En una antigua capilla de Roma, se lleva a cabo un ensayo de orquesta. Los músicos empiezan a llegar y bromean con sus compañeros. Cuando aparece el director, un hombre de origen alemán malgestado y con poco don de gente, los músicos se descontrolan, aun cuando buscan atender y seguir sus órdenes. De pronto, el director suspende el ensayo para conceder una entrevista televisiva sobre el mundo de la música y como éste ha dejado de respetar la figura y el culto profesado hacia la figura del director. Cuando la entrevista termina y el alemán regresa al ensayo, debe enfrentar una verdadera revuelta provocada por los músicos.
La historia, que es el eje central del filme “Ensayo de orquesta” de Federico Fellini, es una alegoría de la vida política italiana, pero denota también el intrincado universo que integra una orquesta, de la cual el director es la cabeza visible.
Líder, conductor, compañero, músico supremo, la figura del director de orquesta suele tener un halo de poesía y magia.
En rigor, el director es el encargado de llevar el tempo de la partitura, indicar la entrada de grupos instrumentales individuales, marcar los acentos dinámicos y llevar a cabo cualquier otra instrucción relevante dejada en la partitura por el compositor.
También son deberes del director de orquesta coordinar los ensayos y resolver disputas y desacuerdos entre los músicos.
La mayoría de los directores utilizan para dar sus indicaciones, además de gestos, una pequeña varilla de madera llamada batuta. Y si bien las funciones de cada director son las mismas, la forma en las que las desarrollan es lo que los distingue. Normalmente, cada partitura usa términos que se prestan a distintos grados de ambigüedad, y por ende están sujetas a la interpretación del director. Algunos ejemplos son rubato, allegro, o forte.
Se ha dicho por esto que ninguna versión de una pieza es exactamente igual a otra, ni siquiera cuando son hechas por un mismo director en dos ocasiones distintas. Igor Stravinski, por ejemplo, quién dirigió al menos seis grabaciones de su obra “La consagración de la primavera”, notó que cada una de ellas era marcadamente diferente de las otras.









