Javier Milei y Manuel Adorni.

Por Hugo E. Grimaldi
Después de la “Argentina Week”, encuentro que el país armó con esmero para mostrarse ante el mundo de las empresas de Wall Street como un destino confiable para sus inversiones, vale la pena hacer un balance de lo vivido en esas 72 horas de “road show”. Los foros internacionales y más aún una presentación armada por un país que sale a pasar la gorra entre potenciales inversores privados de la mayor plaza financiera del mundo, son escenarios de elite donde cada gesto se convierte en símbolo. Por eso, el tono de los discursos, las frases lanzadas al aire y hasta la compañía elegida no pasan inadvertidos nunca.
Más allá de si al mundo de las inversiones le resultaron atractivas o irritantes las diatribas presidenciales contra los empresarios o el destrato hacia los gobernadores o el tropiezo de Manuel Adorni, lo bueno, lo malo y lo feo de lo sucedido esta última semana con la presencia estelar del Presidente se resume finalmente en esa tensión: entre mostrar lo que somos y mostrar lo que queremos que los demás crean que somos. Ante los deslices que sufrió el gobierno nacional allí, vale la pena preguntarse entonces si la diplomacia es un ejercicio de seducción permanente o si la autenticidad puede ser, en sí misma, una forma de seducción.
La Argentina se presentó con varios discursos y ese fue un primer elemento que dejó más interrogantes que certezas en el caso de Javier Milei. Porque no es lo mismo hablar en la Cámara de Diputados para despotricar contra los opositores que frente a un auditorio de potenciales inversores, donde cada palabra se mide como una señal de confianza o de riesgo. Su discurso –de tono más sobrio, eso sí- fue el que expuso la tensión descripta entre la autenticidad sin filtros del Presidente y el mundo de la diplomacia, entre decir lo que se piensa y decir lo que conviene.
No es la primera vez que un presidente argentino enfrenta el dilema de cómo hablar ante audiencias internacionales. Carlos Menem en los ‘90 se esmeraba en seducir con promesas de estabilidad y apertura: Mauricio Macri en Davos buscó transmitir previsibilidad con tono empresarial, mientras Cristina Fernández en la ONU eligió en su momento la confrontación como marca de identidad. Cada estilo dejó sus huellas: unos generaron confianza inicial, otros despertaron recelo, pero todos mostraron que el escenario internacional es un espejo donde la Argentina proyecta su imagen y donde cada palabra se convierte en símbolo.
Ninguno de los tres presidentes llevó el barco a un puerto definitivo y, en ese sentido, lo ocurrido en Nueva York ahora con Milei se inscribe en una larga tradición de gestos que revelan tanto la intención como la estrategia de quienes gobiernan. Por eso, cuando el Presidente eligió castigar públicamente a Paolo Rocca y a Javier Madanes Quintanilla frente a inversores, el efecto fue inmediato: luces amarillas. El pensamiento lineal de los empresarios es sencillo: “ahora nos pasa la mano por el lomo porque nos necesita, pero si mañana no hacemos lo que quiere, nos insultará en público”. Fue mala la movida y dio la pobre impresión el Presidente no de haber sido mal asesorado, sino directamente de no haber sido asesorado.
Y allí vuelve a aparecer el dilema central: ¿es preferible la seducción diplomática, aun con disimulo o la autenticidad sin filtros, aunque se espante a quienes se busque atraer? Nueva York dejó esa pregunta abierta y la respuesta quedará flotando hasta ver los frutos de las políticas que lleva a cabo el Gobierno, hasta hay más que sólidas en lo macro, pero dejadas al juego de suerte o verdad en lo micro. Precios, consumo, salarios y empleo son los dramas que vive la gente hoy y ellos son los que votan. Por eso, los empresarios querían saber primero que otra cosa si hay chances de reelección y hablaban sin tapujos de eso mismo.
Esa postura de pensar ya en 2027 no deja de ser complicada para todos, porque si el gobierno nacional se pone desde ahora en modo electoral serán menores las chances de profundizar algunos conceptos y reformas más que buenas que orquestó hasta ahora y las alianzas legislativas tenderán a diluirse. El caso de la docena de gobernadores que fueron a Nueva York fue una muy mala señal del Presidente que, en la velocidad de su agenda, los dejó “afeitados y sin visita”, dirían las abuelas. Varios quedaron resentidos, han relatado los testigos.
