Foto: Osvaldo Ripoll
Resumen para apurados
- La secretaria Julieta Migliavacca advirtió que el avance del chikungunya en Tucumán se debe a fallas estructurales urbanas, clima tropical y falta de saneamiento ambiental actual.
- El brote se potencia por lluvias intensas, temperaturas altas y criaderos en hogares. La falta de infraestructura y la gestión de residuos facilitan la reproducción del mosquito.
- La enfermedad expone la necesidad urgente de planificación urbana y cambios de hábito. El virus funciona como un indicador de deficiencias estructurales que deben resolverse.
El avance del chikungunya en Tucumán empieza a correrse del terreno estrictamente sanitario. Ya no alcanza con observar la curva de casos ni con señalar la presencia del mosquito que transmite la enfermedad. El brote abre otra lectura posible: la de una ciudad que, en distintos puntos, ofrece condiciones sostenidas para que el virus circule. En ese sentido, la enfermedad no solo se propaga; también expone.
El contexto ambiental es uno de los primeros factores que permite entender este escenario. En los últimos años, la región registró cambios marcados en su dinámica climática, con lluvias más intensas, temperaturas elevadas y períodos de humedad que se extienden más de lo habitual. Ese conjunto de condiciones amplía el tiempo de actividad del mosquito y favorece su reproducción. “En nuestra región estamos viviendo lo que se llama tropicalización: lluvias intensas, altas temperaturas y condiciones ideales para la proliferación del vector que transmite enfermedades como dengue y chikungunya”, explicó Julieta Migliavacca, secretaria de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Municipalidad.
Producción audiovisual: Agustina Garrocho
El avance del brote no se explica solo por el clima. La forma en que creció la ciudad también juega un papel central. La combinación de alta densidad poblacional, infraestructura que no siempre acompaña ese crecimiento y problemas estructurales en el drenaje urbano generan condiciones que potencian el problema.
“Tenemos una alta densidad poblacional y una falta de planificación urbana que viene desde hace muchos años. Eso se combina con canales que no dan abasto, zonas con problemas de drenaje y la presencia de basurales”, señaló Migliavacca.
El riesgo dentro de las casas
El chikungunya, además de ser una enfermedad, suele funcionar como un indicador de tensiones. Aunque la percepción más extendida ubica el problema en espacios visibles, como basurales o terrenos abandonados, el trabajo en territorio muestra otra lógica que cambia el enfoque. La mayor parte de los criaderos no está en la vía pública, sino dentro de los hogares, en objetos cotidianos que acumulan agua sin ser percibidos como un riesgo. “El Aedes aegypti es un mosquito intradomiciliario. Donde más encontramos criaderos es dentro de las casas”, remarcó Migliavacca.
Recipientes con agua, objetos en desuso y espacios donde la acumulación se vuelve parte de la rutina aparecen como denominadores comunes en los hogares. Muchas veces, incluso, no hay una percepción clara del riesgo. “Encontramos muchas viviendas positivas, con recipientes que tienen larvas. A veces, cuando se lo mostramos al vecino, dice que se olvidó de vaciarlo”, explicó.
Cuando aparece un caso dentro de una vivienda, el escenario se vuelve más complejo y el contagio puede sostenerse sin necesidad de grandes desplazamientos. “Muchas veces encontramos viviendas donde hay un paciente con la enfermedad y, aun así, siguen existiendo criaderos. Entonces el mosquito pica a una persona infectada y continúa transmitiendo el virus dentro de la misma vivienda”, advirtió.
Los espacios que concentran el problema
A escala urbana, el problema no desaparece, sino que se concentra en ciertos puntos que se repiten en distintos sectores de la ciudad. Basurales, terrenos baldíos, chatarrerías, gomerías y cementerios forman parte de un circuito donde el agua se acumula y el control resulta más complejo. Se trata de espacios donde las condiciones para la reproducción del mosquito se sostienen en el tiempo. “Son sitios que visitamos de manera permanente. En las gomerías insistimos en que las cubiertas estén bajo techo; en las chatarrerías, que apliquen larvicidas con frecuencia”, detalló Migliavacca.
Foto: Osvaldo Ripoll
Dentro de ese mapa, los neumáticos fuera de uso aparecen como uno de los focos más relevantes. Su capacidad para retener agua durante días los convierte en criaderos ideales del Aedes. Si bien existen programas de recolección y disposición final para reducir ese riesgo, la acumulación sigue presente en distintos puntos de la ciudad, especialmente en áreas donde la gestión de residuos enfrenta mayores dificultades.
A esto se suman los espacios abandonados, que funcionan como focos persistentes. Construcciones en desuso, terrenos sin mantenimiento y objetos expuestos a la intemperie generan condiciones propicias para la proliferación del mosquito. En muchos casos, además, estos lugares se convierten en puntos de descarte informal, lo que multiplica el problema.
Frente a este escenario, la respuesta no puede limitarse a intervenciones puntuales ni a acciones aisladas. La experiencia en territorio muestra que el control del mosquito depende en gran medida de cambios sostenidos en las prácticas cotidianas, tanto en el espacio público como en el ámbito doméstico. “Para resolver esto necesitamos el compromiso de todos”, planteó Migliavacca.
El chikungunya, entonces, deja de ser solo un brote. Se convierte en una señal que permite leer el funcionamiento de la ciudad. Expone dónde el agua se acumula, dónde los residuos no encuentran destino y dónde la planificación no alcanza. El mosquito no crea esas condiciones. Las encuentra. ¿Y el virus? hace el resto.
Producción Audiovisual: Agustina Garrocho, Álvaro Medina y Nazarena Ortiz








