“Un maestro sufí relataba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían su significado. Una tarde, uno de los jóvenes le dijo:
- Maestro, tú nos cuentas los cuentos, pero no nos explicas su significado...
- Pido perdón por eso. Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico durazno.
“Gracias, maestro”, respondió halagado el discípulo.
- Quisiera, para agasajarte, pelarte tu durazno yo mismo. ¿Me permites?
- Sí, muchas gracias.
- ¿Ya que tengo en mi mano el cuchillo, te gustaría que te lo cortara en trozos para que te sea más cómodo?
- Me encantaría... Pero no quisiera abusar de su hospitalidad, maestro...
- No es un abuso si yo te lo ofrezco. Sólo deseo complacerte... Permíteme que también te lo mastique antes de dártelo...
-¡No, maestro! ¡No me gustaría que hicieras eso!
El maestro lo miró sonriente y dijo: “Si yo les explicara el sentido de cada cuento sería como darles a comer una fruta masticada”, relató Scheherezade.
El rey Shahriyar se quedó pensativo. Su mirada se colgaba del horizonte... Se habían detenido a descansar en una enorme roca a la vera de la ruta 38. Estaban convencidos de que una nueva incursión en ese surrealista Jardín de la República les podía deparar apasionantes sorpresas. Vieron pasar a un centenar de personas, humildemente vestidas, que cargaban al hombro bolsones. “¿Qué transportan en las espaldas, morador?”, le preguntó el rey a un hombre joven. “Hoy nos repartieron los bolsones. Llevamos fideos, harina, arroz y algo de leche en polvo... Somos desocupados y a muchos les dan planes sociales”, contestó. “¿Planes sociales?”, inquirió asombrado Shahriyar. “Sí, nos sirven de ayuda económica y a cambio, tenemos que brindar nuestro trabajo en donde el monarca Al Rachid lo requiera. Pero la mayoría se limita a recibir lo que les dan y no hacen nada más”, señaló el hombre. “Pero, ¿por qué no se agrupan y generan su propio trabajo? La mendicidad somete al hombre, lo esclaviza, lo lleva a perder su dignidad”, dijo el rey.
Un anciano que estaba escuchando el diálogo se acercó y manifestó: “Es muy difícil cambiar esta realidad porque desde arriba no se da el ejemplo. Acá tuvimos algún monarca militar que predicaba la rectitud y la honradez, pero luego le descubrieron cuentas en Suiza, y cuando lo descubrieron se puso a llorar, y no supo explicar de dónde provenían los ‘ahorros’. Hubo otro que no terminó la escuela primaria y que por su habilidad política, llegó a gobernarnos; su presente sigue siendo próspero; es más, el pueblo le paga para que lo represente ante el emperador, pero no se tienen noticias de él... Y así sucede con otros representantes, con otros pícaros”. “Pero es el pueblo el que elige a sus gobernantes. ¿Acaso nos les basta una experiencia para aprender y cambiar?”, replicó Shahriyar.
“El mal ejemplo cunde. Pocos son los que se esfuerzan para lograr una meta. Cuando hay elecciones, se candidatean miles de personas y una buena parte de ellas que nunca hizo nada por la comunidad, sólo aspira a morder la torta del poder para ganar buenos salarios y para crecer económicamente. Son contados con los dedos los monarcas que terminaron su mandato sin haberse enriquecido...”, señaló el viejo. “¿Ese es el ejemplo que les dan a los niños y a los jóvenes? Si una sociedad tiene ese comportamiento será muy difícil torcer el rumbo y recrear la cultura del esfuerzo, del trabajo”, acotó Scheherezade.
Un ruido ensordecedor los perturbó. Con asombro, vieron un pájaro de acero desplegar sus alas en el cielo y llovieron millones de papelitos. La bella doncella levantó uno del suelo y leyó: “Vote a Al Rachid, el camino del futuro”. “¿Cuál futuro?”, se preguntó Scheherezade. “El de la fruta masticada”, respondió el rey Shahriyar.
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