Puntos de vista sobre management: cuando ser bueno en el trabajo se convierte en un castigo

Francisco López Cruz - Director de López Cruz & Co

Puntos de vista sobre management: cuando ser bueno en el trabajo se convierte en un castigo

Es lunes por la mañana y aparece una urgencia. Un cliente importante necesita una respuesta, un informe debe corregirse y una persona del equipo está ausente. El responsable revisa rápidamente a quién podría asignar el trabajo y vuelve a elegir al mismo colaborador de siempre.

“Hay que encargarle a él, que lo resuelve”. La decisión parece razonable. Esa persona conoce el negocio, cumple los plazos y necesita poca supervisión. Frente a una situación crítica, confiar en quien ya demostró capacidad reduce el riesgo y da tranquilidad. El problema aparece cuando esa excepción se convierte en el modo habitual de trabajar. Cada nueva urgencia, cliente complejo o tarea sensible termina en las mismas manos. Mientras algunos colaboradores conservan una carga razonable, los más confiables reciben trabajo adicional porque responden bien. Así, la organización comienza a premiar el compromiso con más exigencias. Hasta que un día esa persona se cansa, baja su rendimiento o renuncia. Y la empresa se sorprende.

Los buenos colaboradores suelen compartir algunas características: asumen responsabilidades, anticipan problemas, cumplen compromisos y ayudan cuando alguien lo necesita. Además de realizar su trabajo, compensan fallas de coordinación y cubren vacíos que la organización no resolvió. Esa actitud los vuelve indispensables, pero también vulnerables. No reciben incentivos adicionales. Como pocas veces se niegan, la empresa interpreta que todavía tienen capacidad de seguir dando más. Como entregan buenos resultados, se les asignan tareas más complejas. Y como resuelven sin hacer visible el esfuerzo, la dirección puede desconocer el costo personal que existe detrás de cada cumplimiento. La carga no siempre aparece en la cantidad de horas. También puede manifestarse en la dificultad de los temas, la responsabilidad asumida, las interrupciones constantes o la presión de saber que los errores propios tendrán consecuencias importantes.

Dos personas pueden tener la misma cantidad de tareas y enfrentar cargas completamente distintas. Además, el colaborador más comprometido suele recibir no solamente trabajo formal. También se convierte en la persona a la que todos consultan, quien capacita a los nuevos, corrige entregables ajenos y contiene los problemas del equipo. Buena parte de ese aporte permanece invisible.

El círculo de la sobrecarga

La concentración de trabajo en las personas más capaces produce un círculo difícil de romper.

Cuando aparece una tarea importante, el líder la asigna a quien ofrece mayor seguridad. Esa persona gana experiencia y se vuelve más competente. Mientras tanto, quienes no reciben desafíos permanecen menos preparados para asumirlos. Ante la siguiente urgencia, la distancia entre ambos es mayor y la elección vuelve a ser la misma. La empresa concluye que cuenta con una sola persona capaz de resolver ciertos temas, aunque fue su propia forma de distribuir el trabajo la que construyó esa dependencia.

En el corto plazo, el sistema parece eficiente. Las tareas se cumplen en tiempo y forma y los clientes reciben respuestas. En el mediano plazo, aparecen tres problemas: agotamiento de los mejores colaboradores, falta de desarrollo del resto del equipo y dependencia creciente de unas pocas personas. La organización resuelve el presente debilitando su capacidad futura.

El agotamiento no siempre se presenta como una crisis evidente, sino con señales pequeñas. La persona que antes proponía mejoras empieza a limitarse a cumplir. Participa menos en las reuniones, evita asumir nuevos proyectos y responde con menor entusiasmo. Puede seguir entregando su trabajo correctamente, pero deja de ofrecer la energía adicional que durante años la distinguió. En otros casos, aumenta la irritabilidad, aparecen olvidos o se cometen errores poco habituales. La organización interpreta que el colaborador “cambió” o perdió compromiso, sin revisar si durante demasiado tiempo dependió de un esfuerzo extraordinario. También puede suceder algo más silencioso: la persona mantiene el desempeño mientras busca otra oportunidad laboral. Cuando finalmente comunica su salida, la empresa intenta retenerla con una mejora económica o una promesa de reorganización. Pero se descubre entonces que el problema quizás no haya sido solamente salarial. Muchas renuncias se explican por la sensación de que el buen desempeño no modifica positivamente la experiencia laboral. Quien cumple recibe más tareas; quien se retrasa obtiene ayuda. Quien se compromete absorbe urgencias; quien evita responsabilidades conserva una carga menor. En ese contexto, la confiabilidad puede empezar a sentirse como una desventaja.

Reconocer no es solamente felicitar

Las organizaciones suelen valorar a sus buenos colaboradores. Les agradecen, destacan su compromiso y confían en ellos para los asuntos importantes. Sin embargo, el reconocimiento pierde fuerza cuando no está acompañado por decisiones concretas. Felicitar a una persona y, al mismo tiempo, mantener una carga insostenible no constituye verdadero reconocimiento. Tampoco alcanza con otorgarle un mejor cargo si la promoción solamente agrega responsabilidades sin brindarle autoridad, recursos o capacidad para delegar.

