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A 400 kilómetros de donde se escriben estas líneas existe una obra que une a dos tucumanos trascendentales. Y eso -inevitablemente- dispara múltiples interpretaciones.
Ayer, en San Salvador de Jujuy, quedó abierto al público el centro cultural Lola Mora, un museo deslumbrante que pensó César Pelli para albergar La Libertad, El Progreso, El Trabajo, La Paz, La Justicia y Los Leones, seis originales de la escultora que forman parte del patrimonio de esa provincia.
¿Qué hacen en Jujuy? La historia es larga. Se trata de un conjunto de estatuas que la artista realizó por encargo del entonces presidente de la Nación, el también tucumano Julio Argentino Roca, y que fueron instaladas originalmente en el Congreso de la Nación; a raíz de las quejas que generó en la sociedad de entonces la desnudez de algunas de las figuras, fueron retiradas del entorno del Palacio Legislativo. El Gobierno jujeño aprovechó la oportunidad y las pidió en donación, cosa que finalmente ocurrió en 1924. Así fue que durante todo el siglo XX y los primeros años de esta centuria estuvieron expuestas en espacios públicos de la capital provincial. Pero el vandalismo -todavía muchos recuerdan la madrugada trágica en la que un par adolescentes les pintaron franjas rojas transversales para celebrar un triunfo de River Plate- y las agresiones reiteradas a las que las sometieron los partidarios de la kirchnerista Milagro Sala durante los años de la violencia piquetera, obligaron a reemplazarlas por réplicas y a guardar los originales en un lugar seguro.
Como se pudo leer ayer en LA GACETA, Guillermo Monti y Diego Aráoz recorrieron el centro cultural y las fotos del segundo y las palabras del primero son elocuentes -e imperdibles-: Pelli concibió la arquitectura del espacio (visto desde el aire, el edificio tiene la forma de un cincel) para que el visitante vaya descubriendo las esculturas de manera gradual, ya que todas esperan al final del recorrido. En el medio hay dispositivos interactivos, proyecciones y réplicas de las originales para que las personas ciegas puedan tocarlas y, mediante el tacto, percibir sus detalles. El museo está emplazado en el mirador natural de Alto La Viña (muy cerca del antiguo y famoso hotel) y brinda una vista inigualable del valle de Jujuy y de la precordillera formidable que se levanta al oeste.
Mientras tanto: ¿qué ocurre en Tucumán? La provincia en la que nacieron Lola Mora y Pelli parece seguir degradándose sin solución de continuidad: quien quiera visitar la tumba de Alberdi (quizás el comprovinciano más prominente) primero debe pedir permiso para ingresar a Casa de Gobierno, donde se encuentran sus restos; a la avenida Roca (prohombre que aparece en la génesis de todo lo anterior) le cambiamos el nombre por el de Néstor Kirchner; el guión museográfico de la Casa Histórica se modifica según el humor y la ideología del Gobierno nacional de turno (como si la gesta de la Independencia fuera propiedad de los políticos anodinos de hoy), y el pensamiento de luminarias vernáculas, como Juan B. Terán, Ernesto Padilla, Víctor Elías, Leda Valladares y tantos otros, parece habitar una dimensión paralela que está desconectada de la realidad cotidiana de los tucumanos, porque prácticamente no figura en las currículas escolares. Ni siquiera se sabe muy bien cuándo reabrirá el museo de Bellas Artes Timoteo Navarro. Y esto es apenas una pequeñísima muestra de lo que sucede con la cultura. Si nos vamos a otros campos, la enumeración podría no terminar más.
La nada misma
Siempre quedó flotando una duda: ¿el nombre de César Pelli fue una prenda para los políticos tucumanos, que intentaron salpicarse con algo de su brillo? Durante las gobernaciones del peronista Juan Manzur, el mandatario y varios de sus adláteres echaron mano a una serie de ideas encargadas al estudio del arquitecto tucumano que -para variar- nunca llegaron a concretarse, a pesar de que algunos de los anteproyectos fueron pagados con fondos públicos. Nos referimos al Centro Cívico que se había proyectado en Los Nogales y al Centro de Alto Rendimiento Deportivo de Tafí del Valle, promovido por la Federación Económica de Tucumán. También circuló un proyecto para remodelar el aeropuerto Benjamín Matienzo que llevaba la firma de su estudio y que era impulsado por funcionarios nacionales de Juntos por el Cambio. Sobre estos temas se empezó a hablar alrededor de 2016. Pasaron 10 años y el resultado es apabullante: no se hizo nada. Mirando hacia atrás, da la impresión de que sólo se usó su nombre para buscar votos.
Mientras lo anterior ocurría en Tucumán, en Jujuy se empezaba a proyectar y a construir el centro cultural que se inauguró ayer. Esto es sin dudas un punto a favor para los radicales que gobiernan esa provincia desde el mismo año en que el binomio de Manzur y Osvaldo Jaldo se hicieron cargo del Poder Ejecutivo tucumano (sí, alguna vez el segundo fue vice del primero, aunque ahora militen la desmemoria). Y eso nos conecta con una realidad difícil de soslayar: si miramos a nuestro alrededor vamos a advertir fácilmente que las provincias de la región se han diferenciado de Tucumán en varias cuestiones. Con grandísimas deudas sociales aún a cuestas, Santiago del Estero, Salta o Jujuy han multiplicado las autopistas, las circunvalaciones, las grandes inversiones en energías renovables e, inclusive, los estadios.
Acá, en cambio, la vida institucional se sigue moviendo al ritmo de los acoples, que cada cuatro años sacan a bailar a oficialistas y a opositores, y que demandan millones y millones de pesos para el funcionamiento de una ignomiosa maquinaria electoral. Tal vez -difícil afirmarlo por lo opaco de los números- igual o más dinero que el que implican las obras de infraestructura que podrían evitar, al menos en parte, las inundaciones de todos los años. Así estamos.





