27 Junio 2007 Seguir en 
LONDRES, Inglaterra.- Anthony Charles Lynton Blair, un laborista carismático, infatigable y convencido de hacer siempre lo correcto, dominó durante 10 años la política británica y fue uno de los principales actores de la comunidad internacional.
A partir de ahora dispuesto a trabajar por la paz en Oriente Medio -como enviado del Cuarteto-, quedará en la memoria de todos como el protagonista de la renovación del Partido Laborista. Pero en su balance estará también la sombra de la guerra de Irak.
Simpático e hiperactivo, diputado a los 30 años, Blair, nació el 6 de mayo de 1953 en Edimburgo, en una familia burguesa. Abogado de formación, se convirtió en líder de los laboristas en 1994, tras el repentino fallecimiento de John Smith.
Anglicano, casado con una católica, Cherie, y con cuatro hijos, Blair se benefició de una década de logros económicos y de un manejo magistral de los medios de comunicación, deslumbrando por su oratoria y desplegando siempre -sobre todo en los momentos más difíciles- ese humor tan británico.
Pero cayó en desgracia por la guerra en Irak. Su respaldo popular pasó del 93% a sólo un 27%, una caída en picada a medida que morían soldados británicos en ese país.
Presionado para dimitir por ese motivo, lo cual anunció en septiembre pasado, Blair será recordado como el hombre que envió tropas a más conflictos que cualquier gobernante británico desde la Segunda Guerra Mundial.
Pero el gobernante ha sido salpicado por escándalos de venta de armas y de corrupción y su estrecha relación con Estados Unidos es una constante fuente de reproches, incluso dentro de su propio partido.
Fue conservador en materia de inmigración, justicia y seguridad. Y en otros casos, como en el de dar los mismos derechos a los homosexuales, se mostró liberal. Entre sus mayores logros figura la introducción de un salario mínimo.
Su lado populista se reveló tras la muerte de Diana de Gales, en agosto de 1997. Blair la bautizó la princesa del pueblo y canalizó la emoción de una desconsolada población, mientras que la familia real se mantenía apartada y fría.
El último día en la calle Downing Street
Blair abandonó hoy por última vez su residencia oficial en Londres y se dirigió hacia el palacio de Buckingham, donde presentó su renuncia a la reina Isabel, tras diez años en el poder.
El telón cayó finalmente para el laborista. Cuando él se marchó, la soberana convocó inmediatamente a Gordon Brown, de 56 años, y le pidió que fuera el primer ministro. Así, se abrió un nuevo capítulo en la política nacional.
Menos carismático que su precedesor, este austero hijo de un pastor escocés se presenta como un político determinado a afrontar el desafío del cambio, ejercicio difíl tras una década como hombre fuerte y ministro de Finanzas del gobierno de Blair, con quien no obstante se fue distanciando.
Brown prometió un cambio de estilo, más discreto, como lo está siendo sobre sus prioridades en su nueva responsabilidad.
Enviado del cuarteto por la paz
Mientras tanto, Blair dijo que la prioridad absoluta en Medio Oriente es solucionar el conflicto palestino-israelí. El saliente ministro fue nombrado enviado a la región.
El funcionario explicó que esto significa asegurar un Estado de Israel y otro palestino, que no sólo sean viables en términos de territorio, sino también de instituciones y de gobierno. "Creo que es posible hacerlo, pero requerirá una enorme intensidad de focalización y trabajo", comentó el británico.
Blair aceptó la propuesta para ser enviado de paz a Medio Oriente representando a Estados Unidos, a la Unión Europea (UE), a la ONU y a Rusia. El primer ministro irlandés, Bertie Ahern, contó que Blair le dijo que la misión será difícil, pero cree que si existe un compromiso persistente, sólo hay que seguir para adelante.
