Todo vale para pasar el tiempo

13 Enero 2012
Por Patricia Darroux - Especial para LA GACETA

Finalmente, llegamos a Perú. A diferencia del último viaje, este fue sumamente lento. El trayecto en sí no era tan largo, pero anduvimos prácticamente a paso de hombre. La ruta estaba llena de subidas y bajadas, y como había mucha tierra, cada vez que pasaba un camión cerca de nosotros levantaba tal polvareda que teníamos que disminuir mucho la velocidad porque no se veía nada.

Por otro lado, la caravana pasó adelante dos veces y también nos demoró bastante. Lo bueno es que pudimos esperar a Rodolfo y saber que hasta ahí iba todo bien y no había sufrido ningún inconveniente técnico.

Salvo por el mayor tráfico, los paisajes fueron bastante parecidos a los que vimos en Chile: imponentes, pero aburridos.

Con el cansancio que llevamos encima, más la monotonía del entorno, tenemos que darnos maña para no dormirnos. Alicia y yo somos las que manejamos, así que durante el viaje hablamos de cualquier cosa, tomamos mate y nos contamos chistes. Los que van atrás, cuando no aprovechan para dormir, se prenden en la conversación, juegan a las cartas o ponen música para levantar el ánimo. En lugares como estos, todo vale para pasar el tiempo.

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