Fabrica máquinas de tejido ancestral en su “pequeña Cuba” de Lomas de Tafí

Fabrica máquinas de tejido ancestral en su “pequeña Cuba” de Lomas de Tafí

Este emprendimiento rescata el valor del telar como transmisor de la cultura local y fuente de subsistencia. “Al principio, iba a los lugares donde arrojan las maderas, las recolectaba y, como no tenía herramientas, las rasqueteaba con vidrio: así hice mi primer telar”, cuenta Alonso Herrera, profesor cubano que se enamoró de Tucumán.

CUALIDADES. El telar es liviano, firme y fácil de transportar, diseñado para favorecer la mejor postura en cualquier parte. LA GACETA / FOTO DIEGO ÁRAOZ. CUALIDADES. El telar es liviano, firme y fácil de transportar, diseñado para favorecer la mejor postura en cualquier parte. LA GACETA / FOTO DIEGO ÁRAOZ. LA GACETA / FOTO DIEGO ÁRAOZ.

Cuando el matrimonio que forman Claudio Alonso Herrera y Susana Alberti abre la puerta de su casa de Lomas de Tafí lo que está haciendo en realidad es dar acceso a la experiencia singular que recrea la Cuba de él y la pasión por el tejido de ella. De esa unión nació hace 16 años Ire Telares, una fábrica artesanal de máquinas para tejer contemporáneamente como manda la tradición ancestral de esta zona del planeta. Con Ricardo Haedo como tercera pata, el emprendimiento crece al ritmo de las manos que mueven los hilos: en épocas donde las prendas invernales de calidad son carísimas, tejerlas deviene una actividad indispensable.

Los telares de Ire encarnan una orgullosa actitud de supervivencia. Alonso Herrera cuenta que sus telares proceden de maderas recicladas: sólo si no le queda alternativa, compra materiales. Después, a los 52 años juega a encastrar y a combinar componentes con la ilusión de que, más tarde, sus máquinas permitirán muchos otros juegos con la trama y la urdimbre. Por eso mismo, cada telar es único. También varían los tamaños (40, 50, 100 y 120 centímetros de ancho) y las funciones de modelos que potencian la variedad y belleza de los árboles autóctonos.

Mientras los hombres construyen los telares, Alberti, que es jujeña de origen y tiene 50 años, teje, y aprende y enseña a tejer con lo que se le cruza por el camino, desde ovillos de descarte textil, yute e hilo hasta cordones. El emprendimiento se nutre del intercambio con una comunidad creativa insaciable. Así como se experimenta con la fabricación de los telares, se experimenta también con las lanas. A modo de ejemplo, Alberti saca unas madejas teñidas con cebolla y otros colores naturales que acaba de adquirir en San Javier.

Ire Telares posee la edad de Moraima, la hija adolescente del matrimonio de emprendedores. “No soy carpintero, no soy lutier, no soy ebanista, sino un fresco y un atrevido, como decimos en Cuba. Cuando me radiqué aquí no teníamos los recursos económicos para tejer ni para comprar un telar. Entonces, yo le dije a mi esposa: ‘no te preocupes, te haré uno’”, relata Alonso Herrera. Se puso en marcha con la ayuda de revistas y el consejo de conocedores del oficio. “Si te fijas, en los telares es todo muy preciso: la separación entre las varillas del peine debe ser perfecta, lo mismo que los agujeros. Son milímetros perfectos. No puedo errar porque, si no, ese error se traslada al tejido. Tengo que estar muy concentrado: no debe haber ruido. Por eso esto es un espacio de paz y de luz”, refiere con la vista enfocada en el jardín-taller donde trabaja.

Para todo sitio

El producto final resulta liviano, firme, fácil de trasladar, y está diseñado para favorecer la mejor postura: la idea es llevar las labores de antaño a los sitios y a los tiempos que se habitan hoy. “Puede usarlo tanto una pastora que necesita moverse por la montaña como alguien que vive en un departamento reducido en la ciudad”, acota Alonso Herrera.

