Resumen para apurados
- Agentes de tránsito intentan a diario mitigar el colapso vial en el Camino del Perú, Tucumán, donde enfrentan largas filas, maniobras peligrosas e insultos constantes.
- El caos genera colas de hasta 300 metros y reiterados choques en una arteria clave limítrofe entre municipios, superando los recursos locales y desatando la tensión vecinal.
- La crisis expone la urgencia de obras integrales y coordinación intermunicipal para evitar que la vía siga colapsada y se agrave la inseguridad vial en la zona.
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A las 10 de la mañana, Eduardo Reinoso ya lleva varias horas parado en medio del Camino del Perú. Está frente a la escuela Justiniano Frías, a pocos metros de un semáforo que hace años dejó de funcionar. Desde las 7 y hasta las 14, su tarea se repite: ingresar a la calzada, levantar la varita, hacer señas, detener autos, dejar pasar a otros, ayudar a cruzar peatones y tratar de ordenar una circulación que por momentos parece no responder a ninguna lógica.
Es media mañana y Reinoso parece resignado. “La gente es la que entorpece el tránsito”, dice. No lo dice mientras observa una situación excepcional. Lo dice mientras detrás suyo los vehículos avanzan lentamente, algunos conductores esperan, otros intentan encontrar un espacio para avanzar y los peatones buscan el momento para cruzar por cualquier parte.
El Camino del Perú tiene sus horarios críticos. Entre las 7.30 y las 8 y alrededor del mediodía, cuenta el agente, las colas pueden extenderse durante 200 o 300 metros. La ruta 315 se carga de autos, camionetas, motos, colectivos y camiones y la circulación se vuelve lenta, pesada, impaciente.
“Por momentos es torpe y desesperante”, describe Reinoso. Y cuando la paciencia se agota, también aparecen las imprudencias, las transgresiones y las discusiones.
Trabajo de alto riesgo
Reinoso no sólo debe ordenar el tránsito. También tiene que cuidarse. “Es muy peligroso trabajar aquí. Ya chocaron a varios compañeros”, cuenta. Los incidentes, explica, ocurren cuando los agentes ingresan a la calzada para detener la circulación y algunos conductores continúan avanzando a pesar de las señas para que frenen. “Acá no es un día normal si no me insultan”, apunta.
El trabajo de los agentes se extiende de la zona de San José y también en Villa Carmela. En el tramo comprendido entre Frías Silva y el ingreso a Lomas de Tafí hay varitas aproximadamente cada 100 metros. Son todos agentes de la delegación de San José de la Municipalidad de Yerba Buena.
Su presencia ayuda a ordenar algunos puntos, pero no alcanza para resolver los problemas que aparecen a lo largo de toda la ruta. A pocos metros de donde un agente intenta organizar la circulación, suelen producirse accidentes. Reinoso asegura que una de las causas que observa con frecuencia es el uso del celular mientras se conduce.
“Se producen choques porque los conductores van entretenidos con el teléfono en muchas oportunidades”, cuenta.
A eso se suman los peatones que cruzan por lugares no habilitados o que se lanzan a la calzada sin esperar las indicaciones de los agentes; las motocicletas que, según describe, muchas veces no respetan las normas; y hasta animales sueltos que aparecen en medio del tránsito. “Acá hay de todo”, resume.
Desbordada
El Camino del Perú se convirtió en uno de los espacios de circulación más saturados de la zona de Yerba Buena y sus alrededores. Para cientos de vecinos, no existe otra opción sencilla para llegar a sus casas.
La ruta funciona como conexión entre barrios, localidades y urbanizaciones que crecieron aceleradamente durante los últimos años. Por allí circulan quienes viven en San José, Villa Carmela, Yerba Buena y Tafí Viejo. También quienes ingresan o salen de barrios privados, countries y nuevos desarrollos inmobiliarios.
El crecimiento urbano transformó una vía que hoy absorbe automóviles particulares, motos, camionetas, colectivos, camiones vinculados a la actividad productiva y hasta carros tirados por caballos. También bicicletas y peatones. Todo sobre una calzada que es mantiene apenas un carril por mano.
Para Reinoso, el problema ya superó la discusión sobre cómo ordenar el tránsito. “No creo que ensanchar la ruta sirva de algo. Esto ya quedó chico, colapsó porque el parque automotor creció muchísimo”, sostiene.
