"Gritaban de dolor": cómo se vive en los barrios tucumanos en los que la epidemia de chikungunya no da tregua
Villa Angelina, Crucero Belgrano y Alejandro Heredia concentran el mayor foco del brote en la capital. Vecinos relatan cuadros incapacitantes, filas interminables en los centros asistenciales y una vida cotidiana marcada por espirales, repelentes y miedo.
PANTANO. En Crucero Belgrano, el agua acumulada cubre la calle y obliga a los vecinos a cruzar con dificultad. Foto de Osvaldo Ripoll/LA GACETA.
Resumen para apurados
- Vecinos del sur de San Miguel de Tucumán enfrentan un brote crítico de chikungunya que provoca cuadros incapacitantes y satura los centros de salud locales en la actualidad.
- La falta de mantenimiento, cloacas colapsadas y basurales en Villa Angelina y alrededores favorecen la cría del mosquito transmisor, agravando una crisis sanitaria recurrente.
- El impacto físico y emocional en la población revela el agotamiento del sistema de salud y la urgencia de obras estructurales para frenar futuras epidemias en la región.
El olor a espiral se siente apenas uno cruza la puerta de cualquier vivienda. En Villa Angelina, al sur de San Miguel de Tucumán, ya forma parte del aire cotidiano. Se mezcla con la humedad, con el hedor de las pérdidas cloacales, con el humo de los insecticidas caseros y con el miedo. En las conversaciones del barrio, hay una palabra que se repite una y otra vez: chikungunya.
Yanina Díaz apenas puede caminar. Tiene 39 años, es enfermera y dice que jamás había sentido un dolor semejante. Esta mañana volvió a rociarse repelente en los brazos y en las piernas antes de sentarse lentamente en una silla del comedor. En un rincón, un espiral consume lentamente su humo.
“No quiero salir. Todavía tengo miedo”, dice, mientras acomoda las piernas para soportar las molestias en las rodillas y en los tobillos. Aunque lo peor ya pasó, aclara, todavía siente que el cuerpo le pesa como si estuviera enferma desde hace meses. Según cuenta, todo empezó con su hijo Benicio, de ocho años. El jueves 16 por la mañana el niño amaneció con fiebre alta y dolores articulares. Yanina lo llevó a la policlínica ubicada a tres cuadras. Ahí le dijeron que podía ser la enfermedad viral transmitida por el mosquito Aedes aegypti.
“Yo ya sospechaba. Acá todos conocemos a alguien que se contagió”, cuenta. A las pocas horas, ella empezó igual: febrícula, dolor de piernas y una sensación extraña en las articulaciones. El viernes ya no podían caminar. “No nos podíamos levantar. A él tuvieron que ponerle pañales porque no llegaba al baño”, relata.
La escena quedó grabada en la familia: a Benicio debieron llevarlo en la silla de ruedas del abuelo hasta la policlínica para hacerse una extracción de sangre; a Yanina la sostuvo un vecino que la acercó en auto porque no lograba mover las piernas.
“Ellos gritaban del dolor”, recuerda la mamá de Yanina, todavía con la voz quebrada. Durante tres días estuvieron prácticamente postrados.
ABANDONO. En barrio Alejandro Heredia, el basural reaparece tras cada limpieza y vuelve a convertirse en un punto crítico sanitario. Foto de Osvaldo Ripoll/LA GACETA.
Zona crítica
En Villa Angelina, Crucero Belgrano y Alejandro Heredia hoy está el mayor foco del brote de chikungunya de esta temporada en la provincia. El número de pacientes con síntomas no para de incrementarse. La rutina de los vecinos se alteró totalmente desde que comenzaron a confirmarse casos en la zona, hace un poco más de un mes. Ahora viven prendiendo espirales, usando repelentes, espantando los insectos que sobrevuelan cerca.
Las familias organizan sus rutinas alrededor de los mosquitos. Cierran puertas y ventanas. Los chicos juegan menos afuera. Algunos vecinos directamente dejaron de salir. Creen que, en gran parte, la alta presencia de Aedes aegypti se debe a la falta de mantenimiento que presentan los barrios: calles en mal estado, pérdidas de agua en muchas arterias, microbasurales, cacharros en las veredas y malezas en algunos sectores.
Aunque oficialmente San Miguel de Tucumán concentra 246 casos confirmados -casi el 70% de los contagios provinciales, 346- en la zona la sensación es otra: aseguran que hay muchos más enfermos de los que muestran las estadísticas.
En el CAPS “Doctora Delia de Palma” la escena se repite a diario. Personas con fiebre, dolores articulares, vómitos y agotamiento esperan que los atiendan y les hagan análisis de sangre. Algunos son asistidos con sueros cuando la presión baja demasiado o cuando la deshidratación empeora el cuadro. No existe un tratamiento específico. Paracetamol y esperar. Y aguantar.
Eduardo Medina (45) está sentado en una silla plástica, aguardando los resultados. Desde hace días tiene dolor de piernas, fiebre y un cansancio que no logra explicar. “Primero pensé que era agotamiento por el trabajo”, cuenta. “Después ya me agarró la fiebre y no podía más”, añade el hombre delgado. Llamó al 107. Lo trasladaron al CAPS. Le indicaron paracetamol y estudios. “Hace tres años seguidos que tengo dengue. Ahora esto”, dice, resignado.