Los telares sirven para elaborar desde pulóveres, alfombras, ruanas y chales hasta peleros, mantas, tapices y ponchos: son, en sí mismos, pequeñas fábricas textiles. El emprendedor subraya las virtudes que no se ven: “el telar une, empodera, abriga… Cumple una función tan básica como la alimentación. Es alucinante lo que produce en la familia y en la comunidad más allá del tejido concreto. Hay tejedoras que elaboran cosas magníficas en medio del monte. E incluso se ven varones tejedores”. Y enfatiza: “el telar es, además, algo para siempre”.

Hasta malanga

El proyecto nació de una nada en la que había de todo gracias a las habilidades que Alonso Herrera desarrolló en su hogar de Ciego de Ávila. “Al principio, iba a los lugares donde arrojan las maderas, las recolectaba y, como no tenía herramientas, las rasqueteaba con vidrio: así hice mi primer telar”, rememora. En el presente produce su obra en el fondo de la casa de Lomas de Tafí que él denomina su “pequeña Cuba”. Allí imperan un orden y una lógica rigurosos donde nada sobra ni se descarta. “Aquí está la herramienta que adquirí para arrancar”, dice mientras destapa un taladro. Lo observa y relata con una sonrisa: “¡casi me cuesta el divorcio! Imagínate: estábamos sin empleo y yo logro hacer unas changas. Gano $ 150 en su momento y, en vez de volver con el dinero, me voy a Easy y me compro esta agujereadora, que es fundamental para hacer telares. Susana casi me mata, pero yo le prometí que con eso íbamos a producir y a salir adelante”. Y así fue.

CUALIDADES. El telar es liviano, firme y fácil de transportar, diseñado para favorecer la mejor postura en cualquier parte. CUALIDADES. El telar es liviano, firme y fácil de transportar, diseñado para favorecer la mejor postura en cualquier parte. LA GACETA / FOTO DIEGO ÁRAOZ.

El ingenio explica cómo la escasez se transformó en telares. “Es lo que he vivido desde chiquito. No sé hacer otra cosa. En Cuba es así”, refiere acerca de la “escuela” donde aprendió a darse maña y que se preocupó por reproducir en su domicilio tucumano. El cofundador de Ire mira hacia su jardín y define: “aquí hay un pedazo de mi país. Fíjate: tienes palta, naranjos, mandarinas, mangos, una guayaba, papaya, yuca, mandioca y esto, que no lo conoce nadie acá, malanga. Se trata de un tipo de papa más blanda y más blanca que la que se consume en Tucumán. Con esta verdura se hace la papilla para los niños. Si estás enfermo, tomas una sopita de malanga”.

Lazos irrompibles

Una beca para asistir a la Escuela de Guardaparques de la Universidad Nacional de Tucumán que funcionaba en Horco Molle fue el anzuelo que sacó a Alonso Herrera de su isla natal. “Nos conocimos en la casa de una amiga porque él, que es licenciado en Educación y profesor de Geografía, vino a estudiar aquí. Ese día, mi amiga me pide que acompañe a Claudio a tomar ‘el chanchito’ que iba hasta la residencia universitaria. Recuerdo que luego lo fuimos a buscar para ir a una fiesta: tocaban Los Guayaberos. Y ahí empezamos la relación. Estuvimos tres o cuatro años de novios a la distancia. En un momento yo viajé a Cuba y nos casamos en Ciego de Ávila. Luego, él vino y nos instalamos aquí”, relata Alberti.

Mientras armaban su familia y sus telares, Alberti entró en el Ministerio Público Fiscal de la Nación, donde continúa prestando servicios, y Alonso Herrera pasó por varios trabajos en instituciones públicas, privadas y del tercer sector (en el presente forma parte de un centro terapéutico al que acuden chicos con discapacidad). Su peripecia es digna de una serie de Netflix porque si algo no formaba parte de los planes era radicarse donde se radicó. “Después de recibirme en Camagüey, me involucro con temas de preservación de la biodiversidad. De la noche a la mañana, me llaman (de un programa de cooperación internacional) y me preguntan si estaba dispuesto a hacer un curso de guardaparque de 14 meses de duración en la Argentina. Yo respondí ‘sí’ sin tener ni idea”, dice.

