La visita de Gabo a la Asamblea de la SIP en Los Ángeles, en 1996, empezó con una historia escapada de Macondo. Días antes, Gabo me había llamado por teléfono para pedirme que lo recogiera en el aeropuerto.
Su avión llegó a tiempo y yo también, pero pasaba el tiempo y Gabo no aparecía. Pedí que lo vocearan, pensando que se había perdido, pero no apareció.
En aquella época, anterior a los teléfonos celulares, decidí irme al Ritz-Carlton, sede de la Asamblea, para preguntar si alguien sabía dónde andaba Gabo. Y lo encontré en su habitación.
Sentados, con sendos whiskies en la mano, me contó que un aduanero lo había detenido por estar en una lista negra de comunistas y otros indeseables en Estados Unidos. Lo trasladaron a un cuarto al que llegó otro inspector, este aparentemente ilustrado, que había leído alguno de sus libros.
Una vez que el inspector se convenció de que Gabo era Gabo, lo sacó del aeropuerto por una puerta inusual donde, afortunadamente, había un taxi que lo condujo al hotel. Allí, Gabo se distrajo hojeando una enorme pila de periódicos.
Cuando llegó la hora de presentarse en el salón de inauguración de la Asamblea, descubrió que no tenía su pasaporte. Desesperado, llamé a la vocera de Times Mirror para que pensáramos qué hacer. Hurgando en la montaña de periódicos, Lisa descubrió el pasaporte.
Aliviados, bajamos al salón donde esperaban Henry Kissinger, Rigoberta Menchú, Richard Schlosberg III, presidente de Los Angeles Times, y una multitud, básicamente de jóvenes latinoamericanos que venían a conocer a Gabo.
Por supuesto, a Gabo le tomó casi una hora saludar a sus lectores y firmar sus libros. Mientras pasaba el tiempo, Schlosberg, mi jefe, me dijo que quería conocerlo. Me acerqué a Gabo y le transmití la petición. Su respuesta fue: “Claro que voy a conocerlo, pero hasta que termine de atender a mis lectores”.
Con cierta pena le pasé el mensaje a mi jefe, quien afortunadamente entendió y esperó pacientemente. Schlosberg era un ex marine que hablaba con sus subordinados caminando impacientemente y mirando su reloj cada tres minutos. El encuentro duró poco: ni Gabo hablaba inglés ni Schlosberg español.
El discurso de Gabo, “El mejor oficio del mundo”, tuvo un éxito descomunal. Al terminar, Gabo se negó a sentarse en la misma mesa que Kissinger y a escuchar su discurso. En una ocurrencia macondiana, nos pidió a Frank del Olmo y a mí que lo lleváramos a una discoteca a comprar un CD con 16 versiones de “La Guantanamera”.
Recorrimos Los Ángeles, pero no lo encontramos en ningún lado. Yo pensé que era una ficción que Gabo imaginaba, hasta que, años después, lo encontré en una librería de Santo Domingo y se lo regalé.
Para el almuerzo, Gabo nos pidió que lo lleváramos a un restaurante de steaks al que lo había llevado una vez Rodrigo, su hijo, pero del que no recordaba el nombre. Lo llevamos a uno que conocíamos y quedó satisfecho. De regreso al hotel, se durmió durante todo el camino.
Al día siguiente me dijo que no tenía corbata para la cena de clausura y fuimos a buscar una. Escogió una negra para su camisa negra y, por supuesto, nunca se la puso.
Librería
De la tienda pasamos a una librería donde anunciaban Cien años de soledad promocionando a Gabo como el autor de El amor en los tiempos del cólera. Su comentario fue: “Solo en Estados Unidos pasa algo así”.
En la cena de gala al final de la Asamblea, celebrada en los jardines de la Huntington Library, también hubo jaleo porque Gabo quería sentarse con Enrique Santos y conmigo, mientras que los organizadores pretendían ubicarlo en la Mesa de Honor.
Momentáneamente ganó la SIP, pero en cuanto se descuidaron los organizadores, Gabo se pasó a nuestra mesa.