Mientras habla, menciona los pastos altos, el agua acumulada y la suciedad en algunos sectores del barrio. Dice que las autoridades prometieron limpieza, pero que muchas veces no llega. “Uno se cuida, usa repelente, pone espirales… pero el mosquito está en todos lados”, resume.
La enfermedad no solo deja dolor físico. También instala la angustia en los barrios. Belén Páez cuenta que muchos de sus vecinos ya ni siquiera buscan atención médica. “No pierden el tiempo; se cuidan solos en la casa”, apunta. Y reconoce que el problema de los mosquitos está peor en el barrio por la basura acumulada y las cloacas rebalsadas.
El recuerdo del dengue
El recuerdo de las últimas epidemias de dengue todavía está demasiado presente entre los vecinos. Estos barrios del sur de la capital también fueron zonas críticas durante esas emergencias sanitarias, en las que hubo miles de contagios y también muertos por la enfermedad.
Al igual que entonces -en 2020, 2023 y 2024- las patologías transmitidas por mosquitos despertaron discusiones incómodas en el barrio. Los vecinos hablan de abandono, de infraestructura deteriorada y de un sistema sanitario que trabaja al límite.
Cuentan que cada mañana las filas en los centros asistenciales son interminables. Que mucha gente llega sin poder caminar. Que algunos pacientes necesitan ayuda de vecinos para trasladarse.
Elsa Gallardo, que vive sobre Chacabuco al 3.100, ya tuvo dengue dos veces y ahora chikunguya. La última vez quedó sin fuerzas.
“Me dejó más flaca, sin ganas”, cuenta. Tiene casi 70 años y dice que ahora vive pendiente de los mosquitos. Compra espirales, citronela y repelentes aunque la plata no alcance. “A veces uno siente que no puede hacer más nada”, admite.
Cuando mira la calle, señala rápidamente las pérdidas de agua. “Ahí están los mosquitos”, dice, y suspira resignada.
PELIGRO. Residuos, agua estancada y cloacas desbordadas forman un combo que favorece la proliferación del Aedes aegypti. Foto de Osvaldo Ripoll/LA GACETA.
Crucero Belgrano
A pocas cuadras, en el barrio Crucero Belgrano, hay calles que parecen un pantano espeso. Para cruzar algunos pasajes, los vecinos apoyaron tablones y pedazos de madera sobre el barro acumulado. Caminan haciendo equilibrio para llegar a sus casas mientras alrededor zumban los mosquitos.
El olor a cloaca está en todos lados. “Acá vivimos encerrados”, dice Mirta Raquel Morales, mientras señala una boca de desagüe rebalsada frente a su vivienda. Tiene 60 años y reside con gran parte de su familia. Son alrededor de diez personas en la casa. Según cuenta, todos se enfermaron. “Empezó uno y después ya estábamos todos con el virus”, relata.
También en este barrio los vecinos hablan del dolor, de la fiebre y de los mosquitos como si fueran una misma cosa inseparable del paisaje.
Y hablan del agua servida. De las zanjas tapadas. De la basura. De las cloacas desbordadas. “Todo eso trae mosquitos”, resume Mirta.
“Tuve dolor de cuerpo, fiebre, sin apetito… no me podía mover”, describe. Aunque le pusieron una inyección, el sufrimiento nunca paró.
Mientras hace reclamos, detrás suyo pasan motos por un enorme charco marrón. Más adelante, hay una zanja llena de agua estancada. Bolsas de residuos flotan, entre restos de ramas y barro. En el barrio sienten que el problema es viejo y que nunca se resuelve del todo. Y que esa situación los perjudica cuando hay epidemias.
“Hay mucha cantidad de mosquitos. Fumigan y al rato está igual”, asegura.
Jorge Ale cuenta que en el barrio hay gran cantidad de enfermos por la picadura del mosquito y que varias personas estuvieron días enteros postradas.
Para él, el estado de las calles y el agua acumulada favorecen la proliferación de mosquitos. Tiene temor de que la situación empeore. Cuenta que muchos chicos faltan a clases en la escuela por fiebre y vómitos. “Los mandan de vuelta a la casa”, resume.
Basurales
En el barrio Alejandro Heredia, a pocas cuadras de allí, la escena cambia un poco pero el problema parece el mismo: basura acumulada, agua estancada y mosquitos. Ester, una vecina, señala un enorme basural improvisado. “No son vecinos de acá. Vienen de otros lados y tiran basura”, remarca. Cuenta que la Municipalidad limpió el sector hace poco, pero a los pocos días volvió a llenarse de residuos.
“Mire cómo está otra vez. No solo hay mosquitos, también hay víboras”, apunta, y admite que vive con miedo a que el barrio se convierta en un foco permanente de enfermedades. Aunque todavía no tuvo dengue ni chikungunya, Ester vive pendiente de los mosquitos. Usa ventilador aun cuando hace frío para espantarlos. “Prefiero estar resfriada antes que me pique”, resume. Porque aunque el otoño avanza con algunos días más frescos, los insectos siguen ahí. Cerca. Persistentes. Como una amenaza que nunca se termina.








