En Aramburu, el único restaurante de Argentina galardonado con dos estrellas Michelin, no se sirve cualquier vino. En Anchoíta, otro lugar exclusivo donde hay que reservar con un año de anticipación para conseguir mesa, tampoco. Llegar a esas cartas puede ser el sueño de cualquier bodega joven. Para Antropo Wines, el proyecto jujeño de raíces tucumanas, dejó de ser una utopía. Sin embargo, sus creadores, Sebastián Escalante y Luciano Peirone, lo toman con una naturalidad que sorprende. Como si no fueran conscientes de que están escribiendo un capítulo importante en la historia del vino de Jujuy.
"Quizás suene cursi, pero siempre me acuerdo del restaurante de un amigo en Jujuy donde vendimos nuestra primera botella. Ver al mozo salir con ese vino fue como ver el nacimiento de un hijo. Más allá de los locales gastronómicos de alta gama que se sumaron después, lo que más me sorprendió fue cómo los vinos que hacemos se fueron aceptando en el país. Hoy vendemos hasta en Tierra del Fuego, a 4.600 kilómetros", le dice Escalante a LA GACETA.
La historia empieza en la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Escalante, tucumano de nacimiento pero criado en Jujuy desde los cuatro años, volvió a su provincia natal para estudiar Ingeniería Agronómica. Allí conoció a Peirone, un salteño que se convertiría en su socio y amigo. Se recibieron a los 24 años y juntos partieron hacia Mendoza para hacer una maestría en Viticultura y Enología. Fue allí donde se sumergieron de lleno en el mundo del vino. Después de esa experiencia, decidieron volver al norte del país a emprender.
Primero fueron asesores técnicos de los productores de Salta y Jujuy; con el tiempo, esa confianza mutua derivó en algo más grande. Hace seis años, se propusieron la rareza de levantar su emprendimiento en pleno San Salvador de Jujuy, donde el vino era casi un terreno virgen. De ahí viene el concepto de "bodega urbana", porque no está escondida entre viñedos, sino metida en el corazón de la ciudad. La ubicación, además, es un punto de equilibrio perfecto: la capital queda justo en el medio de los dos grandes polos de uva de la provincia, la Quebrada de Humahuaca y los Valles Templados.
"Veíamos un enorme potencial técnico para elaborar vinos de alta calidad cuando empezamos a estudiar las características climáticas", justifican los viticultores de 32 años consultados sobre el por qué de la elección del terroir. Escalante sostiene que el auge del vino jujeño no es casual: "Producimos uvas desde los 800 hasta los 3.000 metros sobre el nivel del mar. El Valle de Uco, en Mendoza, está entre 1.200 y 1.400 metros, y eso acá es la 'parte baja'. Hablamos de climas extremos y expresiones únicas".
Así nació Antropo, un nombre que viene del griego y significa "ser humano". No fue una elección caprichosa. Para esta dupla tucumana-salteña, hacer vino es, ante todo, un acto profundamente humano. "Tiene mucho que ver con nuestra historia, con lo humano que es hacer vino y con el camino que fuimos haciendo. Todo fue siempre por gusto y con mucho sacrificio", cuenta Escalante.
La palabra los acompaña desde hace años. Incluso antes de tener la bodega, cuando eran más chicos y hacían sus primeras pruebas, solían repetir una frase que terminó siendo su filosofía: "Qué humano y qué momento este de hacer vino. Queríamos reflejar el esfuerzo de intervenir, de estar ahí. Porque en época de vendimia, los días se estiran a 16 horas de trabajo. Le imprimimos todo el concepto humano al producto".
El primer espumante de Jujuy
La idea de hacer espumantes en Jujuy nació a miles de kilómetros de distancia. Hace tres o cuatro años, los socios viajaron a España para capacitarse en la zona del Cava y el Penedès. Aprendieron el método tradicional y volvieron con una obsesión bajo el brazo. Estaban convencidos de que podían hacerlo con fruta de los Valles Templados, pero les faltaba el lugar para lograrlo.
El hotel donde se aloja Casa Antropo, donde realizan catas y experiencias gastronómicas, les ofreció un espacio para que se pongan manos a la obra. Fue amor a primera vista. Lo demolieron, lo refaccionaron y lo convirtieron en la primera champañera de la historia de Jujuy. Pero no se conformaron con una sola etiqueta. Decidieron triplicar la apuesta y elaborar tres espumosos distintos, convencidos de que la identidad de la zona todavía está en construcción. "Todavía seguimos buscando lo que puede dar el terroir; son pocos años de vinificación y creemos que podemos estar toda la vida investigando. No podíamos atarnos a un solo producto", explica Escalante.