Su propuesta es otra: caminos alternativos. La idea aparece una y otra vez entre quienes trabajan y viven en la zona. Si cada vez son más los barrios que dependen del Camino del Perú, liberar la presión sobre la ruta exigiría generar otras vías de conexión.
Muchos accesos
Más adelante, otro grupo de agentes de tránsito trabaja frente a un corralón. Allí tampoco hay descanso. Los varitas intentan ordenar los vehículos que ingresan por calle San Martín a la ruta y los que buscan continuar por ella. Como si el tránsito no fuera suficiente, en ese punto aparece otro obstáculo: un enorme charco de agua que se forma por los pozos que hay en esa intersección.
Los vehículos deben esquivarlo mientras buscan avanzar. Los agentes quedan en el medio, haciendo señas.
Pero el problema no se limita a esa esquina. Uno de los sectores que más preocupa es el ingreso a Lomas de Tafí. Allí convergen los rodados que salen de ese sector con los que circulan por la ruta. Los autos libran una batalla cotidiana: cuál pasa primero, cuál consigue doblar, cuál encuentra un espacio para incorporarse.
“Acá hay choques en forma constante porque los vehículos necesitan ingresar a la ruta que ya viene muy sobrecargada. El tránsito no para nunca”, explica Manuel Albarracín, que tiene una verdulería y es vecino de la zona desde hace 20 años.
A los barrios de Lomas y Congreso se sumaron urbanizaciones privadas, countries y nuevos emprendimientos. Muchas de las personas que viven allí realizan buena parte de sus actividades cotidianas en Yerba Buena: van a supermercados, bancos, colegios, cafés y otros comercios y servicios. Para llegar, utilizan el Camino del Perú.
Cada nuevo desarrollo significa más habitantes y, en consecuencia, más vehículos que terminan desembocando en una misma arteria.
Un solo semáforo
En el tramo de San José hay alrededor de una decena de cruces, pero sólo un semáforo en funcionamiento, ubicado en calle Frías Silva. En el resto de las intersecciones, gran parte de la responsabilidad recae sobre los conductores y sobre los agentes que deben intervenir manualmente.
Por eso, los varitas se vuelven una presencia casi permanente. A la hora pico, la ruta deja de ser simplemente una vía de paso. Una almacenera de la zona describe cómo se vive esa situación desde la vereda. “Es normal ver a los conductores bajarse del auto a discutir con el otro. Los bocinazos y las peleas son constantes”, cuenta Belén Sosa.
La frase resume algo que también observa Reinoso desde la calzada: cuando el tránsito se vuelve lento durante demasiado tiempo, la impaciencia se transforma en otra variable de riesgo.
En la zona más urbana de Cebil Redondo la escena es casi la misma. Hay agentes de tránsito cada 100 metros, frente a los colegios, escuelas y barrios más importantes. “Hay horarios en que no damos abasto. Los autos avanzan pese a las señas que hacemos. Hay peatones que se meten igualmente y cruzan sin esperar que les indiquemos el paso”, detalla María, una de las agentes apostada en el ingreso a un establecimiento escolar. Y añade: las motos se filtran entre los vehículos, los colectivos buscan espacio y los camiones hacen sentir su peso.
Una ruta de 22 km difícil de controlar
En los papeles, el Camino del Perú forma parte de la ruta provincial 315 y está bajo jurisdicción de la Dirección Provincial de Vialidad.
La ruta 315 tiene más de 22 kilómetros de extensión y atraviesa distintos sectores del área metropolitana. Nace en la zona de la ruta nacional 9 y continúa hacia Tafí Viejo. Luego atraviesa Cebil Redondo y se convierte en el límite entre San Miguel de Tucumán y Yerba Buena. Finalmente, continúa hacia el sur con otras denominaciones.
En sus más de 22 kilómetros circula todo tipo de vehículos. La banquina, además, también forma parte de la circulación cotidiana. El resultado es una experiencia que los propios agentes describen como difícil de controlar. En los horarios de mayor circulación, el Camino del Perú puede soportar alrededor de 2.000 vehículos por hora. Y el crecimiento no se detiene. Yerba Buena, Cebil Redondo y Tafí Viejo fueron algunas de las zonas que experimentaron una fuerte expansión urbana durante la última década.