Blair y Ahern fueron artífices de los acuerdos de paz entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte donde, gracias a los exitosos auspicios de ambos, acaba de asumir un gobierno compartido entre las comunidades rivales, impensado años atrás. (AFP-NA-DPA-EspecialTélam-Reuters)
A partir de ahora dispuesto a trabajar por la paz en Oriente Medio -como enviado del Cuarteto-, quedará en la memoria de todos como el protagonista de la renovación del Partido Laborista. Pero en su balance estará también la sombra de la guerra de Irak.
Simpático e hiperactivo, diputado a los 30 años, Blair, nació el 6 de mayo de 1953 en Edimburgo, en una familia burguesa. Abogado de formación, se convirtió en líder de los laboristas en 1994, tras el repentino fallecimiento de John Smith.
Anglicano, casado con una católica, Cherie, y con cuatro hijos, Blair se benefició de una década de logros económicos y de un manejo magistral de los medios de comunicación, deslumbrando por su oratoria y desplegando siempre -sobre todo en los momentos más difíciles- ese humor tan británico.
Pero cayó en desgracia por la guerra en Irak. Su respaldo popular pasó del 93% a sólo un 27%, una caída en picada a medida que morían soldados británicos en ese país.
Presionado para dimitir por ese motivo, lo cual anunció en septiembre pasado, Blair será recordado como el hombre que envió tropas a más conflictos que cualquier gobernante británico desde la Segunda Guerra Mundial.
Pero el gobernante ha sido salpicado por escándalos de venta de armas y de corrupción y su estrecha relación con Estados Unidos es una constante fuente de reproches, incluso dentro de su propio partido.
Fue conservador en materia de inmigración, justicia y seguridad. Y en otros casos, como en el de dar los mismos derechos a los homosexuales, se mostró liberal. Entre sus mayores logros figura la introducción de un salario mínimo.
Su lado populista se reveló tras la muerte de Diana de Gales, en agosto de 1997. Blair la bautizó la princesa del pueblo y canalizó la emoción de una desconsolada población, mientras que la familia real se mantenía apartada y fría.
El último día en la calle Downing Street
Blair abandonó hoy por última vez su residencia oficial en Londres y se dirigió hacia el palacio de Buckingham, donde presentó su renuncia a la reina Isabel, tras diez años en el poder.
El telón cayó finalmente para el laborista. Cuando él se marchó, la soberana convocó inmediatamente a Gordon Brown, de 56 años, y le pidió que fuera el primer ministro. Así, se abrió un nuevo capítulo en la política nacional.
Menos carismático que su precedesor, este austero hijo de un pastor escocés se presenta como un político determinado a afrontar el desafío del cambio, ejercicio difíl tras una década como hombre fuerte y ministro de Finanzas del gobierno de Blair, con quien no obstante se fue distanciando.
Brown prometió un cambio de estilo, más discreto, como lo está siendo sobre sus prioridades en su nueva responsabilidad.
Enviado del cuarteto por la paz
Mientras tanto, Blair dijo que la prioridad absoluta en Medio Oriente es solucionar el conflicto palestino-israelí. El saliente ministro fue nombrado enviado a la región.
El funcionario explicó que esto significa asegurar un Estado de Israel y otro palestino, que no sólo sean viables en términos de territorio, sino también de instituciones y de gobierno. "Creo que es posible hacerlo, pero requerirá una enorme intensidad de focalización y trabajo", comentó el británico.
Blair aceptó la propuesta para ser enviado de paz a Medio Oriente representando a Estados Unidos, a la Unión Europea (UE), a la ONU y a Rusia. El primer ministro irlandés, Bertie Ahern, contó que Blair le dijo que la misión será difícil, pero cree que si existe un compromiso persistente, sólo hay que seguir para adelante.
Blair y Ahern fueron artífices de los acuerdos de paz entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte donde, gracias a los exitosos auspicios de ambos, acaba de asumir un gobierno compartido entre las comunidades rivales, impensado años atrás. (AFP-NA-DPA-EspecialTélam-Reuters)