El primero es un Chardonnay bajo el clásico método champenoise. El segundo es un rosado de Malbec, una versión argentinizada del método tradicional que aprovecha la uva insignia local. El tercero es el que verdaderamente patea el tablero: un espumante de Sauvignon Blanc. "En la zona elegida, el Sauvignon rompe con la idea tradicional de altura que tira más hacia el espárrago o la acidez agresiva. Aquí da un perfil más tropical. En una cata a ciegas nadie podría decirte que es un Sauvignon Blanc espumante", confiesa el winemaker tucumano y añade: "Estamos haciendo aproximadamente 1.500 botellas de cada variedad, unas 4.500 a 5.000 en total. Todo esto es base 2025. Estuvieron 16 meses sobre lías y hoy justo estábamos haciendo el degüelle".
Un vino que hace lío
El vino insignia de la bodega es Lío de Lías, un naranjo que obtuvo 93 puntos del crítico británico Tim Atkin por quinto año consecutivo. El nombre nació casi como un chiste interno. Cuando empezaron a hacer vino, el consumidor de los varietales del NOA ponderaba los perfiles clásicos: mucho alcohol, crianza prolongada y estructura imponente. Ellos querían mostrar otra cara de Jujuy. Se propusieron elaborar un naranjo de Torrontés de la Quebrada de Humahuaca (cuando el auge de este estilo todavía no explotaba) y, para hacerlo más desafiante, decidieron no filtrarlo. Al no filtrar, el sedimento que queda son levaduras muertas, conocidas como "lías".
Estaban mirando el vino a contraluz en una botella transparente cuando uno de ellos dijo: "Mirá qué lío de lías". Se rieron, les gustó y la registraron en el acto. El Naranjo es un 100% Torrontés de una finca a 2.777 metros sobre el nivel del mar. Según la ficha técnica, la cosecha se hace a mano, con molienda y fermentación con pieles a bajas temperaturas, más pisoneos diarios. Después de una larga maceración post fermentativa, se cría seis meses en barricas de roble. Por último, se embotella sin filtrar ni estabilizar, logrando un vino turbio, complejo y súper aromático, con 11,2% de alcohol. Eso sí, son pocas botellas que se terminan rápidamente.
Lío de Lías es un naranjo de Torrontés que sorprende por su estructura. Al fermentarse con pieles, gana un volumen en boca que le permite jugar en otra liga. "Lo que te permite un naranjo es maridar platos con más potencia y contenido graso, sin tener que caer sí o sí en un tinto", explica la sommelier Agostina Martínez Márquez. Por eso, lo recomienda con empanadas fritas, un buen risotto o pescados con salsas untuosas que pidan un vino con peso y concentración aromática.
Etiquetas para todos los gustos
Al elaborar vinos de dos zonas que son prácticamente opuestas, la bodega construyó un portfolio con perfiles que no se parecen entre sí. Hoy tienen 13 etiquetas en el mercado. "El factor común que las une es la expresión frutal que tienen los vinos de acuerdo a la zona", explican. Hay líneas con más estructura, de colores profundos y crianzas prolongadas; y otras más frescas, donde la acidez y la fruta toman el protagonismo. "Buscamos siempre que se exprese la fruta que representa el lugar. Por ejemplo, algunos Malbec en Jujuy tienen notas herbales y mentoladas, y eso es la identidad del material genético de acá", destacan.
Para lograr esa variedad, el equipo trabaja con un espectro amplio de cepas. En blancas usan Torrontés, Chardonnay y Sauvignon Blanc; en tintas, Syrah, Cabernet Franc, Malbec, Cabernet Sauvignon y Marselan.
El portfolio está dividido en cuatro grandes grupos. La línea principal es Antropo, con cinco vinos: Blanc de Blancs, Clarete, Blend de Tintas, Antropo Reserva y Antropo Malbec Jujeño, el último lanzamiento. A ellos se suma Lío de Lías, la marca de vinos turbios. El tercer grupo es Marote, que incluye Marselan, Sauvignon Blanc y Malbec; y el cuarto son los espumantes.
Marote tiene su propia historia, casi un guiño al habla cotidiana. "Literalmente es por 'la cabeza', porque los tucumanos usamos mucho ese término", cuenta Escalante. Hace cuatro años venían estudiando un viñedo en particular en los Valles Templados, plantado sobre un lecho de río, que daba características muy interesantes: mayor color, mayor profundidad y frutas más complejas. "Lo empezamos a microvinificar, nos gustó mucho el perfil y decidimos hacer una línea solo de ese viñedo. Con el tiempo dijimos: 'Nos voló el marote', y quedó que la marca sea Marote. Es una expresión nuestra", recuerda entre risas.
"El plan inicial era hacer algo chico, de 3.000 botellas anuales, algo local. Después empezamos a crecer y hoy estamos en 35.000", repasan. Lejos de la épica que algunos le asignan, Escalante y Peirone prefieren silbar bajito: "No consideramos que estamos haciendo historia como muchos dicen, pero sí dejamos algunos antecedentes. Ojalá sirvan y queden escritos".


