El empuje del under impuso su estilo

El Refugio, conducido por el "Monster", logró imponerse en poco tiempo, sin importar la lejanía de su ubicación. Menores costos y buena onda.

TRABAJO. El Refugio fue construido a pulmón por el “Monster” Acosta, en un taller mecánico de Villa Alem. LA GACETA/FRANCO VERA
TRABAJO. El Refugio fue construido a pulmón por el “Monster” Acosta, en un taller mecánico de Villa Alem. LA GACETA/FRANCO VERA
17 Mayo 2009
"Todavía falta mucho por hacer, pero arrancamos así porque había que hacerlo y no podíamos esperar", cuenta Darío "Monster" Acosta, dueño de El Refugio (Larrea 251), a donde llegó tras haber manejado durante un año la sala del teatro de La Paz (hoy llamada La Biblioteca).
Este es un emprendimiento familiar en el que trabajan su madre, sus hermanas y sus primos. "Me preocupé por dejarlo lo más vistoso posible y, sobre todo, por tener todo en regla. Tengo una carpeta con 16 permisos definitivos", confirma. "Pero nunca falta el inspector que llega y dice que el matafuegos está demasiado cerca de la puerta, o cosas así... pero como tengo todo en orden, no me preocupo más por eso", señala.
El Refugio está destinado, casi exclusivamente, a la movida under tucumana, aunque también llegan bandas de otras provincias y hasta algunas más comerciales. "Creo que en comparación con el año pasado hay menos shows en Tucumán, pero con más calidad, y a eso estamos apuntando nosotros acá, a que las bandas se calienten más por mostrar lo mejor de sí", explica.

Una apuesta por la calidad
El "Monster" es músico, y por eso entiende también lo que le ocurre a las bandas cuando buscan dónde tocar. "Si mejora la calidad de las bandas y de los shows, se va a poder cobrar una entrada un poco más decente, y así invertir en publicidad o en mejoras para el local. Es algo que nos conviene a todos, y que tenemos que hacerlo juntos", analiza.
Entre sus planes inmediatos está la construcción de camarines y la ampliación del escenario. El cuenta con la ventaja de ser también sonidista, y de tener equipos de audio y de iluminación, lo que abarata costos de producción y beneficia sobre todo a los músicos.
Sin embargo, él dice que todavía hay que trabajar con el público, que sigue regateando el precio de las entradas (el valor promedio en el local es de entre $ 6 y $ 15, según la cartelera).
El público, dice el Monster, es básicamente el mismo que iba al teatro de La Paz. "Estábamos acostumbrados a estar apretados ahí, así que acá estamos mucho más cómodos", asegura.
Al trasladarse en febrero, la preocupación era la distancia (Villa Alem), pero los rockeros, fieles seguidores de sus bandas, llegan cada fin de semana a la puerta aún sin saber que habrá esa noche. "Vienen y preguntan quién toca... y ya están acá, no se van a volver al centro", cuenta Darío.
"Antes estábamos a una cuadra y media de la plaza Independencia, y ahora a 15, lo que nos obligó a fortalecer los vínculos con las radios para hacer la difusión, y con una rockería para la venta de entradas anticipadas", dice.

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