03 Julio 2008 Seguir en 
Dejaron de cortarse el pelo y de usar cobatita. Los mocasines le dieron paso a los zapatos de gamuza. No cantaron más en inglés y empezaron a contar lo que pasaba a su alrededor. Dictadura (Juan Carlos Onganía), represión e incomprensión. Fueron los pilares que definieron el perfil ideológico del rock argentino en los 60, los que marcaron el rumbo de una juventud que quería paz y tranquilidad, lejos de la alienación citadina, la que proponía irse a una casa con 10 pinos.
“La tierra que te da la vida, da un tiempo para decidir, eligiendo inteligentemente, todo el mundo podrá ser feliz” (Manal, 1968)
No fue poco, pero tampoco demasiado. No hacía falta decirlo directamente, y hubo quienes aprendieron a vestir al rock con palabras bellas que chocaban de frente contra el camión de la música “pasatista” que no decía nada y sólo mostraba cuál debía ser el pasito de baile en las fiestas.
“Figurate que pierdes la cabeza, y aunque no lo creas, se te va la voz, como se fue tu piel, nada te queda ya, sólo la realidad” (Almendra, 1969).
A medida que la realidad fue oscureciéndose, aparecieron mensajes más directos y claros, aunque poco después el silencio quiso imponerse, sin entender la poesía.
“Hombres de hierro que no escuchan la voz, hombres de hierro que no escuchan el grito, hombres de hierro que no escuchan el llanto. Gente que avanza se puede matar, pero los pensamientos quedarán” (León Gieco, 1973).
No importaban los subgéneros, estilos o matices. El rock era uno, y más allá de las diferencias, se movía por los mismos carriles, y reclamaba las cosas que los mayores, al menos los artistas, parecían haber olvidado.
“Tenés una boca para hablar, y comenzás a preguntar, y conocés a la mentira” (Sui Generis, 1973). Fue el momento, también, en el que apareció con fuerza una nueva ola de folcloristas comprometidos. Pero estaban lejos de los muchachos de jean y pelo largo, aunque a partir del 76 compartieran calabozos y exilios.
“Todavía somos demasiados iguales, para soportar precios desiguales, cuanto error acumulado, en las esquinas y en el barro” (León Gieco, 1976)
La dictadura no pudo con ellos. No los entendió, y su amenaza no parecía ser tan importante. No estaban organizados, no seguían todos las mismas ideas.
“Algo raro me estaba pasando en el hotel, estaba solo, tan solo como un hombre a veces debe de estar. Sabía que mi casa estaba lejos, lejos, lejos de todo...” (Serú Girán, 1978).
La Guerra de Malvinas le dio un golpe en el pecho a esos chicos que habían crecido con miedo, bronca e impotencia. Pero fue después, con la vuelta de la democracia, que se plantearon las primeras discusiones serias hacia adentro.
“Nada hay que nada prohiba, ya te veo andar en libertad, que no se rasgue como seda, el clima de tu corazón” (Los Abuelos de la Nada, 1983).
El rock se hizo grande, masivo, fuerte. Cambió, mutó, y se amplió el espectro ideológico, aunque muchos siguieron en la misma línea, que aún rige al movimiento contracultural anárquico que es. Y muchos empezaron amirar para atrás, pensando en un futuro encantador pero sin olvidar.
“Dicen que no lleva ningún papel, vamos ya, vamos ya, vamos porque viene y porque no está” (Spinetta Jade, 1983)
Abrieron los primeros lcoales para el desarrollo del rock y otras artes, que sin llegar a representar lo que el Instituto Di Tella marcó en los 60, afianzó el perfil que sostenía el rock desde el under.
“Fue un esclavo sensible y chillón, y fácil para el gatillo, atrapó un beso bien hechor, con ojos al rojo vivo. Ahora ya no llora” (Los Redondos, 1986).
La trova rosarina, al mismo tiempo que el heavy metal, le cambiaban el ritmo a la historia, pero no el curso. El “rock pesado” argentino, como el español y alguito, mucho después, el latinoamericano, se alejó de los dragones y las espadas que (todavía) caracterizan al estilo en Europa, y hablaron del hombre trabajador, de barrio.
“Basta de engaños, el presente es dolor. Y yo vivo la realidad, y de ella es mi reacción. Pues estoy cansado del llanto, que nunca algo me dio. De la calma, y la paciencia ante la represión” (V8, 1985).
Entre la frivolidad y la revulsión, los 90 llegaron cargados de novedades, de viejas glorias con nuevas fuerzas, de un adormilamiento general que se cruzaba con expresiones premonitorias.
“Por lo que veo estoy rodeado. Cholulos, retardados, equivocados, nuestra cabeza nos han tomado. Paso facturas, paso facturas. Lo decidí: hoy empiezo golf. Palos vienen, palos van. Si gano un premio no vuelvo más” (Bersuit Vergarabat, 1992).
Recesión, crisis, desconteto, los primeros piquetes, represión, y el rock sigue poniéndole el cuerpo a la realidad. No todo, son excepcionales las bandas que van al frente, pero las hay, y lo hacen con todo.
“Que cocinen a la madre de Cavallo y al papá. Y a los hijos (sí es que tiene). O a su amigo el presidente. No le dejen ni los dientes” (Las Manos de Filippi, 1998).
El nuevo siglo llegó con tragedias y nuevos problemas (o viejos que recién empiezan a verse).
“La historia es mucho más clara, y tiene también sentido, la tierra se está quitando de encima al peor enemigo” (Los Piojos, 2007).
No, el rock argentino no tiene una ideología. Muchas sí. Afines, la mayoría. No es de izquierda como bin dice el inefable Iorio, pero mucho menos de derecha, como le gustaría.
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