Famaillá: por primera vez, la mejor empanada es de un varón

Famaillá: por primera vez, la mejor empanada es de un varón

El famaillense Juan Carlos Reynoso se coronó como el campeón de la 43° edición de la Fiesta Nacional de la Empanada. De la venta ambulante de comida a su primera oportunidad de poner un rancho

Famaillá: por primera vez, la mejor empanada es de un varón

Con una noche dedicada a la comida y los espectáculos musicales, ayer concluyó la 43° edición del Fiesta Nacional de la Empanada. Cada año el evento reúne en Famaillá a decenas de cocineros dispuestos a mostrar sus habilidades para crear la mejor versión de este plato tradicional.

Repulgues perfectos, salsas que se desbordan entre las servilletas y rellenos para chuparse los dedos... cuando el estómago de los tucumanos funciona como jurado las opiniones disímiles vienen y van. Sin embargo, al final, siempre hay un ganador.

En esta ocasión, la celebración contó con un broche de oro muy especial. Después de cuatro décadas, fue la primera vez que el título de “Campeón de la Empanada” se lo quedó un hombre.

Dentro del rancho N° 22, Juan Carlos Reynoso (35) va y viene sin parar para recibir las felicitaciones de sus conocidos o sacarse fotos con los clientes. La emoción de él y el resto de personas que trabajan en “El bodegón del Cabezón Agüita” es palpable. Tanto como el sabor de las empanadas cortadas a cuchillo que lo llevaron a la gloria.

- Al coronarte campeón sentaste un precedente para el resto de tus colegas masculinos, ¿qué sentiste luego de escuchar el veredicto?

- Me cuesta explicarlo porque hay muchas emociones que se mezclan, pero ante todo siento felicidad; todavía no caigo del todo. Con mi familia venimos preparándonos desde hace casi un mes y hace ocho días que estoy sin dormir para llegar hasta acá.

- Si nos quedamos con las ganas de probar tus empanadas, ¿en dónde podemos encargar una tanda recién salida del horno?

- Tengo un puesto ubicado en la autopista que une Famaillá con San Miguel de Tucumán. Las empanadas las hago junto a mi mujer, Paula Rodríguez. Por ahora soy vendedor ambulante, pero mi sueño es construir un espacio físico propio.

- ¿Qué historia personal hay detrás de este triunfo? ¿De dónde vienen tus habilidades para la cocina?

- Desde chico me la pasaba con mi abuela o mamá en la cocina; ellas me enseñaron las cosas básicas. 2009 fue un año complicado y como no conseguía empleo en la provincia me mudé a Buenos Aires. En el negocio donde me contrataron primero me dediqué a lavar baños y luego pasé a ser el bachero; hasta que un día entré en la cocina porque les faltaba un ayudante. Pasé por varios patrones hasta que uno me pagó el instituto para estudiar y volverme chef. Lamentablemente, tuve que dejar la carrera en el segundo año porque ya no tenía dinero para pagar la cuota y lo ganábamos era muy poco. Durante ese periodo la pasé bastante feo. Cuando volví a Tucumán ya tenía más conocimientos y empecé a hacer sánguches para vender. A eso le siguieron las pizzas y así llegué hasta las empanadas.

- En cualquier competencia gastronómica siempre existe una mítica sobre los secretos culinarios del ganador. ¿Cuál considerás que es tu ingrediente diferencial?

- Creo que quien cocina con amor llega lejos; no es lo mismo hacer algo con esfuerzo y empeño a llevarlo a cabo sin ganas. Por el resto, quizás lo mío apunta también a una cuestión de medidas porque cada participante calcula diferente las cantidades de sus ingredientes y no hay reglas precisas sobre el tema.

- ¿Cómo fue el proceso previo al gran día?

- No tan bien como esperaba por qué tuve varios imprevistos; entre ellos estuvimos a punto de no llegar con el dinero para reservar el rancho. Por otro lado, el sábado me puse a practicar la receta y el resultado salió mal. Además, mi camioneta se rompió y casi no logré comprar a tiempo la carne para armar las empanadas en la competencia. Por suerte, conseguí una carnicería que estaba abierta hasta las 22. Con esa cantidad de puntos en contra, incluso pensé en no competir; ¡menos mal que cambié de opinión! Ahh, y para completar, cuando llegué al predio recién me percaté de que me faltaba un vaso medidor para chequear la cantidad de agua de la mezcla. La anécdota va a quedar grabada en nuestra memoria porque terminé utilizando la mamadera de mi hija (de tres meses) como utensilio.

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