Demografía, mercados y el negocio de vivir más mientras nacen menos

Demografía, mercados y el negocio de vivir más mientras nacen menos

“Es larga la carretera cuando uno mira atrás…” — Sui Generis, Canción para mi muerte.

Hay una variable que puede cambiar al mismo tiempo cuánto crece un país, quién trabaja, cómo invertimos, cuándo se retira un fundador y hasta a qué edad heredamos.

No es la tasa de interés. Es la demografía.

Este “Doble click” trata una temática alrededor de una misma transformación: vivimos más, nacen menos y seguimos organizando buena parte de la economía, las empresas y el patrimonio con reglas pensadas para otro reloj.

Los mercados, mientras tanto, mantienen su obsesión por lo inmediato: si la Fed bajará 25 puntos básicos, cuánto dará el próximo IPC o qué quiso decir un funcionario cuando encriptó un adverbio. La demografía trabaja distinto. Sin conferencia de prensa, sin ticker y casi sin ruido.

Según Naciones Unidas, la fecundidad mundial cayó a alrededor de 2,3 hijos por mujer y más de la mitad de los países ya está por debajo del nivel de reemplazo. Argentina apuró el trámite: entre 2014 y 2024 los nacimientos cayeron casi 47%.

Al mismo tiempo, vivimos más. Magnífica noticia. Salvo por un detalle: construimos sistemas jubilatorios, carreras laborales y carteras para gente que se moría bastante antes. Pasamos siglos intentando alargar la vida. Lo conseguimos.

“Y diay” —como diríamos en Tucumán cuando llega la parte incómoda—: ahora hay que financiarla.

Cuando la pirámide deja de ser pirámide

Buena parte del futuro ya nació. Los chicos que entrarán a la escuela dentro de cinco años y parte de quienes trabajarán en 2040 ya están acá. Menos jóvenes trabajando y más personas viviendo durante más años complican la vieja pirámide poblacional.

Hay varias formas de cerrar la cuenta: trabajar más años, subir impuestos, bajar beneficios, endeudarse o producir más por persona. Las primeras cuatro garantizan, como mínimo, una sobremesa familiar animada. La quinta se llama productividad. Y ahí cambia la conversación sobre tecnología.

Si hay menos personas trabajando, cada una tendrá que producir más. IA, robots y automatización dejan de ser solamente la vedette del mercado para empezar a cubrir una vacante bastante concreta. Tantos años preocupados porque los robots venían por nuestros empleos y capaz terminamos nosotros publicando el aviso.

¿Ser conservador puede salir caro?

La misma longevidad entra en una cartera. Durante años repetimos una regla bastante automática: a mayor edad, menor riesgo. Tiene lógica. El problema aparece cuando también cambia el horizonte. Alguien que se retira a los 65 y vive hasta los 95 tiene treinta años financiando consumo sin salario.

Hoy una letra del Tesoro americano a tres meses rinde cerca de 4% anual en dólares, apenas por encima de la inflación reciente. Excelente para estacionar liquidez. Bastante más discutible para financiar treinta años. Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿ser demasiado conservador puede terminar saliendo caro?

Depende del patrimonio, el gasto, otros ingresos y el tiempo que ese capital tenga que durar. “Conservador” quizás ya no describa un activo, sino una relación entre patrimonio, horizonte y retorno necesario.

Si vamos a ser menos, tendremos que producir más. Si vamos a vivir más, el capital tendrá que trabajar durante más tiempo.

Argentina tiene las dos discusiones por delante. José María Fanelli lo resume bien: las sociedades tienen que hacerse ricas antes de hacerse viejas. Educación, tecnología, formalización, infraestructura, inversión. La lista no es nueva. La novedad es que ahora tiene reloj. Y ese reloj también corre dentro de las empresas.

Porque no envejecen solamente los países. También envejecen quienes fundaron compañías, concentraron decisiones durante décadas y construyeron alrededor de ellas buena parte del patrimonio familiar.

Si a los 70 llegamos mejor y seguimos perfectamente capaces de decidir, aparece otra pregunta: ¿cuándo hay que entregar el volante?

Porque vivir más es una gran noticia. Pretender dirigir todo para siempre, quizás no tanto.

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