EL INFIERNO. Benjamín y el "Cochiloco", es una escena de la película mexicana. Archivo
En ese océano inabarcable que constituye el algoritmo de Netflix existe una película mexicana que nos puede servir como referencia para entender un poco más el Tucumán distópico en el que vivimos. Se trata de “El Infierno”, estrenada en 2010. Y, a pesar de que han pasado 16 años, opera como un viaje al pasado reciente que nos revela un destino aciago hacia el que caminamos. O, tal vez, al que ya hemos llegado.
Tras una fachada de comedia -porque aquí la risa y la ironía no constituyen objetivos en sí mismos, sino recursos narrativos que conducen a la reflexión- el film muestra cómo el narcotráfico corrompe y degrada todo lo que toca hasta un punto irreversible. El cine, en este caso, nos lleva a preguntarnos: ¿a cuánto estamos de ese averno que aparece representado en la pantalla?
“El infierno” (escrita, producida y dirigida por Luis Estrada) está centrada en la historia de Benjamín, un mexicano que es deportado de Estados Unidos y que regresa a su pueblo natal, San Miguel Arcángel. Allí descubre que todo ha cambiado: el narco, con su violencia y su dinero, ha contaminado casi todos los resquicios de la vida.
La puesta es inquietante: el desierto, el polvo, el viento, el color de la tierra que predominan en San Miguel Arcángel (o “Narcángel”) hacen del poblado un lugar inhóspito en el que sólo permanecen aquellos que no poseen más opciones que vivir bajo el imperio de la violencia. Casi todos los vecinos lloran a algún muerto y muchos, también, han estado involucrados en la muerte de otros.
Dualidades alarmantes
Uno de los personajes más potentes es el “Cochiloco”, quien fue el mejor amigo de Benjamín en la infancia y que ahora es uno de los sicarios principales de uno de los cárteles que se disputan el dominio de la zona. Es él quien termina arrastrando al protagonista a ese círculo de violencia que los fagocita.
El “Cochiloco” presenta una dualidad inquietante: en él conviven los aspectos entrañables de un hombre sencillo (la amistad, la lealtad, el sentido de responsabilidad, la franqueza, por ejemplo) con la más despiadada crueldad. El dimorfismo que opera en el personaje parece constituir una síntesis de lo que ocurre cuando el narco y su cultura de muerte penetran los tejidos sociales: las escalas éticas y morales se invierten, se deforman y colapsan. Cambian los códigos colectivos. Aparecen otros.
El planteo de “El infierno” es claro: la pobreza, la falta de oportunidades, la degradación de las condiciones de vida (que van desde la dificultad para acceder a una vivienda propia hasta convivir con la basura y la contaminación y, en muchos casos, no tener un plato de comida caliente todos los días), la deserción escolar, la falta de respuestas desde el Estado para estos y muchos otros problemas, y el deterioro de las redes comunitarias se convierten en el abono perfecto para el narco.
Nada que no se haya visto en Tucumán. Y ya que hablamos de estas tierras, hay algunos datos que es interesante observar con atención:
1- Esta provincia ha dejado de ser un lugar de paso del narcotráfico para convertirse en un centro de acopio. Lo confirman informes, estadísticas y opiniones de especialistas. Esto genera un incremento de lo que se denomina como la narcocriminalidad. Es decir, los crímenes relacionados o derivados del tráfico de droga. El año pasado, por ejemplo, se abrieron causas por enfrentamientos entre bandas vinculadas con el narcotráfico. Además, aparecieron causas por lavado de activos. Allí se destaca el “caso Alberdi”, en el que están imputados el ex intendente de esa ciudad, una legisladora y otros ex funcionarios. También cayó el “Petiso David” Lobo, quien venía siendo investigado desde 2012 en diferentes causas, pero quedó procesado por lavado de activos derivados de la droga.
2- También se produjo un incremento de las detenciones por narcomenudeo. Esto nos permite interpretar que esta práctica se ha transformado en una forma de vida para muchas personas. Y, además, que ha cambiado la estrategia de los transas: ya no venden la droga en kioscos instalados en sus casas o en propiedades de terceros, sino que contratan gente para que se la vendan en la calle. De ese modo, ellos evitan ser descubiertos. Los que caen, obviamente, son los más vulnerables: gente muy pobre y adictos que encuentran en el narcomenudeo un modo de ganarse unos pesos.
3- Frente a la pantalla, es difícil no trazar un paralelismo entre lo que ocurre en algunos barrios tucumanos y San Miguel Arcángel: el narco convertido en autoridad civil e, inclusive, política; el desamparo de los pobres; la falta de infraestructura, de contención social, de educación, el hambre omnipresente y el dinero fácil de la droga como un modo de escapar rápidamente de esa realidad dramática.
El pasado reciente nos condena
En la película hay un diálogo simple, pero dramático. Benjamín le pregunta al “Cochiloco” si no siente miedo de morir e irse al infierno; este le responde bien a lo mexicano: “qué infierno ni qué la chingada; el infierno es aquí merito (sic)”.
La administración de Osvaldo Jaldo ha marcado como prioridad la lucha contra el narcotráfico y eso se verifica en los secuestros de drogas, en las detenciones y en los operativos. Pero la ineficiencia, la complicidad o la corrupción de los que ejercieron el poder en el pasado reciente (muchos de los cuales aún hoy siguen prendidos al Estado) nos ha dejado en el desamparo más cruel. Mucho más cerca del abismo de lo que quizás imaginamos.



