17 Enero 2007 Seguir en 
Desde hace años se advierte que son necesarias obras de envergadura para morigerar las inundaciones estivales. Las palabras que se lleva el viento. Por Roberto Espinosa - Redacción LA GACETA. Ella apoyó suavemente su cabeza en el hombre del rey. El la rodeó con sus brazos y le preguntó: “¿sabes qué es la soberbia?” “Es la estima exagerada de sí mismo, o el amor propio indebido, que busca la atención y el honor. Están también los soberbios del poder”, replicó Scheherezade. “He de contarte una historia, pequeña mía”, dijo Shahriyar, mientras la bella doncella entornaba sus ojos para escuchar la mil y veintiún noches.
“En esa tierra del futuro bendecida por la naturaleza y por Alá, había varios reyes que llegaban como magos, con las alforjas llenas de promesas, y partían dejándoles a esos pobladores bolsones de deudas y de desesperanza. En ese ‘Jardín de la República’ había problemas eternos que nunca se solucionaban. Todos los veranos, la lluvia azotaba el vergel: los ríos desbordaban, anegando pueblos enteros, arrastrando humildes viviendas, causando muerte, dolor y destrucción. Cuando ello sucedía, los gobernantes de turno le echaban la culpa a la herencia recibida, prometían obras de sistematización de ríos y canales, que se combatiría la tala indiscriminada de los cerros, que se harían obras en los cauces... palabras que rápidamente se las llevaba el viento. Especialistas y científicos advertían todos los años que las catástrofes serían cada vez peores si no se efectuaban obras importantes de infraestructura. De las dos millones de hectáreas bosques que ese oasis tenía, 500 años después, sólo quedaban 800.000”, relató Shahriyar.
Scheherezade sirvió para ambos vino blanco y el rey prosiguió: “En el año 2000, Rachid era el ecónomo principal del jeque Al Mirand. Su alma ambiciosa lo había llevado a cambiar de bando porque era consciente de que con su devaluado partido no podría llegar muy lejos, de manera que se puso bajo las alas del jeque. En enero de ese año se produjo una temible inundación que devastó localidades del sur. Todo el pueblo de La Madrid quedó bajo las aguas y hubo entonces 15.000 damnificados en todo el oasis y 8.500 personas debieron abandonar sus casas. El río Salí se ensañó con el puente Lucas Córdoba y lo tumbó por segunda vez. “Vamos a solucionar los problemas inmediatos de la gente y este plan servirá como control hacia la gestión”, dijo en setiembre de 2000, el ecónomo Rachid y anunció que se harían 64 obras, con una inversión de $ 7 millones”.
“De manera que Rachid conocía el problema”, acotó la doncella.
“Las inundaciones continuaron, aunque en menor escala. En 2004, los vecinos de Taco Ralo presentaron un amparo para que la Justicia condenara al Ministerio de Economía y a la Secretaría de Obras Públicas a realizar las obras que no habían efectuado para evitar los históricos anegamientos que padecían. Ya por ese entonces, Rachid era el monarca, gracias al irrestricto apoyo del jeque. En 2005, los ríos Gastona y Chirimayo crecieron peligrosamente y temblaron los pobladores de Concepción”, dijo.
“Por lo visto, las obras seguían sin hacerse”, interrumpió Scheherezade.
“Todo el reino vivía una gran bonanza económica. En lugar de hacer obras importantes, Rachid prefirió realizar aquellas que le proporcionaban votos porque soñaba con ser reelecto. Amaba el poder; había logrado prácticamente eliminar a la oposición a la cual acusaba de ponerle palos en la rueda o de no embarrarse los pies. Divide y reinarás, parecía ser su exitoso lema y disimuladamente, tras un ropaje de madre coraje y malquerida por quienes lo criticaban, se iba apoderando de todo. Ocupaba muchas de sus horas en lograr apoderarse del partido Justicialista, agrupación a la cual había llegado como paracaidista, para poner a sus hombres y mujeres clave. Mientras estaba entretenido en una encarnizada pelea con su vicejeque, la naturaleza sacudió su cólera y arrasó el oasis con virulencia, llevándose casas, puentes, caminos y una buena parte de las obras que él venía realizando...”
“¡Qué terrible! ¡Pobre gente!”, dijo estremecida la doncella.
“Cuando te levantes cada día, no pienses si vas a ser emperador; piensa: hoy debo cumplir bien mi tarea de hombre”, dijo para sí Shahriyar.
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