Bastante artificial, dudosamente inteligente

Bastante artificial, dudosamente inteligente
Hace 7 Hs

Alejandro Urueña
Ética e Inteligencia Artificial (IA) - Founder & CEO Clever Hans Diseño de Arquitectura y Soluciones en Inteligencia Artificial. Magister en Inteligencia Artificial.

María S. Taboada
Lingüista y Mg. en Psicología Social. Prof. de Lingüística General I y Política y Planificación Lingüísticas de la Fac. de Filosofía y Letras de la UNT.

El New York Times declara que Google “está empezando a ganar” la carrera de la inteligencia artificial, y la afirmación viaja por las redes con la contundencia de un veredicto.¹ Pero antes de aceptar el fallo, conviene preguntar sobre lo que la nota evita explicitar: ¿ganar qué, y medido cómo? El presupuesto del texto se vuelve transparente en el instante mismo en que se lo analiza. La nota no demuestra que Google haya construido la mejor tecnología; demuestra que Google está logrando que la suya esté en todas partes. Son dos cosas distintas, y confundirlas no es un producto de un descuido: es el corazón del malentendido que hoy organiza el relato sobre la IA.

Para discernirlo necesitamos una distinción que el derecho y la contabilidad manejan hace siglos. Existe una IA devengada —la capacidad efectivamente generada por el trabajo técnico, la que se “gana” en mérito y existe aunque nadie la use: arquitectura, investigación, desempeño real del modelo. Y existe una IA convenida, que no se gana sino que se pacta o se impone subrepticiamente: el dominio que se distribuye por acuerdo, por instalación, por defecto, por estar incrustado en la pantalla que la gente ya tiene abierta. Lo devengado se mide por lo que el sistema puede hacer; lo convenido, por su alcance. La primera es una cuestión de capacidad; la segunda, de operativa -logística- y de contratos. Y la trampa retórica consiste en cobrar lo convenido como si fuera devengado.

Cuando uno relee la nota del Times con esa grilla, gran parte de la evidencia cae del lado convenido. Los novecientos millones de usuarios de Gemini (el asistente de inteligencia artificial de Google) son una cifra reportada por la propia Google, a la par —dice la nota— de la que reporta OpenAI (la empresa que creó ChatGPT) sobre sí misma: dos partes informando su propio desempeño, no una medición independiente. El dato más fuerte es directamente un pacto: Gemini pasaría a ser la tecnología base de una futura Siri (el asistente de voz del iPhone) y, sumado a Android (el sistema operativo de los teléfonos que no son de Apple), quedaría incrustado en prácticamente todos los teléfonos del mundo. Y el cierre comercial —carritos de compra que sugieren automáticamente promociones— comporta la distribución dentro de territorios -analógicos o digitales- que la gente ya habita. Nada de esto informa acerca de qué tan bueno es el modelo. Habla de cuántas puertas tiene abiertas y sus posibilidades.

Una victoria por ubicuidad —es decir, por estar en todas partes— no es una victoria por capacidad: estar preinstalado no es lo mismo que ser superior. La promesa de que “pronto será omnipresente” describe un acuerdo de distribución, no una propiedad de la inteligencia. La historia tecnológica está llena de productos que dominaron por “estar” por defecto y no por ser mejores. Medir la “carrera de la IA” por su alcance es como medir la calidad de una ley por la cantidad de boletines en que se publicó. El alcance es real, importa y mueve mercados —pero pertenece a otro libro contable. Tomarlo como prueba de mérito es justamente el error que el presupuesto del texto induce a cometer. Porque lo implícito - la confusión entre devengado y convenido- no es producto de “un descuido” del creador o del enunciador de ese discurso, sino de un montaje retórico deliberada y cuidadosamente construido para ser interpretado desde la perspectiva de ese enunciador. Toda presuposición lingüística, algo que se dice a medias en un discurso, si no se la desmonta, direcciona la anuencia del intérprete.

Sería deshonesto, sin embargo, negar que también hay algo devengado en juego, y la nota no es el lugar donde se prueba. Hay capacidad genuina: los últimos modelos de Google fueron elogiados con dureza por sus pares, y voces como la de Geoffrey Hinton (uno de los pioneros de la inteligencia artificial moderna) sostienen que Google podría ganar por razones estructurales y reales —sus propios chips (los microprocesadores que hacen funcionar la IA), el enorme volumen de datos y la cantidad de investigadores—. Esa es una tesis sobre lo devengado, y es discutible pero fáctica. El problema no es que Google carezca de mérito técnico: es que la nota del Times no acredita ese mérito, sino que lo presupone y enseguida cambia de tema hacia la distribución, dejando que el lector sume las dos columnas en un solo total. La presuposición, en el caso del periódico, es obsecuencia con la argumentación retórica.

Acaso la perspectiva más honesta de todo este asunto no la firme ningún analista ni ningún diario, sino un comediante. Invitado a opinar sobre la inteligencia artificial en uno de los programas de televisión más vistos de Estados Unidos, Jerry Seinfeld² se negó a la solemnidad y mostró el reverso de una de las palabras -inteligencia- hoy más recurrentes y menos definidas con precisión (aún por lo científicos de la IA). Precisamente el vacío semántico habilita los juegos retóricos: a favor o críticos. Y lo que dijo —que es lo que importa— fue simple: seamos sinceros, la mayoría de la inteligencia que encontramos en la vida ya es bastante artificial.³ El chiste tiene más filo que cien columnas, porque desnuda el supuesto que sostiene toda la discusión: se concibe a la “inteligencia” como una magnitud sagrada y resuelta, cuando buena parte de lo que medimos —y de lo que celebramos como triunfo— es pose, actuación, relato. Es decir: convenido, no devengado. La postura analítica más sana frente al New York Times, frente al gurú de turno y frente al próximo anuncio inevitable, es exactamente esa irreverencia del que se niega a impresionarse y pregunta qué hay realmente detrás. Seinfeld agrega, además, la advertencia de fondo que conviene tener presente al analizar todo esto: a una máquina se la puede hacer parecer más inteligente, en parte, dejándonos a nosotros un poco más tontos cuando la costumbre de usarla por defecto opera tercerizando (delegando en la máquina) justo la facultad que estamos festejando. El ejercicio, en el fondo, es simple y difícil a la vez: separar los dos libros, anotar lo convenido como convenido, exigir que lo devengado se pruebe, y no confundir nunca el estar en todas partes con ser inteligente.

¹ “How Google Is Starting to Win the A.I. Race”, The New York Times, sección Tech Fix, 19 de mayo de 2026: https://www.nytimes.com/2026/05/19/technology/personaltech/google-gemini-ai.html;

² Jerry Seinfeld es uno de los comediantes más influyentes de los Estados Unidos: cocreador y protagonista de Seinfeld(NBC, 1989–1998), citada de manera recurrente entre las mejores series de la historia de la televisión. Por eso su lectura de la cultura masiva funciona como una voz de referencia y no como una opinión casual.;

³ “Jerry Seinfeld Roasts Artificial Intelligence and Dishes Out Marriage Advice”, The Tonight Show Starring Jimmy Fallon —uno de los ciclos nocturnos más vistos de la televisión estadounidense—, emitido el 28 de noviembre de 2024. Video oficial en NBC.com: https://www.nbc.com/the-tonight-show/video/jerry-seinfeld-roasts-artificial-intelligence-and-dishes-out-marriage-advice/NBCE656901817 (o el podcast oficial del programa en Spotify y Apple Podcasts).

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