El caso de Adorni fue la nota que terminó de ensuciar la puesta en escena tan cuidadosamente armada con dos bancos internacionales, un fondo de capital de riesgo y las respectivas cámaras de comercio. Lo que debía ser un despliegue de solvencia y seducción ante inversores se vio atravesado por la arrogancia de un funcionario que confundió protagonismo con representación. En lugar de sumar, el Jefe de Gabinete restó y su actitud dejó la impresión de que la política argentina no logra desprenderse de sus miserias, ni siquiera en los escenarios más delicados.
La posibilidad de que se lo investigue para determinar si incurrió en un delito por el modo en que se hizo acompañar introdujo un factor que ningún gobierno quiere en medio de una presentación internacional. No se trató solo de un error de protocolo: fue otra de las facetas negativas (como los alfileres del discurso presidencial o el ninguneo a gobernadores) de lo que se buscaba mostrar. Mientras el país intentaba convencer a Wall Street que es confiable, un funcionario exhibía privilegio y petulancia, reforzando la idea de que la soberbia es un lastre que arrastra a toda la gestión.
No fue un fracaso, para nada, pero sí hay que marcar que el esfuerzo quedó fuera de foco. El ruido del Jefe de Gabinete nada menos, a quien Milei le dio la chance de cerrar el encuentro, desplazó la atención de lo que debía ser central, como las políticas macroeconómicas, las señales de estabilidad, las oportunidades de inversión que los equipos de Luis Caputo y el BCRA mostraron con mucho detalle, hacia un episodio menor, pero simbólico. Y en política, los símbolos pesan tanto como los números.
Más allá de estos ruidos internacionales, la situación de Adorni se complicó más aún ya que desde Buenos Aires se hizo correr la versión, que fue avalada por un video del aeropuerto de San Fernando que no dejaba lugar a dudas, que Adorni y su esposa había viajado a Punta del Este en Carnaval en un avión privado cuyo costo no es precisamente bajo. Esta situación y las declaraciones bastante erráticas de un amigo del funcionario que dio detalles de los vuelos, abrió una investigación dedicada a observar su patrimonio y si podía haber pagado lo que dijo que pagó en dólares.
Ambas cuestiones pusieron a medio gobierno en modo defensivo, ya que el “karinismo” sospecha que todo se trató de una operación motorizada desde adentro del Gobierno por Santiago Caputo y los suyos, vapuleados por la hermana del Presidente en el recambio del ministro de Justicia. A su regreso del viaje, ella le pidió a los ministros que salgan a defender al Jefe de Gabinete y casi todos lo hicieron explícitamente, menos Patricia Bullrich (seguramente futura contendora de Adorni en la CABA) quien apenas mandó un retuit del mensaje de la secretaria general. La SIDE ha quedado de momento en manos del asesor externo y ahora dicen que la “hermanísima” y los Menem (Lule y Martín) van a ir por esa área tan sensible también.
El episodio del Jefe de Gabinete acompañado por su esposa permite una lectura más, ya que en un viaje que se supone institucional, el gesto se interpretó no sólo como privilegio, sino como desprolijidad. Su defensa -“me vengo a deslomar”. seguramente buscó empatía, pero chocó con la expectativa ciudadana de austeridad y ejemplaridad. Él mismo dijo que había equivocado el término, seguramente porque le hicieron saber que quienes llegan a la función pública deben hacer precísamente eso porque no es un trabajo, sino un servicio. Allí aparece otro dilema: ¿qué significa trabajar duro en política y cómo se mide eso frente a la percepción social de lo que es esfuerzo y sacrificio?
Lo revelador del caso es que, al volver la mirada hacia el país, la realidad golpea con fuerza: las inundaciones en Tucumán, por ejemplo, recuerdan que los dramas más urgentes no están en los auditorios de Manhattan, sino en los barrios anegados de la provincia. Allí, la distancia entre la política y la realidad se mide en pérdidas concretas y el contraste es brutal. Los funcionarios que dicen “deslomarse” deberían saber cómo se siente la espalda de quienes lo han perdido todo.







