06 Julio 2008 Seguir en 
Durante muchas décadas, los gobiernos se enfocaron en priorizar el desarrollo de otras industrias en detrimento del campo. El mundo estaba abastecido convenientemente de alimentos y, en consecuencia las estadísticas de los últimos 60 años muestran una tendencia a la disminución progresiva de los precios de los productos básicos. Este panorama de reducción de los precios se modificó drásticamente en coincidencia con el crecimiento de la demanda de alimentos y de los precios a niveles mundiales de la principal fuente energética: el petróleo. La falta de previsión de crecimiento de los precios de la energía a los valores actuales estalló en una crisis energética que arrastra a los alimentos y, en consecuencia, tenemos también que hablar de una crisis de alimentos. En efecto, productos básicos de la agricultura, como el gasoil y los fertilizantes, entre otros, han evidenciado incrementos notables en los precios, a tal punto que conmueven a los esquemas productivos tradicionales. A partir de ahora hay que pensar en tecnologías alternativas que sean más apropiadas para este nuevo orden energético mundial. La consecuencia de esta situación es que el stock de alimentos se ha reducido en todo el mundo, y la avidez por conseguirlos ha disparado los precios. Otro factor que favorece esta crisis es la decisión de la suspensión de las exportaciones a la que recurren algunos gobiernos ante la preocupación de garantizar para los habitantes de su propia Nación el consumo de alimentos a precios razonables. Si los exportadores de alimentos cierran sus exportaciones para impedir el aumento de precios internos, la consecuencia es que aumentarán los precios internacionales por falta de oferta y los países pobres importadores de alimentos sufrirán crisis más graves.
Otro factor que ha incidido notablemente en el incremento sostenido de la demanda de alimentos a nivel mundial es el crecimiento de consumo de algunos países como China, por ejemplo, que como consecuencia del mejoramiento del standard de vida de la población, puede satisfacer en mejor medida las necesidades alimentarias, lo que se refleja en una participación más activa de esos países en los mercados internacionales para la compra de alimentos básicos.
En otras palabras el crecimiento mundial de la producción de cereales y oleaginosas no ha sido el conveniente como para compensar necesidades de mayores consumos, e incluso como para contrarrestar pequeñas derivaciones de materias primas alimenticias a la producción de biocombustible. Lo que no es razonable, es que un país destine el arroz que necesita su población para producir bioetanol, como es el caso de un país asiático. Contrapuesto a esto tenemos el ejemplo de Brasil que destina casi el 60% de la producción de caña de azúcar para la elaboración de etanol, mientras que el 40% restante abastece con creces las demandas de su mercado doméstico y del mercado internacional. Esto es un ejemplo claro de que hay países en el mundo con una elevada potencialidad para producir tanto alimentos como energía, como es el caso de Argentina.
Una solución parcial sería la eliminación de las barreras que dificultan el uso de biotecnología y otras innovaciones para aumentar la producción de alimentos, y la caída de las barreras políticas y comerciales que aumentan el precio de los alimentos. En opinión de la Eeaoc, se está dando una oportunidad nada despreciable para concurrir a los mercados con mayor cantidad de materias primas tradicionales y nuevos productos que el mundo esté requiriendo. En este contexto internacional de escasez global de alimentos, Argentina y Tucumán, particularmente, tienen una oportunidad histórica para desarrollar nuevos sistemas productivos de alta innovación tecnológica convenientemente adaptados para lograr altos niveles de productividad y rentabilidad y cumpliendo con las crecientes exigencias de los mercados en materia de calidad.
Nos queda como desafío por delante seguir incorporando desarrollos tecnológicos en los sistemas productivos tradicionales para generar mejores condiciones de competitividad para materias primas alimenticias y energéticas, que posibilitarían el desarrollo pleno de la región y la disponibilidad para el país y el mundo de crecientes volúmenes de productos de buena cotización.
Otro factor que ha incidido notablemente en el incremento sostenido de la demanda de alimentos a nivel mundial es el crecimiento de consumo de algunos países como China, por ejemplo, que como consecuencia del mejoramiento del standard de vida de la población, puede satisfacer en mejor medida las necesidades alimentarias, lo que se refleja en una participación más activa de esos países en los mercados internacionales para la compra de alimentos básicos.
En otras palabras el crecimiento mundial de la producción de cereales y oleaginosas no ha sido el conveniente como para compensar necesidades de mayores consumos, e incluso como para contrarrestar pequeñas derivaciones de materias primas alimenticias a la producción de biocombustible. Lo que no es razonable, es que un país destine el arroz que necesita su población para producir bioetanol, como es el caso de un país asiático. Contrapuesto a esto tenemos el ejemplo de Brasil que destina casi el 60% de la producción de caña de azúcar para la elaboración de etanol, mientras que el 40% restante abastece con creces las demandas de su mercado doméstico y del mercado internacional. Esto es un ejemplo claro de que hay países en el mundo con una elevada potencialidad para producir tanto alimentos como energía, como es el caso de Argentina.
Una solución parcial sería la eliminación de las barreras que dificultan el uso de biotecnología y otras innovaciones para aumentar la producción de alimentos, y la caída de las barreras políticas y comerciales que aumentan el precio de los alimentos. En opinión de la Eeaoc, se está dando una oportunidad nada despreciable para concurrir a los mercados con mayor cantidad de materias primas tradicionales y nuevos productos que el mundo esté requiriendo. En este contexto internacional de escasez global de alimentos, Argentina y Tucumán, particularmente, tienen una oportunidad histórica para desarrollar nuevos sistemas productivos de alta innovación tecnológica convenientemente adaptados para lograr altos niveles de productividad y rentabilidad y cumpliendo con las crecientes exigencias de los mercados en materia de calidad.
Nos queda como desafío por delante seguir incorporando desarrollos tecnológicos en los sistemas productivos tradicionales para generar mejores condiciones de competitividad para materias primas alimenticias y energéticas, que posibilitarían el desarrollo pleno de la región y la disponibilidad para el país y el mundo de crecientes volúmenes de productos de buena cotización.
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