Resumen para apurados
- A 20 años del crimen de la docente Beatriz Argañaraz en Tucumán, su familia la recuerda por su vocación docente mientras se mantienen los reclamos por el caso.
- Betty creció en un hogar humilde y dedicó su vida a la enseñanza. Tras su desaparición en 2006, su ex pareja dio la alarma al no llegar al colegio donde trabajaba.
- El caso dejó una huella profunda en la comunidad educativa tucumana, mientras su hermana Liliana mantiene la lucha incansable por recuperar sus restos.
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“Siempre la admiré porque era la que me acompañaba, la que me tomaba de la mano, la que me decía, ‘así lo vas a hacer, así no’. Siempre dije que ella encajó con la profesión que eligió. Ella era formadora de personas”, recordó Lililiana Argañaraz, hermana de Ángela Beatriz, que fue asesinada hace 20 años.
“Betty” nació el 21 de noviembre de 1961 en un hogar humilde de Villa Amalia, en el sur de la capital. Su padre, Anacleto Argañaraz, trabajaba como operario en el ingenio que funcionaba en ese sector de la ciudad. Su madre, Ángela Farías, ama de casa e hija de un empresario del transporte, dejó la comodidad de su entorno para acompañar al hombre del que se enamoró desde el primer día.
La enfermedad de su hermana Liliana -la misma que luchó y sigue luchando incansablemente para recuperar los restos de la docente- modificó por completo la vida familiar. Cuando los médicos le diagnosticaron una encefalitis y advirtieron que su vida corría peligro, los padres decidieron concentrar todos sus esfuerzos en su recuperación. Por ese motivo, Betty y sus otros hermanos quedaron al cuidado de su tía Petrona Farías, que vivía junto a sus hermanas solteras en el actual barrio Ex Aeropuerto.
La recuperación de Liliana demandó más tiempo del esperado y, cuando finalmente la familia logró reunirse nuevamente, sufrió otro golpe. El ingenio Amalia cerró sus puertas y Anacleto, que no sabía leer ni escribir, perdió su trabajo. Los niños regresaron entonces a la casa de su tía para continuar sus estudios.
Betty cursó la primaria en la escuela Monteagudo y la secundaria en la Escuela Normal. Allí estudió Magisterio porque desde pequeña soñaba con convertirse en maestra.
Un sostén familiar
“Siempre tuvo alma de docente. Muchas veces fui a los actos que ella dirigía. Conocía todas sus cualidades, pero nunca dejaba de sorprenderme. Con su voz me cautivaba, igual que a todos los presentes”, recordó Liliana.
Su hermana tampoco olvida que Betty fue un sostén permanente en los momentos más difíciles. “Cuando estaba mal por alguna razón, ella siempre estaba para contenerme, alentarme y acompañarme”, relató.
Su primer trabajo frente a un aula fue en la escuela República de Italia, ubicada en El Corte, Yerba Buena. Aunque su paso por ese establecimiento fue breve, dejó una huella profunda. Al cumplirse un año de su desaparición, sus colegas entregaron un cuadro a la familia para homenajearla por todo lo que había sembrado en tan poco tiempo. Más tarde desarrolló gran parte de su carrera en el colegio Padre Roque Correa.
Durante 15 años mantuvo una relación sentimental con Julio Navarro, un joven que estudiaba teatro en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán. Cuando decidieron separarse, continuaron viviendo juntos debido a la excelente relación que conservaban. También compartían proyectos y amistades.
Primeras advertencias
Fue Navarro quien primero advirtió que algo grave podía haber ocurrido. “Tenemos cinco perros a los que ama. Nunca los abandonaría”, declaró en una entrevista publicada por LA GACETA el 3 de agosto de 2006. “El lunes, a las 9, me llamó su hermana para avisarme que no había llegado al colegio. Me desesperé. Pensé lo peor. Salí corriendo a buscarla porque creí que le podía haber ocurrido algo camino a la parada”, recordó.
“Es que, a esa hora, estas cuadras son oscuras. El barrio es tranquilo, pero a media cuadra, detrás de una acequia, empiezan las quintas y uno nunca sabe quién puede esconderse allí”, agregó. Nunca se imaginó que su crimen se concretaría a cinco cuadras de la Casa de Gobierno.











