra la historia de las entrevistas que hizo el periodista David Frost al ex presidente norteamericano en 1977, en un juego de gato y ratón en el que el entrevistador buscaba la admisión de su responsabilidad en el escándalo Watergate, del que derivó su renuncia. Acorralado, el político revela una convicción inconfesable: “cuando el presidente lo hace, eso significa que no es ilegal”.

Frost, mucho menos sofisticado intelectualmente que su interlocutor, solo mira asombrado a Nixon ante el desconocimiento de una verdad tan elemental como vital en una república. Es apenas un periodista recordándole a un político sagaz, con una simple mirada, que nadie -ni siquiera un presidente- está por encima de la ley.

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