Pasó el tiempo y le confirmaron que debía viajar. Comenzó una travesía larguísima, pero no sólo por la distancia física, sino por las trabas burocráticas interminables. Alonso Herrera solicitaba la visa y le decían que no podía hacerlo por fax, sino que necesitaba una carta de invitación por vía postal, trámite que podía demorarse más de lo habitual por las manifestaciones que había despertado en Cuba el caso del niño Elián, el “balserito” finalmente devuelto por los Estados Unidos. En esas circunstancias, Herrera Alonso llevaba la invitación enviada por correspondencia a las autoridades y estas le exigían la rúbrica del ministro de Educación argentino.

“Imagínate: era el año 1999, pleno Gobierno de (Fernando) De la Rúa. Conseguimos la firma y, cuando la presento, me exigen un permiso del Ministerio de Interior. Entonces, la gente de la Embajada Argentina me dice: ‘no, andá como turista y después te arreglas’”, narra el emprendedor. Con esa “solución”, Herrera Alonso inicia un viaje que parece no haber acabado. “El vuelo se atrasó. Como no había celulares, en La Habana me hacían en Buenos Aires y en Buenos Aires, en La Habana. Obviamente que cuando puse los pies en la Argentina nadie me esperaba. Y para mí todo era novedoso: un gran impacto psicológico. Llegué a Tucumán sin saber a dónde iba. Uno de los momentos más lindos de mi vida fue ver las yungas. La residencia de Horco Molle es bellísima: allí amaneces con las urracas, los horneros y los celestinos”, dice.

Había salido de Cuba con clima caribeño y, al aterrizar, un frente frío desconocido para él le dio la bienvenida. A la vuelta, en cambio, lo despidió un infierno. “Debía tomar el avión en diciembre de 2001: entré en Buenos Aires el mismo día en el que comenzaron los saqueos. Quedé varado en un descampado cercano a la (avenida) General Paz. Me encontré en medio del tumulto y atiné a correr desesperadamente. Todavía no entiendo cómo hice en ese caos para subirme a un colectivo que pasaba por ahí y, de algún modo, llegar al aeropuerto de Ezeiza”, asegura.

¿Cómo se hace para pasar de semejantes sacudones e incertidumbres a un emprendimiento de telares en una “pequeña Cuba” montada en un barrio del Gran San Miguel de Tucumán? Alonso Herrera vuelve al punto del deseo de dar a su esposa la máquina que añoraba, pero, también, a su infancia y a su álbum de recuerdos de Ciego de Ávila: “sí, hay algo más. Mi vieja es costurera de las primeras egresadas de los cursos de escuela. Ella cosía para los carnavales. Y, además, era de las pocas que hacía sastrería, un oficio que entonces estaba reservado para los hombres. Ella confeccionaba guayaberas. Nosotros la ayudábamos: primero tuvimos una máquina Singer, de origen estadounidense, y, luego, una Chaika rusa. En Cuba todo es muy simbólico y mestizo”.

Fabrica máquinas de tejido ancestral en su “pequeña Cuba” de Lomas de Tafí

Lo que se hereda no se hurta: el emprendedor repite ese refrán para explicar cómo se las arreglaron para llegar hasta donde llegaron, un momento donde sus telares ya vuelan por sus propios méritos y arriban a lugares impensados, en parte porque tejer con esa técnica implica una salida laboral. ¿Y de dónde viene el nombre “Ire” (se pronuncia “Iré”)? Herrera Alonso hace la traducción: “es un vocablo yoruba que significa ‘bendiciones’. Si bien los telares son de aquí, del Norte, resulta que los hace un cubano con raíces negras y afro, y yo no suelto esos lazos”.

La receta de Ire Telares

- Fabricar a mano telares portables de altísima calidad.

- Utilizar maderas recicladas como materia prima principal.

- Incorporar al producto la impronta y el ingenio cubanos.

- Promover la cultura del tejido norteño en ambientes urbanos.

- Compartir las “bendiciones” que multiplican los telares.

- El emprendimiento en Instagram: @iretelares_

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