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“Si le sirve y le gusta, Presidente, se lo dono al país así lo puede usar; sería un honor para mí”. Generosa oferta la de Manuel Quintar, teniendo en cuenta lo costoso que es el Tesla Cybertruck y lo complicado que resulta importarlo. Astuto, lo que el diputado nacional jujeño mostró fue su rapidez de reflejos, porque hora antes Javier Milei lo había defendido a ultranza. Es más, el Presidente de la Nación se permitió una confesión. Contó que le había pedido al propio Elon Musk que le regalara una de esas impactantes camionetas. “Pero no me dio pelota”, resumió Milei. Pues bien, si acepta el obsequio de Quintar podría satisfacer ese gusto.
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Quedó largamente aclarado que Quintar es un hombre de fortuna. Mucha fortuna, heredada del negocio familiar y acrecentada -según detalló- por su trabajo de los últimos 21 años. “¿Si se compró el auto con la propia, qué carajo me importa?”, sintetizó el Presidente. Claro que en las últimas horas se escucharon ruidos, esos que siempre aparecen para complejizarlo todo. En este caso, denuncias sobre presuntos direccionamientos de prestaciones del PAMI jujeño a la red de servicios de salud que brindan los Quintar.
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El Tesla es una pieza más, seguramente la más exclusiva, de la flota de vehículos que conduce Quintar, autodeclarado amante de los “fierros”. “¿Con qué necesidad la trajo al Congreso?”, se preguntaron sus pares en el bloque de La Libertad Avanza. Suficientes frentes tienen abiertos como para sumarle este episodio. El presidente de la Cámara, Martín Menem -a quien Quintar reporta- fue más directo: “llevátela”. La orden se cumplió y una grúa cargó el Tesla, imagen que alimentó reels tanto como el posteo de Quintar en el que torea a los “radikukas” jujeños. Fue, para el diputado, una pieza de campaña en el marco de la “batalla cultural” que dice librar. Quintar pretende ser gobernador de Jujuy el año próximo y las fuerzas del cielo parecen el vehículo apropiado para lograrlo. No pudo posicionarse cuando enarbolaba la bandera del peronismo -del que fue candidato- y defendía a Milagro Sala. Los tiempos cambian y con él la gente.
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La anécdota, propia de este extraño país que se permite hablar de un “diputesla”, mueve a la reflexión. O mejor dicho, a 14 reflexiones que pueden servir para desmenuzar el clima de época y leerlo desde la posición de muchos ciudadanos de a pie.
1) La ostentación no es inocente. Un legislador no es un empresario privado cualquiera. Representa al Estado y, por lo tanto, cada gesto suyo comunica una idea de poder. Cuando exhibe riqueza de manera ostentosa, transmite un mensaje de desconexión respecto de las dificultades sociales.
2) El lujo duele más en tiempos de crisis. En un país con pobreza estructural, salarios deteriorados y jubilaciones insuficientes, la ostentación política se vuelve particularmente irritante. No es el dinero; es el contraste.
3) La política debería conservar cierta austeridad republicana. La austeridad no implica pobreza ni ascetismo. Se trata de comprender que el poder público requiere límites simbólicos. José Mujica lo expresó de manera contundente: “pobres no son los que tienen poco, sino los que necesitan infinitamente mucho”.
4) El problema no es tener dinero, sino cómo se lo exhibe. Una democracia no puede condenar la prosperidad individual. Lo cuestionable es el modo en que algunos dirigentes convierten la riqueza en espectáculo mientras hablan en nombre de sectores golpeados por la crisis.
5) La desigualdad también se comunica. Pierre Bourdieu sostenía que el poder se expresa mediante símbolos, hábitos y estilos de vida. La ostentación de ciertos dirigentes reafirma jerarquías y distancias sociales.
6) El lujo político puede convertirse en provocación. Hay escenas -una camioneta importada carísima- que funcionan como una provocación involuntaria mientras hospitales carecen de insumos o las escuelas se deterioran. La política pierde empatía cuando naturaliza esas imágenes.
7) La corrupción encuentra terreno fértil en la ostentación. Aunque riqueza y corrupción no sean sinónimos automáticos, la exhibición excesiva despierta sospechas inevitables. En países con larga historia de escándalos públicos, el lujo de los dirigentes suele ser leído como un posible síntoma de privilegios indebidos.
8) La ética pública exige ejemplaridad. Max Weber diferenciaba la ética de la convicción de la ética de la responsabilidad. Gobernar implica comprender el impacto social de cada conducta. Quien ocupa cargos públicos debería saber que también educa con el ejemplo.
9) La política no puede parecer una elite separada. Cuando los dirigentes viven en una realidad completamente distinta de la mayoría social aparece una fractura peligrosa. Es la sensación de que gobiernan personas incapaces de comprender la vida cotidiana de los ciudadanos.
10) La frivolidad debilita la autoridad moral. No hay discurso épico que resista demasiadas fotografías de lujo. Las sociedades toleran errores políticos más fácilmente que la frivolidad en contextos de sufrimiento económico.
11) El poder debería ejercer cierta prudencia estética. Norberto Bobbio advertía que la democracia necesita moderación y límites. La exhibición exagerada de privilegios rompe con esa tradición republicana basada en la sobriedad institucional.
12) La cercanía con el sufrimiento social también se demuestra. Un dirigente puede decir mucho sobre sí mismo mediante aquello que decide mostrar.
13) La riqueza convertida en espectáculo degrada la función pública. Cuando el poder se exhibe como símbolo de éxito económico personal, la política corre el riesgo de convertirse en una competencia de vanidades antes que en una herramienta de transformación colectiva.
14) Gobernar exige comprender el tiempo y el lugar en que se vive. Tal vez la cuestión central sea esa: entender el contexto. En un país atravesado por la crisis, la exhibición de riqueza por parte de funcionarios no aparece como una simple elección personal. Es un mensaje político y moral. Hay momentos históricos en los que ciertos lujos dejan de ser una cuestión privada para convertirse en una forma de indiferencia pública.