Reconocer implica revisar prioridades, proteger tiempos, asignar apoyo y ofrecer oportunidades de desarrollo. También significa permitir que una persona valiosa deje de hacer algunas tareas antes de sumarle otras nuevas. En muchos casos, el mejor colaborador no necesita que la empresa valore nuevamente su esfuerzo. Necesita que deje de depender tanto de él.

La solución tampoco consiste en dividir las tareas en partes iguales. Los equipos están integrados por personas con diferentes niveles de experiencia, capacidad y autonomía. Es razonable que quienes poseen mayor preparación asuman desafíos más complejos. El punto es evitar que esa diferencia se transforme en una concentración permanente. Para hacerlo, los líderes necesitan observar la carga real del equipo, no solamente el listado de pendientes. ¿Quién recibe las urgencias? ¿Quién atiende a los clientes más difíciles? ¿A quién consultan todos? ¿Quién corrige el trabajo ajeno? ¿Quién continúa conectado fuera del horario habitual? Estas preguntas permiten identificar responsabilidades que no siempre aparecen en los sistemas de seguimiento.

También conviene distinguir entre las tareas que una persona debe ejecutar y aquellas en las que podría acompañar a otro colaborador. Si el mejor integrante resuelve siempre solo, la empresa obtiene velocidad, pero no desarrolla reemplazos. Si participa como guía mientras otro ejecuta, el proceso puede demandar más tiempo al comienzo, aunque genera capacidad para el futuro.

Formar a una segunda línea no es una pérdida de eficiencia. Es una inversión contra la dependencia. El líder también debe tolerar una curva de aprendizaje. Delegar trabajo hacia personas menos experimentadas implica aceptar que al principio necesitarán más tiempo, realizarán preguntas y cometerán algunos errores.

En contextos de presión, resulta tentador volver a quien ya sabe. “Esta vez lo hacemos rápido y después enseñamos” es una frase frecuente. El problema es que siempre habrá una próxima urgencia y la formación volverá a postergarse.

Desarrollar al equipo requiere distinguir qué errores son aceptables y cuáles deben evitarse mediante controles. No todas las tareas pueden utilizarse para aprender, pero muchas sí pueden delegarse gradualmente con acompañamiento.

El objetivo no es exponer a la organización a riesgos innecesarios. Es crear situaciones en las que más personas puedan construir el criterio que hoy se concentra en unas pocas. Un equipo sólido no es aquel donde el mejor colaborador resuelve todo. Es aquel donde su conocimiento ayuda a que otros también puedan resolver.

Existe otra idea que suele alimentar la sobrecarga: si una persona tiene tiempo disponible, debería recibir más trabajo. Sin embargo, ocupar el ciento por ciento de la capacidad deja a la organización sin margen para responder ante una contingencia, mejorar procesos o pensar soluciones diferentes. Cualquier imprevisto obliga a extender jornadas, postergar tareas o recurrir nuevamente a las personas más comprometidas.

Cierta disponibilidad no representa improductividad. Es el espacio que permite absorber variaciones, capacitar, documentar y revisar cómo se trabaja. Las empresas suelen medir lo que una persona produce, pero rara vez consideran cuánto trabajo invisible sostiene para que el resto pueda producir. Tampoco registran el costo de las interrupciones o de cambiar permanentemente entre temas urgentes.

Gestionar la capacidad requiere aceptar que no todo tiempo debe estar previamente ocupado.

La prevención del agotamiento no debería comenzar cuando una persona expresa que no puede más. Para entonces, el desgaste puede estar avanzado. Las conversaciones periódicas sobre carga, prioridades y desarrollo permiten detectar problemas antes de que se transformen en renuncias. Pero esas conversaciones deben habilitar respuestas sinceras. Si decir “no llego” es interpretado como falta de compromiso, los buenos colaboradores probablemente continúen aceptando tareas hasta que la situación resulte insostenible. También es necesario revisar qué trabajo debería dejar de hacerse. Muchas organizaciones intentan resolver la sobrecarga únicamente sumando recursos, sin cuestionar reuniones, controles e informes que ya no aportan valor.

Priorizar no es ordenar todo lo que hay que hacer. Es decidir qué no se hará, qué puede esperar y qué nivel de calidad necesita realmente cada entrega.

Toda empresa valora contar con personas en las que puede confiar. El riesgo comienza cuando esa confianza reemplaza a la gestión. Si siempre se recurre a los mismos, no se está construyendo un equipo de alto desempeño. Se está sosteniendo la operación mediante el esfuerzo extraordinario de unos pocos.

Los mejores colaboradores no se agotan porque sean débiles o porque hayan dejado de comprometerse. Con frecuencia se agotan porque durante demasiado tiempo fueron la respuesta a todos los problemas.

Cuidarlos no significa exigirles menos ni excluirlos de los desafíos. Significa distribuir mejor las responsabilidades, desarrollar a otras personas y evitar que la capacidad demostrada se convierta en una condena permanente.

El verdadero reconocimiento no consiste en decirles que son imprescindibles. Consiste en construir una organización en la que puedan aportar su mejor trabajo sin tener que sostenerla solos. Y reciban los incentivos adecuados.

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