Milei y el bilardismo traicionado

Hace 4 Hs

Por Juan Ángel Cabaleiro
Para LA GACETA - TUCUMÁN

Hace un tiempo, en medio del escándalo interminable del señor Adorni, Milei afirmó, para escozor de propios y esperanza de extraños, que “prefería perder las elecciones antes que cometer la injusticia de echar a un inocente”. Muchos recordarán (a mí me lo contaron mis mayores) aquel famoso partido de la selección argentina del 86 en el que alguien de nuestro banco de suplentes le acercó una botella de agua a un rival. El doctor Bilardo se enfureció y pronunció una frase que pasó a la historia: “A los rivales no hay que ayudarlos, hay que pisarlos…”. Tal vez de aquella anécdota surgió luego el mito o realidad de que los argentinos les alcanzaban botellitas de agua a sus contrincantes preparadas con algún tipo de sustancia adormidera. Aun así, don Carlos Salvador Bilardo estará siempre en nuestros corazones: nos dio un mundial, representa por excelencia la viveza criolla, y tuvo el olfato para captar y popularizar una manera de ver el mundo en que el exitismo y los resultados arrasan sin piedad con la moralina escrupulosa de los pacatos.

Milei se las daba de bilardista hasta hace poco, y ahora parece haber mutado esa filosofía por la rimbombante “Moral como política de Estado”. ¿En qué quedamos? ¿Los resultados lo justifican todo, o la moral justifica la falta de resultados? Porque después del caso Adorni (del que algunos no nos olvidamos) comenzaron a llegar datos poco alentadores de la llamada “economía real”, una batalla discursiva entre los grandes números y el día a día en los barrios y los negocios, en las empresas, entre los desempleados y los endeudados de hoy, como los descamisados de antaño. Y ahora se suma el repentino aumento de la pobreza.

En casos como estos, cuando los resultados andan a la deriva, los gobiernos suelen culpar al periodismo, a la oposición o a alguna potencia extranjera, pero sobre todo apelan al viejo truco de cambiar de objetivos y enarbolar la ética como estandarte. Lo vimos durante décadas en el otro extremo de las ideologías: la fallida revolución cubana, que en la miseria más absoluta mantenía, a decir de las autoridades, una dignidad y un orgullo envidiables; (consuelo frágil y bastante baratito que la dignidad y el orgullo sean un plato vacío y la obsecuencia a un líder). Fidel aseguraba que era mejor pasar hambre que abandonar los principios del socialismo marxista. Milei dice algo más o menos equivalente: no va a aflojar con el ajuste aunque lo saquen con los pies para adelante. A él y a buena parte de los argentinos, porque lo que importa, de verdad, es la fidelidad a los dogmas de la economía austríaca.

La Gran Encuesta Nacional

Nadie es quién para hablar de los argentinos, de lo que piensan hoy o pensarán mañana, pero sería interesante, al menos, convocar una encuesta que nos haga elegir de una vez por todas entre unos buenos resultados concretos y una buena ética impoluta, sean ambas cosas lo que fueren. Porque saltan las alarmas cuando un gobierno ofrece de la noche a la mañana la moral como faro de su política: parece mucho, pero es bastante escaso, lo básico, apenas. Y es que la ética debería ir de suyo en cualquier modelo estándar de política, más que ser un proyecto de gobierno. No alcanza con la honestidad para ser buen escritor, deportista o científico; y lo mismo pasa con la política, aunque nos hayan convencido de lo contrario. Estamos entre el “roban pero hacen” y el novedoso “robamos menos, pero hacemos poquito, casi nada”. “Hacer”, en el sentido clásico del Estado que construye carreteras, escuelas, hospitales, viviendas… o al menos los mantiene en condiciones. Un Estado resultadista, bilardista, en definitiva, ahora ausente, tironeado de a ratos por los gobernadores y que, según Milei, iba a cederle fácilmente sus funciones a la empresa privada y al mercado. ¿Cuándo? ¿Dónde?

Porque al Gobierno Más Resultadista de la Historia los resultados siguen sin resultarle, según qué entendamos por estos: en términos bilardistas, bajar la inflación y conseguir un forzado equilibrio en las cuentas sería como clasificarse al mundial o superar la fase de grupos. ¿Es suficiente con eso? ¿Sería ese un éxito del resultadismo, o habría que aspirar a más? Yo lo veo más bien como una deserción a las ambiciones de don Carlos Salvador, a su idea quizás cuestionable de ganar a como dé lugar; de llegar a la final, de ser campeones.

Milei cambió unos resultados tentadores que entusiasmaron a muchos por otros, seguramente importantes, pero insatisfactorios y casi abstractos, a los que nos acostumbramos rápido y nos terminan sabiendo a poco. Se llevó el asado y nos dejó el humo y el olorcito en el ambiente. Con eso traicionó a Bilardo; y si se fijan bien, hace rato ya que ni lo menciona.

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Juan Ángel Cabaleiro – Escritor.

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