En los últimos años, los movimientos sociales y los partidos de izquierda parecen haber resurgido con una fuerza sin paralelos en la historia reciente, contradiciendo a quienes a comienzos de los 90 creyeron, como Carlos Castañeda, que el colapso de la utopía soviética provocaba la desaparición de la izquierda.Ocurre que apareció una "nueva" izquierda. Una que -en torno del deseo de promover una mayor igualdad- amalgama a actores que habían estado dispersos. Viejos comunistas, nacionalistas populares, ex guerrilleros, partidos reformistas y organizaciones que habían tenido un contacto marginal con la política, como los sindicatos; o asociaciones de indígenas, campesinos, radicales religiosos, defensores de los derechos humanos o ambientalistas. Todos ellos -unidos por una pensée unique- conforman formidables alianzas electorales capaces de impactar en el ámbito de la política, pasando del ex proletariado al actual "pobretariado". ¿Qué puede haber sucedido? Una confluencia -circunstancial- de factores, bien aprovechada.
Primero, después de una larga fase depresiva del ciclo de los precios de las materias primas (que sumió al área en la depresión), en 2002 la aparición de China y de la India como grandes demandantes generó una larga fase de euforia en esos mismos precios de los productos de la zona (agrícolas, hidrocarburos y minerales) y produjo una fuerte reactivación de las economías de la región, que volvió a crecer. Segundo, la aparición de los nuevos actores en el escenario de la política. Tercero, el tremendo descrédito de los partidos políticos tradicionales, destrozados por su falta de idoneidad y su proclividad a la corrupción. Finalmente, la aparición de una nueva proveedora ideológica, la internacional de izquierda nucleada en derredor del Foro Social Mundial, nacido en 2001, en Porto Alegre, ciudad que entonces era una vidriera del éxito del PT brasileño, hoy sumido en el fango de la corrupción.
La nueva izquierda tiene formas distintivas, caracterizadas por coaliciones, movimientos, el uso y el abuso de las calles, las coordinadoras, los frentes amplios, una multiplicidad de agendas y prioridades, y un alto relieve de la sociedad civil.
Pero aparece también una nueva visión del futuro, que combina la utilización del mercado como mecanismo de coordinación de la economía; la propiedad privada; y hasta una concepción -más o menos disfrazada- del capitalismo, con las más diversas fórmulas de intervención del Estado, con tono siempre populista; una mayor redistribución de los ingresos; y una nueva planificación política (presuntamente democrática) que procura controlar todos los resortes del Estado. Eso lo comprueba el grosero pisoteo de la Constitución nacional que se esconde detrás del proyecto de modificación del Consejo de la Magistratura, promovido por la senadora Kirchner, para quien la noción de la independencia e imparcialidad del Poder Judicial resulta molesta, porque limita y controla al poder.
Pero esta nueva izquierda no parece tener un modelo operativo preconcebido, sino que reacciona a los momentos y a las circunstancias. Así, mientras propone poner el gasto social por encima del pago de la deuda, no vacila en privilegiar el pago al FMI si ello resulta conveniente. Lo cierto es que el gran peligro para la región pareciera ser una mezcla de autoritarismo y populismo. Quizás porque el principio democrático es extraño a los nuevos movimientos, en cuyo seno y en cuyos mecanismos internos de renovación la democracia está ausente.
24 Diciembre 2005 Seguir en 
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