Hablemos del racismo argentino

Hablemos del racismo argentino

Guillermo Monti
Por Guillermo Monti 25 Julio 2026

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Si algo interesante surge de esta insólita oleada digital que describe a la Argentina como un enclave del más detestable racismo es que puertas adentro se habla del tema. Al resto hay que tomarlo con pinzas, como a gran parte de lo que las redes sociales provocan. Claro que nos apasiona victimizarnos y sentir que “el mundo” está contra nosotros, cuando en realidad de lo que se trata es de una progresión algorítmica. “El mundo” tiene cosas más importantes de las que ocuparse. El condimento aquí es la participación de algunos “famosos” que le dieron “me gusta” a algunos posteos o expresaron opiniones sin mayores fundamentos que los lugares comunes propios de TikTok. Ni a Samuel L. Jackson ni a Yanis Varoufakis le cambia la vida lo que sucede en nuestro país, pero a nosotros sí. De allí lo valioso de abordar cuestiones propias de nuestros tabúes fundacionales. El racismo es uno de ellos.

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“La conversación se está dando en términos bastante idiotas - apunta el historiador Ezequiel Adamovsky-. Es ridículo decir que en Argentina no existe racismo; existe un racismo intenso. Pero es igualmente ridículo decir que es el país más racista del mundo. No sé de dónde saca Samuel L. Jackson que somos el país más racista del mundo, probablemente de videos de YouTube con información falsa”. Lo que resalta Adamovsky es que el racismo argentino nunca se manifestó en regímenes de segregación racial como los que imperaron en Estados Unidos. “Jamás hubo prohibición del casamiento interracial ni formas legales de separación en transporte, hospitales o baños”, enfatizó en una entrevista publicada en Perfil. Que no se haya traducido en políticas de Estado no implica que el racismo no exista, sino que tomó otras formas. Nada que ver con el apartheid sudafricano o las Leyes Jim Crow estadounidenses.

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Al mito de la Argentina blanca se antepone la realidad del día a día, con sus macro y microrracismos, traducidos por lo general en actitudes y sentencias discriminatorias. Porque una cosa es declararse inclusivos, diversos y multiculturales, y otra trocar ese discurso al momento de transformarlo en hechos. En un reportaje publicado en LA GACETA, el escritor y cineasta Fabián Soberón habló del rechazo que produjo una representación de Bernabé Aráoz -héroe de la historia nacional- con rasgos de mulato. Así se lo ve en el afiche de la película que Soberón rodó con el prócer como protagonista. Aráoz no fue retratado en vida, lo que hay son imágenes construidas en base a descripciones, con toda la imprecisión que eso implica, pero la sola idea de que no fuera tan blanco como la tradición manda generó un manifiesto escozor entre varios tucumanos.

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“El racismo es un invento muy útil. Nadie nace racista. No existe la raza. La ciencia ya se ha expresado suficientemente sobre eso. El racismo es un invento para otra cosa (...). Es muy difícil matar, amenazar, castigar sin motivos. Uno necesita excusas morales. La Colonia española inventó unas y Dios estaba entre ellas. Esa excusa fue cambiando con el tiempo: que los indios son vagos, que los indios son asesinos (...), fue preciso borrar toda posibilidad que acredite a los indios virtudes y saberes (...). De mil maneras distintas, sin ningún eufemismo, la Colonia y después los criollos escribieron en los papeles que los indios eran vagos, que no merecían la tierra ni participar en las decisiones públicas. Quitarle derechos a la gente la deja vulnerable, lista para cualquier abuso. Eso es el racismo: inventar algo, para abusar de alguien y sentir que estás haciendo lo correcto. Cuando eso se sostiene en el tiempo, las expresiones racistas se naturalizan en el lenguaje. Y todos los sectores de la sociedad aprenden a usarlo para menoscabo de otra persona. No dejemos que tanta barbarie se prolongue por más generaciones en nuestro país”. (Lucrecia Martel)

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Nunca deja de ser curioso cómo los argentinos pasamos con facilidad del orgullo al pesimismo. El péndulo nunca está dispuesto a quedarse quieto. Un buen ejemplo es lo sucedido en el Mundial a causa de la inapelable derrota a manos de España. No importa lo que digan los protagonistas; la teoría conspirativa indica que “algo pasó”. Más pragmático -y sincero-, Ángel Di María declaró que, para él, la Copa se terminó con el triunfo sobre Inglaterra. Eso sí: el país estrechó filas para defenderse de las acusaciones y gente como Rosalía y Javier Bardem salió a disculparse para, sobre todo, apagar el fuego. Los últimos cinco días resultaron de una intensidad inusitada en ese sentido.

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“Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina, que es mejor que eso. Representó sólo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”, posteó el escritor español Arturo Pérez-Reverte. Le llovieron las contestaciones, que de amables no tuvieron nada. Otro escritor, Jorge Fernández Díaz, recordó que Pérez-Reverte es un amigo de la Argentina. “Lo que hace con su mensaje es desligar al país bueno que tanto conoce de esas imágenes de violencia y de falta de cortesía que algunos jugadores nerviosos demostraron al final del partido”, resumió Fernández Díaz. Y dijo algo más: “algunos periodistas europeos deberían disculparse por comprar y difundir fake news para tratar de deslegitimar los irrefutables éxitos de Messi y generar odio contra los argentinos”.

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Esta clase de intervenciones demuestran la vorágine de lo vivido a lo largo de la semana. Una dinámica de posteos, respuestas, aclaraciones, contragolpes y defensas que muy poco ayudaron a pensar. Entre tanto ruido se hizo complejo rescatar las voces más lúcidas. También emergió como un tema central de la “campaña antiargentina” la cuestión de la batalla cultural. Desde la periodista española Pilar Rahola a usinas cercanas al Gobierno nacional, como la Fundación Faro que encabeza Agustín Laje, se unieron para atribuir cada ataque a los sectores progresistas ligados a la izquierda internacional. Desde esta perspectiva, la gestión de Javier Milei -cercana a Donald Trump y a Israel- representa una barrera contra el avance de la ideología woke y de allí el interés por esmerilarla. Desde la otra vereda el argumento se da vuelta: son Milei y sus políticas las que generan el rechazo. ¿Un ejemplo? Argentina votó en contra de una resolución de la Asamblea General de la ONU que calificaba la trata transatlántica de esclavos africanos como el crimen de lesa humanidad más grave de la historia. La iniciativa, impulsada en marzo pasado, sólo fue rechazada por tres países: Estados Unidos, Israel y Argentina.

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Martín Caparrós y Felipe Pigna coinciden en una mirada. Más que de racismo, hablan de clasismo económico. “La diferencia no está en la piel sino en la caja fuerte”, resumió Caparrós. Según él,  la discriminación hacia los pobres es una forma más persistente y extendida que la organizada en términos raciales. Pigna fue enfático: “más que racismo, hay un clasismo que define quiénes son los que sí y los que no en la sociedad”.

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El debate es amplio y no merece simplificaciones. Quedó dicho que lo saludable es hablar del tema y extenderlo sobre la compleja construcción de la identidad nacional. Nos encanta afirmar que no somos racistas, pero a la vez sabemos que no es cierto. ¿O alguien sentencia “negro de mierda” de forma cariñosa? Enojarse por lo que digan desde afuera vale cuando está claro que se trata de una falacia, como es el caso del “país más racista del mundo”, pero tampoco da para sobreactuaciones. El ejercicio de mirarnos hacia adentro es mucho más útil.

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