Mi amigo Thomas, el espía que surgió del calor

Por Fernando López-Alves - Para LA GACETA - Los Angeles (EE.UU.)

12 Abril 2009

Cuando hablamos de espionaje nos vienen a la mente los personajes creados por Ludlum, Le Carré, Clancy o Fleming, encarnados por actores que los inmortalizaron en el cine o que son seguidos por millones en la televisión. Sean Connery en el papel de James Bond, Harrison Ford en el de Jack Ryan, Matt Damon en el de Jason Bourne o Kiefer Sutherland en el de Jack Bauer. Hombres atractivos, audaces, infalibles, sometidos a una máxima tensión. Pero, ¿cómo son los agentes secretos en la realidad?
Mi amistad con Thomas nació en la Universidad de California. Me sorprendí al enterarme de que ese alumno que estaba escribiendo una tesis sobre Platón para su doctorado en Ciencias Políticas era un agente. Había sido reclutado por la CIA en Vietnam, adonde había llegado como voluntario. Creía que la pelea por los valores de la democracia norteamericana debía darse allí. De Vietnam pasó a Tailandia, desde donde empezó a espiar al Vietkong. Asimiló vorazmente los rasgos culturales que definían a pueblos con cosmovisiones completamente distintas de las del suyo y se convirtió en un destacado analista de asuntos asiáticos. Volvió a Estados Unidos y fue contratado por el Pentágono, al tiempo en que llevaba adelante una exitosa carrera académica. Dirigía equipos de operaciones en regiones distantes como Medio Oriente mientras leía a Foucault o escribía para revistas especializadas sobre autores posmodernos. Las misiones siempre se desarrollaban con colaboración local y ese intercambio le generaba dilemas como los que describía tan bien John Le Carré en El espía que surgió del frío, la mejor novela de espías, según Graham Greene. Este último había trabajado para Kim Philby, el célebre doble agente inglés. Y dualidades como la de Philby disparaban la angustia de Thomas; fidelidades contradictorias que remitían a otras duplicidades. Control, el personaje de Le Carré, lo expresaba perfectamente: “Hacemos cosas desagradables para que la gente pueda dormir tranquila en su casa por las noches”.
El espionaje se cruza inevitablemente con la política. Pensemos que un ex premier ruso como Yuri Andropov dirigió el KGB; el ex presidente George H. Bush, la CIA; y el actual primer ministro ruso, Vladimir Putin, el Servicio Federal de Seguridad. Pero los cuestionamientos que torturaban a Thomas iban más allá de la asociación entre los protagonistas de ambos terrenos. El espionaje debía preservar un país previniendo los riesgos que podía sufrir. Pero, ¿en qué medida el espionaje, con su secretismo y sus licencias (para mentir, para matar) no constituía un riesgo mayúsculo para un sistema democrático? ¿Cuáles eran los límites posibles de un oficio que consistía en burlar fronteras? ¿Cuánta falsedad tolera la defensa de lo auténtico?
Esos interrogantes lo llevaron a un diagnóstico sumamente crítico sobre los servicios de Inteligencia norteamericanos y a intentar cambiar las cosas desde adentro. Si en la batalla del espionaje se enfrentaban ideales contrapuestos, quienes los defendían no podían hacerlo con los mismos métodos.
El fracaso que representó el 11 de setiembre para los servicios de Inteligencia y los abusos que se autorizaron a partir de entonces fueron un obstáculo insuperable para Thomas. Este hombre invisible, alejado del glamour y del reconocimiento, atormentado por sus pensamientos, atrapado en su deseo de conocer profundamente a su enemigo y en el amor a una patria a la que no podía dejar de cuestionar condensaba las grandes preguntas que no nos queremos hacer y que debemos responder. ¿Podemos dormir tranquilos si sabemos que nuestros principios son asesinados por las noches? ¿No son acaso ellos los únicos que nos permiten dormir?
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