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“Nunca verás el arcoíris si siempre estás mirando hacia abajo”, afirmaba el genial Charles Chaplin.
El actor hacía referencia a esas personas atrapadas en el cortoplacismo, en la mirada corta, en la miopía intelectual, también llamada de varias otras formas: cortedad de miras, pensamiento cerrado, perspectiva reducida, estrechez de criterio, falta de visión de futuro o incapacidad de ver más allá de sus propias narices.
Esta actitud pesimista, de imaginación estrecha, la vemos a menudo en sociedades abatidas, agobiadas por los fracasos reiterados, acostumbradas a anteponer lo urgente por sobre lo trascendente. Le ocurre a los argentinos en general, castigados por mil crisis variopintas, pero a los tucumanos en particular, expertos ahorristas de frustraciones, y lo comprobamos en las expresiones públicas de la gente en los foros del diario, en las redes sociales, en las charlas de los bares o en la propia mesa familiar.
Cada vez que alguien expone una propuesta ambiciosa, una obra colosal o una creación fabulosa, las respuestas de la ciudadanía tienden a priorizar el cortoplacismo, el enfoque inmediato.
Lo hemos visto en numerosas publicaciones de LA GACETA donde se anunciaron grandes proyectos para la provincia y para el Área Metropolitana de Tucumán (AMET), elaborados por soñadores o libre pensadores que están mirando más allá, hacia el futuro, viendo el arcoíris, como decía Chaplin.
Grandes obras y ceguera
Esta perspectiva reducida en la reacción de la gente se observa frente a ideas como recuperar el tren de cercanías para mejorar el transporte público y aliviar el tránsito vehicular; con el transporte elevado, provisto por una especie de trolebuses para romper con la desconexión metropolitana que hoy ahorca al AMET y que constituye una tendencia mundial, como explicaron varios expertos; con las varias propuestas para recuperar y poner en valor al emblemático y neurálgico barrio El Bajo; con la reserva natural o parque lineal a la vera del río Salí; con las líneas de metrobuses eléctricos de oeste a este y de norte a sur; con el teleférico desde avenida Aconquija hasta San Javier; con las decenas de planes, ordenanzas y leyes para la implementación de ciclovías; con las diferentes opciones, algunas ambiciosas como el Centro Cívico que diseñó César Pelli, para mudar la administración pública del centro, u otras para descentralizar los establecimientos educativos y sanitarios; o la recuperación del río Salí para actividades náuticas y espacio recreativo y comercial; entre muchos otros “sueños fastuosos”.
Las respuestas de la mayoría siempre son que arreglen los baches primero; que se ocupen antes de la pobreza; que resuelvan la inseguridad; no pueden ordenar el tránsito y pretenden recuperar los trenes; las cloacas están explotadas y quieren un río Salí navegable; en cada obra se van a robar todo; y así un largo etcétera de priorizar lo urgente antes que lo trascendente, en una valoración descendente que no se detiene hasta llegar a la hambruna en África.
Muchos visionarios en el mundo comprendieron que son las grandes obras las que traccionan el desarrollo de las sociedades, generan empleo, activan la economía, eleva la autoestima y la identidad de los pueblos, y que la inmediatez es sólo un parche sin visión de futuro, que no garantiza progreso. “Tu actitud, no tu aptitud, determinará tu altitud”, aconsejaba Zig Ziglar, escritor y orador motivacional estadounidense.
Los soñadores triunfan
Uno de los ejemplos cada tanto citados por los urbanistas más temerarios es el de la Torre Eiffel, inaugurada en París en 1889, proyecto que fue tildado por la miopía intelectual mayoritaria de delirante, costoso e innecesario en ese tiempo, en que la economía francesa no atravesaba un buen momento. Después de años de férreas oposiciones, el ingeniero Gustave Eiffel y sus colaboradores lograron concretar la obra y poco después se convirtió en el símbolo de toda Francia, en un ícono de reconocimiento y fama mundial, generador de millones de euros en ingresos diarios. Nelson Mandela sostenía que “siempre parece imposible hasta que se convierte en realidad”, en línea con lo que escribió el informático estadoundidense Alan Kay: “La mejor manera de predecir el futuro es inventarlo”.
“Hay gente que, sencillamente, es corta de miras. Hay miopías provocadas por la incapacidad de ver más allá del aquí y el ahora, de trascender lo aparente, de imaginar que hay vida fuera de lo inmediato. Esta miopía está provocada por una galopante falta de imaginación que, apelando al realismo y a la cercanía, es incapaz de asomarse a un campo visual más lejano, amplio y multicolor”, sostiene el escritor español Jesús Lens, en su ensayo “Cortedad de miras”.
En otro párrafo explica: “Luego nos queda la cortedad de miras derivada de otra carencia: la de entendederas. Este caso es, por supuesto, el peor. El más grave y lesivo. Porque la persona suele estar convencida de tener vista de lince… cuando no es más que un topo aquejado de cataratas… La cortedad de miras provocadas por el poco seso hace que la persona no sea capaz de identificar un tesoro aunque le pongan una esmeralda, brillante y reluciente, enfrente de sus ojos. Dará lo mismo lo que le digas y le expliques, los argumentos que utilices y los datos que aportes: una mirada vidriosa y una sonrisa bobalicona te demuestran que no. Que ahí no hay nada que rascar”.
Para terminar, vale recordar al empresario y filántropo William Clement Stone: “Apunta hacia la Luna. Si fallas, puede que le des a una estrella”.







