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Hace ya muchos años que las celebraciones oficiales por el 9 de Julio están disociadas de la vida de los tucumanos de a pie. Por un lado aparecen los actos políticos, las vallas y los estrictísimos operativos de seguridad. Por el otro, la gente que quiere cantar el himno, acercarse a la Casa Histórica, sentirse parte de la efeméride más importante de nuestra historia. La división es inclusive física. El sitio en el que se declaró la Independencia queda reservado para los políticos y para sus invitados especiales. Para el resto, el festival en la plaza o el desfile en el parque.
Si nos remontamos a los tiempos de los Kirchner, vamos a advertir que ocurría lo mismo. La diferencia es que luego del paso por la Casa Histórica, ellos le sumaban un acto proselitista más grande en el Hipódromo o en algún estadio de fútbol que incluía bolsones y acarreo de militantes. Con Macri se terminaron esos actos masivos, pero las restricciones y los operativos de seguridad en los alrededores del monumento no variaron. Y ahora, con Milei, las vigilias se transformaron en la celebración principal, ya que el presidente prefiere venir a Tucumán en la noche del 8 y no el 9 por la mañana, como lo hacían sus antecesores. Lo que tampoco cambió es la fugacidad de la visita y la pesada carga política de la conmemoración.
Lugar de relevancia
Es relativamente lógico que nos encontremos con este panorama cada año. La decisión de Carlos Menem de convertir a Tucumán en capital de Argentina el 9 de julio ha generado efectos diversos. Por un lado, esta medida tomada en 1991 ubicó a la provincia en un lugar de relevancia acorde con la festividad. Pero al mismo tiempo, enredó el recuerdo con los discursos del poder de turno y con diatribas estrictamente coyunturales. Ocurrió anoche: el presidente se enfocó en los logros de la gestión y en intentar seducir a los gobernadores que habían viajado especialmente para escucharlo y para buscar una reunión con funcionarios de alto rango.
El 9 de Julio se ha convertido en una tribuna. Poco y nada tiene que ver con la gesta de los hombres de 1816. Es una pena.







