Creció en la memoria colectiva el recuerdo de tiempos felices

Por Carmen Coiro- Columnista agencia DYN

06 Abril 2009

BUENOS AIRES.- Paradojal, pero cuando comenzó la larga ceremonia de despedida a Raúl Alfonsín creció en la memoria colectiva el recuerdo de tiempos más felices, y el deseo de recuperarlos se materializó en una espontánea y masiva manifestación de homenaje y emoción, en fin, una expresión colectiva de deseo por volver a lo que era mejor que lo de hoy, y de atisbos de recuperación de la esperanza. Alfonsín fue tal vez el político de estatura de estadista menos comprendido por la sociedad. Los argentinos, exitistas, volubles, impacientes, lo amaron tanto como después lo odiaron. La hiperinflación, el punto final y la obediencia debida, el “la casa está en orden”, fueron hitos en su trayectoria que la gente no comprendió y , por ende, no perdonó. Sólo lo hizo tarde.
Alfonsín, consciente del rechazo que habían generado esas decisiones y otras que tomó después del poder, soportó con estoicismo, con bonhomía, ese dolor que debe haber sufrido por la incomprensión de los sacrificios que hizo en pos de mantener viva a la democracia, y de mantener vivos a los argentinos, nada menos. Y el ex presidente entendía por qué no era entendido, porque tenía una rara cualidad: veía, como político, más allá de lo que cualquier otro hombre.
Fue el único presidente democrático del mundo que juzgó a genocidas con la Justicia ordinaria. Como veía más allá, pensó en trasladar la Capital Federal a Viedma, lo que hubiera modificado el cuadro de injusticia social que se sigue padeciendo en el país. Como veía más allá, sabía que la política era sinónimo de concertación, de reconciliación y de tolerancia. Fue comprendido cuando ya era tarde.
Porque después de los tiempos felices de Alfonsín, abortados con un golpe económico del que nunca se habla, y del que fue cómplice el “establishment” de entonces, irritado por las constantes rebeliones de Alfonsín, la realidad más dura se impuso. La sociedad no se tomó el tiempo necesario para reflexionar el porqué, el cómo, de aquel golpe de Estado sin armas, y la nefasta consecuencia de esa falta de análisis, de ese blanco en la memoria colectiva de la vida institucional del país, sirvió para que la política diera un vuelco decisivo y al parecer, final. Aquel golpe enseñó a ciertos políticos que ya no era necesario contar con el apoyo militar para sacar del Gobierno a alguien que se había vuelto incómodo: ahora era el dinero, y no la sangre, lo que se derramaría para corregir los rumbos de la Nación según los intereses de los más poderosos.
Esa tendencia se mantuvo hasta hoy. Queda claro que, después de Alfonsín, el ciudadano dejó de tener valor, porque fue reemplazado por la “organización”, aquella capaz de movilizar gente pero sólo a cambio de un salario vil.
Que la enorme manifestación colectiva que se le tributó a Alfonsín pueda ser utilizada como un fenómeno con proyección electoral, no parece ser muy factible. Por lo tanto, el kirchnerismo no debería temer tanto por el supuesto castigo que pueda recibir por un modo de hacer política opuesto al que practicó Alfonsín. Es que los gobiernos no hacen más que reflejar, según el período histórico, el ánimo, o el común denominador de la mayoría de la gente. Si es que la mayoría prefiere la crispación, la polémica, el choque, el insulto, entonces nada tienen que temer los que hoy utilizan ese método para hacer política. Si es que la mayoría de verdad demostró su hartazgo, entonces sí, sería el momento de barajar y dar de nuevo. (DyN)

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